May
28
MANUAL DE AUTOAYUDA/5
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Se debe vivir de modo que se tenga, en el momento oportuno, la voluntad de morir, dijo Nietzche. Algún día nos tocará la huesuda, la desnarigada. Y, aunque uno nunca nace completamente, aunque uno nunca muere completamente, ese día llegará. ¿Por qué no te preparas y escribes, por ejemplo, tu propio epitafio, las palabras luminosas que adornarán tu tumba?
Sal de lo común, olvídate de la pomposidad, de la formalidad de antaño. Hazlo con humor, con ironía, con elegancia. ¡Es la frase que define tu vida, lo que fuiste! Sé tú mismo, en esa frase, una carcajada, un pensamiento agudo, un consejo, un ejemplo de vida, un viví y fue duro pero conocí algunas cosas y me divertí.
Algo así como:
Espero no haberlos aburrido (Elvis Presley en su última conferencia de prensa).
Discúlpenme si no me pongo de pie (Groucho Marx).
Contempla con frialdad la vida, la muerte. ¡Jinete, sigue tu camino! (William Butler Yeats).
Adiós, zapatos de tacón alto.
Esto le pasa a los chicos traviesos (Alfred Hitchcock).
Te dije cuidado con la curva.
No sigas la luz al final del túnel.
Nunca debí haber cambiado el whisky por el martini (Humphrey Bogart).
Me atreví a amar.
Viví. Amé. Escribí (Stendhal).
Fallecido por la voluntad de Dios con la ayuda de un médico imbécil.
Así que esto es la muerte (Beethoven).
Ya no tengo rejas que hieran mis alas.
La vida no vale nada (en la tumba de José Alfredo Jiménez).
Hablad bajo, no me despertéis.
Por mucho que huyas, llegarás a este mismo sitio, ya lo verás.
Aquí yace el rey de los actores. Ahora hace el papel de muerto y lo hace muy bien (Moliére).
Estoy aquí bajo protesta.
No es que yo fuera superior, es que los demás eran inferiores (Orson Welles).
Por fin dejé de fumar.
La muerte es mi siguiente aventura.
Si no viví más es porque no me dio tiempo (Marqués de Sade).
Lo intenté.
Dad las gracias, mortales, al que ha existido así, y tan grandemente, como adorno de la raza humana (Isaac Newton).
Que Dios tenga piedad de este ateo (Miguel de Unamuno).
Murió vivo.
Feo, fuerte y formal (John Wayne).
Vivir rápido, morir joven y ser un cadáver atractivo.
Me mantuve borracho por mucho tiempo, después me morí (Francis Scott Fitzgerald).
Este hombre se murió de amor.
Hoy se me acabó el mañana.
Eso es todo, amigos (Mel Blanc, la voz de Bugs Bunny).
Robert Emmet, un héroe irlandés, es famoso por haber estipulado, antes de ser llevado a la horca, en 1803: “Que nadie escriba mi epitafio, que nadie grabe nada en mi tumba, porque nadie verdaderamente me conoce, ni mis motivos ni mi carácter”.
Tú, al igual que él, no dejes que nadie escriba tu epitafio. Escríbelo tú. Algo que te defina, algo que englobe lo que eres, lo que fuiste. Tus últimas palabras para la posteridad.
Apr
20
TALLER LITERARIO
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¿Quieres escribir y no sabes cómo?
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¿Tienes cuentos o una novela en progreso?
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Mauricio Carrera es un escritor con más de 15 libros publicados en géneros tan diversos como novela, cuento, ensayo, biografía, testimonio, sociología, poesía y periodismo. Entre otras distinciones ha obtenido el Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia, el Premio Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés, el Premio Nacional de Cuento Inés Arredondo, Premio Nacional de Testimonio Chihuahua, Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández y Premio Nacional de Cuento Rafael Ramírez Heredia. En 2005 ingresó al Sistema Nacional de Creadores.
“Mauricio Carrera puede hacer lo que se le pega en gana con su arte narrativo”, ha dicho Mónica Lavín.
“Los cuentos de Mauricio Carrera asombran por su plasticidad y contundencia”, señaló Daniel Sada.
El Taller se imparte lunes o martes en la col. del Valle (a una cuadra del metro Zapata).
Mayores informes (costo, dirección, horarios):
al 55-34-19-94
y al correo electrónico maur39@hotmail.com
Recuerda:
“Sólo lo que está escrito vale”.
Anais Nin
Feb
5
Curso: ¿CÓMO ESCRIBIR CARTAS DE AMOR?
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Asiste al curso
¿CÓMO ESCRIBIR CARTAS DE AMOR?
Imparte:
Mauricio Carrera
Temas a tratar:
-Intimidad, pasión y poesía: Breve historia de las cartas de amor.
-Los grandes amantes de la historia: ¿qué se escribían?
-Una habitación propia: La creación de un ambiente propicio para la escritura de cartas de amor.
-Inspirémonos a escribir: lectura de poemas de amor de Sabines, Benedetti, Pessoa, Cavafis, entre muchos otros.
-Las cartas de Dalí a Gala, de Simón Bolívar a Manuela Sáenz, de Adolfo Bioy Casares a Elena Garro, de Consuelo a Antoine de Saint Exupery, de Simon de Beauvoir a Nelson Algren, de Mark Twain a su esposa, de Napoleón a Josefina, entre otros.
-Estilos de las cartas de amor.
-Escritura de cartas de amor: seduce, conquista, afianza, enamora, a través de la palabra escrita.
Inicio del curso: 19 de febrero de 2009
Duración: 4 sesiones
Informes en:
Xeden. Centro de Desarrollo Integral.
Teléfono: 15-18-00-93
Correo electrónico: info@xeden.com.mx
maur39@hotmail.com
Mauricio Carrera: escritor. Es autor de más de 15 libros de cuento, novela, ensayo, biografía, periodismo y testimonio. Ha recibido, entre otras distinciones: el Premio Nacional de Cuento Inés Arredondo, el Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia, el Premio Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés, el Premio Nacional de Testimonio y el Premio Nacional de Cuento Rafael Ramírez Heredia. Desde 2005 pertenece al Sistema Nacional de Creadores. Es coautor de la antología de poemas Historia de un desamor. En Día Siete publica con regularidad sus Canciones de amor a Marisa. Recientemente grabó el disco “De amor y desamor”, integrado por poemas en la voz de Marisa Escribano y el propio Mauricio Carrera.
Jan
5
CUARTA CANCIÓN PARA MARISA
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La mujer que yo amo tiene la belleza exacta y el corazón en su sitio. Es implacable en su ternura, luminosa como una fe intacta, contundente en sus deseos de vivir hasta que la vida sea vida, y un poco más. La admiro por su condición de reina que abdica al trono de la existencia resuelta, a cambio de eso que llaman amor, y otros, el incierto camino al lado de un vagabundo de mi calaña. Es linda por derecho propio. No necesita adjetivos como excepcional o única: se los merece. Su sonrisa, cuando es para el mundo inabarcable, ilumina; cuando es para mí, desarma mis defensas y me coloca en un sitio privilegiado en el universo. Soy inmortal, entonces, y tocado por los dioses, afortunado como quien sobrevive al holocausto de la vida cotidiana y al tufo de muerte que nos persigue desde la cuna.
Es el júbilo y el duelo de la sangre enamorada. Una palabra suya, un latido, una mirada clara o incierta, y desata en mí el huracán de las alegrías inmensas o el malebolge de la perdición en mi soledad de hombre. Es mujer, al fin y al cabo, y sucede que la idolatro pero a veces en mi pequeñez de mortal azotado por una existencia jamás pedida, no la entiendo. Así, cuando desciende a su tiranía de milagro convertida en hembra, sus flechas duelen, se me figura fugitiva, sus muros son altos, contemplo mi suerte echada al capricho de aquello que sucede en la cocina de las féminas cuando las asalta la química, el qué dirán o el maleficio castigador del sólo mis chicharrones truenan. He sentido las ruinas en que puede convertirme, la esperanza convertida en guiñapo, la cercanía de lo terrible y sin rumbo. He vertido, por su amor, uno que otro llanto de niño, algunos aullidos de loco y alguna incoherencia más al epitafio de mi tumba vacía.
En momentos así he escrito versos que no muestro a las rosas para que no se marchiten.
La mujer que yo amo es real. La vida la alcanza a ratos y la hiere en su cielo de bondades y sonrisas. No hay justicia en el mundo: tanta bienhechora belleza, tanto brillo destacado de su alma, y no faltan los dardos emponzoñados en forma de cuervos, nanas y cebollas, alardes de derrotados, el colosal tráfico de la estupidez humana. Yo mismo, en mi caos y en mi soberbia, he dejado marcas y ecos de patán y temible filibustero. Soy hombre, al fin y al cabo, y hago guerras y cometo errores. Me enojo, gesticulo, arremeto contra lo que no entiendo, camino por la cuerda floja del sendero oscuro y sin regreso. La he visto llorar, por mí, por un cachorro herido, por los pobres más pobres, y por la vida que es vida y porque es vida duele.
En momentos así ella triunfa, y, como es mejor que yo, junta sus propias rosas con mis versos y les habla de amor, para que florezcan.
Es la mujer de mi vida, la mujer en mi vida. Existe en la tierra como el sabor de la fruta que me gusta, como el inmenso mar de mis aventuras de joven, como una alegría inesperada, como una caricia de madre. Es el arma con que me bato a duelo con los diversos adjetivos de lo aburrido y lo cotidiano.
Quiero permanecer con ella siempre, hasta el fin de los suspiros, hasta el último de los misterios.
Dec
17
Cinco segundos de silencio: el día que los marcianos invadieron la tierra
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Hace setenta años, la noche del 30 de octubre de 1938, los marcianos invadieron Nueva York y sus alrededores. Todo empezó a las ocho de la noche. El observatorio de Mount Jennings atestiguó varias explosiones de gas incandescente en Marte, que lanzaron contra la Tierra, como si se tratara de “un chorro de llamaradas azules disparadas por un arma”, gigantescos objetos envueltos en fuego. Uno cayó cerca de una granja. Los reporteros acudieron a cubrir la noticia y se encontraron con un curioso murmullo que provenía del interior de una especie de cilindro metálico. De pronto, la parte superior comenzó a desenroscarse como una tuerca. El comentarista de la CBS Radio narró lo sucedido:
“Algo está emergiendo de las sombras como una víbora gris. Y luego otra y otra más. Me parecen tentáculos. Ahora puedo ver el cuerpo. Es grande como un oso y brilla como cuero húmedo. Pero ese rostro es… algo indescriptible”.
Un pequeño reflejo de luz se formó en algo así como un espejo. ¡Un rayo pulverizador! La llamarada fue lanzada contra los reporteros, los policías, los curiosos.
“¡Dios mío!”, exclamó el locutor. “¡Los hombres se están desintegrando vivos!”.
Siete mil soldados fueron enviados a combatir ese extraño objeto y resultaron exterminados por la potente llamarada. Sólo 120 sobrevivieron. Más cilindros aparecieron por doquier, y de todos emergieron las mismas y terribles criaturas. La población comenzó a ser diezmada. “Ya no hay defensas. Nuestro ejército ha sido barrido”, informó otro locutor.
El pánico fue total. Las estaciones de policía no se daban abasto para responder los cientos de telefonemas que recibían. Hubo quien se guareció en sótanos y quien, debidamente pertrechado, esperó la llegada de los marcianos. Otros tomaron sus carros y trataron de huir de la ciudad. El New York Times del día siguiente señaló: “Muchos evacuaron sus casas por temor a los ataques con gas. Una ola de histeria colectiva se apoderó de los radioescuchas”.
Cinco segundos de estremecedor silencio
Fue el triunfo del Mercury Theater de la CBS pero sobre todo de un joven talento de escasos 23 años llamado Orson Welles. Su dramatización de la novela La guerra de los mundos, de H. G. Wells, causó terror entre los neoyorkinos. Se trata de un caso clásico del poder de los medios de comunicación para manipular a las masas. Hadley Cantril, uno de los primeros estudiosos del tema, calculó en seis millones el número de personas que escucharon el programa y en un millón que creyó que se trataba, en efecto, de una invasión marciana.
Para Cantril, el motivo del pánico masivo había que buscarlo en el clima de incertidumbre por el avance del nazismo en Europa. Un mes antes, el 30 de septiembre de 1930, se había firmado el Pacto de Munich, con el que Hitler legalizaba sus afanes expansionistas. La guerra se aproximaba, por lo que la radiotransmisión de Welles no hizo más que reflejar ese temor ante un posible ataque alemán.
Por supuesto, hay otros factores. En primer término habría que señalar la preeminencia de la radio sobre la televisión, que aún no hacía su entrada a los hogares.
También hay que tomar en cuenta el muy efectivo guión radiofónico escrito por la mancuerna Orson Welles-Howard Koch, en donde la novela de Wells fue adaptada a manera de boletín informativo. Esto le quitó el tono de ficción y le brindó una dimensión más verosímil. Los radioescuchas creyeron que se trataba, ciertamente, de un reporte noticioso. La invasión se mudó de Londres a Nueva York y la narración de los acontecimientos incluyeron detalles de lugares reales y de personas cuyos nombres se acercaban a los verdaderos.
Otro factor lo fue la magnífica dramatización con voces y efectos sonoros lograda en el estudio, por el equipo de actores y técnicos del Mercury Theater. Orson Welles dirigió de forma muy realista, otorgándole los titubeos, pausas, vacilaciones, que se necesitaba para dar veracidad a las interpretaciones. Él mismo participó como el anunciador del programa y como el famoso astrónomo Richard Pierson, quien al observar de cerca uno de los cilindros, dice: “Ya no sé qué creer. No cabe duda de que el envoltorio de metal es de origen extraterrestre”. A la mitad de la emisión, cuando los marcianos han llegado a Times Square, se incluyeron cinco segundos de estremecedor silencio, como si todo hubiera quedado destruido.
El factor más importante, sin embargo, se debió a un comportamiento muy característico del público televidente y radioescucha: el zapping, es decir el cambio de canales cuando aparece el comercial o cuando el programa está aburrido. El Mercury Theater no era lo que se dice una emisión popular. Apenas si alcanzaba el 3.6 por ciento de la audiencia de las ocho a las nueve de la noche. ¿Cómo explicar entonces que La guerra de los mundos provocara tal caos, al ser sintonizada por millones de personas? La respuesta la encontramos en el muy popular programa que a esa misma hora conducía el ventrílocuo Edgar Bergen y su muy gustado muñeco Charlie McCarthy: The Chase and Sanborn Show. Este programa, transmitido por la NBC, se robaba el gusto de los radioescuchas al contar con un rating de 34 por ciento. El 30 de octubre de 1938 no fue la excepción. Charlie McCarthy deleitaba a la audiencia con sus bromas. A las 8:12, sin embargo, la inclusión de un cantante poco atractivo permitió que las personas cambiaran de canal. Al sintoniza la CBS se encontraron con La guerra de los mundos. No pudieron escuchar la advertencia inicial de que se trataba de una adaptación radiofónica y muchos creyeron que el mundo había sido invadido.
Marcianos en Quito
Nueva York no fue el único sitio invadido por los marcianos. En Quito, Ecuador, el 12 de febrero de 1949, se transmitió una nueva versión dramatizada de La guerra de los mundos, que seguía el mismo formato de boletín informativo implantado por Welles, pero ambientado a la realidad y geografía ecuatorianas. Leonardo Páez, el director artístico de Radio Quito concibió tal idea. El engaño se montó con la presencia de Potolo Valencia y Gonzalo Benítez, el dueto más popular de cantantes de la época. El programa fue brevemente interrumpido para emitir una información acerca de una serie de extrañas explosiones que habían sido observadas en la superficie de Marte. Las interpretaciones musicales continuaron algunos momentos más hasta que, a mitad de la canción “El ponchito verde”, un locutor se apoderó del micrófono y comenzó a decir, notoriamente alarmado y nervioso: “Nos invaden los marcianos, nos invaden”.
La transmisión incluyó descripciones acerca de la forma como los invasores extraterrestres se habían apoderado del campo de aterrizaje de Cotocollao, de cómo un platillo volador había sido avistado en las Galápagos y de cómo Latacunga había sido exterminada. El programa contó con supuestos en laces a agencias noticiosas internacionales y con Radio Cochabamba y Radio Zenit de Guayaquil.
Al cabo de algunos minutos, cundió el pánico entre los pobladores de Quito. Las iglesias comenzaron a llenarse y un gobernador dispuso que sus tropas se pusieran en alerta para atacar a los invasores. Muchos concurrieron a las instalaciones de Radio Quito, temerosos y preocupados. Al darse cuenta que se trataba de un engaño, su enojo fue mayúsculo. Terminaron por prenderle fuego al edificio, que también albergaba a los diarios El Comercio y Últimas Noticias. El saldo: ocho personas muertas y la decisión gubernamental de cerrar la estación de radio.
Oct
24
MANUAL DE AUTOAYUDA/3
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“Te mando el mejor beso que puedo, y tan largo como tú quieras”, le escribió Simon de Beauvoir a Nelson Algren. “Si quieres saber con exactitud cuánto te quiero, tienes que sacar la cuenta de las veces que he empleado una letra: cuántas veces la a, cuántas veces la b, etcétera. Toma ese número, multiplícalo por 10,345 y habrás averiguado aproximadamente el número de besos que me gustaría darte a lo largo de la vida”. La intelectual enamorada. La química del cuerpo y del alma que hace que dos se junten. Lo dice John Travolta en Vaselina: “Sandy, quizá un día, quién sabe cómo, quién sabe dónde, nuestros mundos serán uno solo”. Los griegos ya lo sabían. La mitología afirma que antiguamente hombres y mujeres convivían en un solo cuerpo. Fueron separados por los dioses, cansados de su insolencia, pues eran tan perfectos que competían con lo divino. Desde entonces buscamos nuestra media naranja. “El que ama no vive consigo sino la mitad, y la otra mitad, que es la mejor parte de él, vive y está con la cosa amada”, como dijo Fray Luis de León. Encontrar al otro, complementarse en el otro. Por eso el amor no se busca, sucede. Los franceses dicen que es un latigazo. Es la flecha de Cupido en forma de una voz que se extraña, de unos labios que aspiran al beso. “No hay solución fuera del amor”, como afirmó André Breton. Amaos los unos a los otros, como lo estipula la Biblia. Amor a la pareja, a los hijos, a los seres queridos, a la hermana piedra, a los animales, al universo que nos rodea, a la vida entera que nos ha tocado, a nuestra particular y muy breve circunstancia humana. Es el ágape, el banquete de vida compartida, y la negación festiva del resentimiento y la soledad. El cristianismo opone la otra mejilla. Gandhi habló de la Satyagraha, o verdadera fuerza del amor, como instrumento para el cambio social. Martín Luther King siguió sus pasos y opuso amor a la violencia racista. “Si quieres trabajar por la paz del mundo, vete a casa y ama a tu familia”, como sugirió la Madre Teresa. O lo que André Bretón le dijo a su hija en El amor loco: “Deseo que seas locamente amada”. ¡Qué aspiración tan pura, tan exacta, tan sublime! Se lo dice cuando está a punto de cumplir dieciséis años, “pronta a encarnar ese poder eterno de la mujer, el único ante el cual me he inclinado”. Propongo una cosa, con todo y lo cursi que suene: hacer de ese deseo el nuestro, para los demás y para nosotros mismos. La consigna es amar y ser locamente amados. Estar agobiado de todo menos del amor, que nos salva y nos redime. El propio Octavio Paz entendió que al amar “brotan alas en la espalda del esclavo, el mundo es real y tangible, el vino es vino, el pan vuelve a saber”. Estar enamorado, con todo y que uno se sonroje al decirlo. Estar enamorado, y aunque el amor también es lágrimas y celos, dolor e incomprensión, conflictos de pareja y la eterna lucha por el pan, asumirlo como un compromiso vital. Enamorarse como acontecimiento único y extraordinario, volver a sentir las mariposas, experimentar en un beso todas las respuestas del universo, ser feliz porque sí, vivir en carne propia el mandato de San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”. Llenarse de frases amelcochadas, de caricias honestas, de un nuevo brillo en la mirada, de flores sin espinas. Saber que el amor no es para siempre si no se renueva y que no es para todos sino para unos cuantos privilegiados. Repetir, como Beauvoir: “Nunca te vas de mi corazón. No habrá muerte entre tú y yo”.
Oct
8
PRESENTACIÓN DE LIBRO
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Este sábado once de octubre se hará la presentación de TRAVESÍA, uno de mis más recientes libros.
La cita es a las 13 horas en la casa-museo Leon Trotsky (Av. Churubusco muy cerca de Centenario, en Coyoacán).
Travesía, publicado por Ficticia, es una crónica del recorrido que realicé por las costas de Panamá, Colombia, Aruba, Curazao, Bonaire y Venezuela, en una expedición con lanchas con motor fuera de borda.
Tres mil quinientos kilómetros llenos de aventuras y encuentros con tiburones, tormentas, piratas, guerrilleros, mucho sol y varios litros de ron.
Espero contar con su presencia
Mauricio Carrera
Sep
8
Taller de literatura
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¿Te gusta escribir y no sabes cómo?
Asiste a mi taller literario
Los martes de 19:00 a 21:00 horas (con excepción del martes 16 de septiembre).
Casa de la Cultura Juan Rulfo
(Campana y Augusto Rodin, Mixcoac)
A tres cuadras del metro Mixcoac
Costo: 200 pesos por sesión.
Requisitos:
Ganas de escribir
Mayores informes en maur39@hotmail.com
Jul
23
MANUAL DE AUTOAYUDA/2
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La vida es el pequeño guión
entre tu fecha de nacimiento y la de tu muerte
Marisa Escribano
“¿Acaso no es una crueldad demasiado grande jugárselo todo en una sola existencia?”, como se pregunta Susanna Tamaro. Si pudiéramos enmendarla, corregirla, la vida sería perfecta. No lo es. No hay escuelas para la vida, sólo la vida misma. El desconcierto de sabernos vivos. “El inconveniente de haber nacido”, como dice Cioran. El milagro de una existencia no pedida y sin embargo valiosa y amada hasta el punto de asustarnos y rehuir la tumba fría, el más allá, si lo hay. A la eternidad con que los niños contemplan su propio paso por el mundo, se opone la brevedad que es como una queja triste en la sabiduría de los ancianos. La vida, bien mirado, es absurda, corta, sin sentido. Henry Miller lo describió muy bien: “Estoy en contra de la vida por principio. ¿Qué principio? El principio de la inutilidad de las cosas”. Tanta vida, para qué. ¿Para qué, si nuestro destino es precipitarnos en el abismo de la muerte, en la angustia de algún día dejar de ser? No poseo argumentos irrevocables ante este hecho contundente y falto de amorosa ternura, así como de la más prístina lógica. Sólo sobrevive una infinita angustia, una enorme protesta que se estrella contra el muro de lo absurdo, el coqueteo religioso que nunca me convence, la posibilidad siempre presente del suicidio como forma extrema de subversión, y la convicción de que para no caer en la abulia o la tristeza del ser, hay que aferrarse a algo, lo que sea, como si se tratara de un madero metafísico en el cotidiano naufragio de nuestra existencia. Hay quien se mete a una iglesia y tiene suficiente. Hay quien encuentra un poco de consuelo e inmortalidad en cada hombre o mujer que seduce. Hay quien toma cursos para reencarnar o se inventa un mundo lleno de ángeles benéficos y de la celestial luz que se ve al final del túnel. Hay quien se redime en los hijos. Yo soy más simple. Sencillo, común y corriente, si se quiere. Me aferro a algo muy particular y poco valorado. Nuestra singularidad. Somos, por nuestro carácter efímero, únicos e irrepetibles. Nunca, en todo el universo, nadie más como yo, como tú, como nosotros. Eso nos hace, más que frágiles y breves, extraordinarios. Especiales. Distintos. No sé si es la respuesta al misterio, pero a mí me sirve. Me digo, sin sonrojarme: ya que estamos aquí, a vivir, y me alzo de hombros ante aquello que no me gusta del mundo y de la vida. Sucumbamos ante “el horrible vicio de vivir”, como diría José Revueltas. Hagámoslo con la alegría del que sabe que la vida es corta pero a quién le importa. Que la vida duele pero también sonríe. Lloremos, sí, porque el llanto es inevitable cuando se vive, pero también cantemos y bailemos, procuremos la felicidad de respirar, de amar, de contemplar un amanecer o de caminar descalzos por la playa, de reconocernos vivos en cada latido, en cada respiración, en cada caricia, en cada parpadeo. La consigna es aprovechar el día. Hacer como si se tratara del último de nuestra vida. El carnaval, más que lo plañidero del rencor, la abulia o lo fúnebre. Ser curiosos. Sentir, oler, disfrutar, conocer, gozar, no quedarse con las ganas de algo, antes de convertirnos de nuevo en el polvo que somos. Lo dijo Borges: comamos un poco más de helado y menos habas. “Si pudiera vivir nuevamente mi vida, en la próxima, no intentaría ser tan perfecto; me relajaría más. (…) Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más ríos”. Lo dice un anuncio televisivo: la vida es corta, comamos primero el postre. Lo dulce del mundo. Se vive solamente una vez. Lo demás son patrañas metafísicas con olor a incienso o a cuento de hadas. Solamente una vez. Que sea éste el motor de nuestros actos, no para deslindarnos de nuestros errores y defectos sino para pulir hasta donde se pueda nuestra maravillosa y singular existencia. No nos dejemos abatir por lo cotidiano, por supuesto áspero, vulgar y altanero. Dejemos huella por lo que hicimos, no por lo que quisimos hacer. Hay gente que vive, aunque no ha nacido nunca. Tal vez nos hubiera gustado ser de otra manera –nacer en mejor cuna, tener éxito en todo, poseer el don de la palabra, ser monedita de oro, contar con un espejo fiel a nuestra verdadera belleza-, pero somos lo que nos tocó ser y no hay más. Creémonos una existencia, una razón de vida, una felicidad furiosa. Aferrémonos a estar en un mundo terrible y bello, y nuestro, pésele a quien le pese. Si cuando nacimos el mundo sonrió y nosotros lloramos, que a la hora de nuestra partida sea al revés: que los demás lloren y nosotros nos despidamos con una sonrisa. Somos féretros con sueños, polvo enamorado, una ridícula nada, sí, pero también un momento único en el universo, una pasión inútil, un absurdo, una intensa casualidad convertida en milagro.
Jul
23
SALVADOR ALLENDE: CIEN AÑOS, MIL SUEÑOS
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El Che Guevara le regaló su libro La guerra de guerrillas con una elocuente dedicatoria: “A Salvador Allende, que intenta obtener la misma cosa por distintos medios”. Esa misma cosa era la revolución socialista. No a través de un alzamiento armado sino por medios pacíficos y democráticos. Buscaba un Chile “en primavera y en fiesta”. Era un hombre de paz al que mataron “en una guerra turbia” (Benedetti). Corrió la misma suerte de Gandhi y Luther King, y del presidente José Manuel Balmaceda, obligado al suicidio en 1891 por el levantamiento armado de la oligarquía, opuesta a la nacionalización del salitre. Pablo Neruda, en su Canto General, dijo de Balmaceda lo que bien podría haber dicho de Allende: “Él soñó un sueño preciso/ quiso cambiar el desgarrado/ paisaje, el cuerpo consumido/ del pueblo, quiso defenderlo”. Cien años y mil sueños es, precisamente, el lema de la campaña conmemorativa del centenario del nacimiento de Salvador Allende, “hombre de la hombredad”, según María Luisa Mendoza, “hombre de cara entera, de cara al sol, limpio, abierto, expuesto”, como lo llamara Elena Poniatowska.
Amar la vida y conocer las causas de la muerte
Salvador Allende Gossens nació en Valparaíso el 26 de junio de 1908. Su abuelo fundó la primera escuela laica en Chile y su padre perteneció al Partido Radical. Fue el anarquista Juan Demarchi quien le enseñó los principios del marxismo. En 1926 ingresó a la escuela de medicina, en Santiago, donde destaca por su activismo político. Se convierte en Vicepresidente de la Federación de Estudiantes de Chile y organiza reuniones para discutir cuestiones marxistas. Su tesis denota muy bien sus preocupaciones: Higiene mental y delincuencia. Se opuso a la dictadura de Carlos Ibáñez. “Fui expulsado de la Universidad, arrestado y juzgado, antes de ser médico, por tres cortes marciales”. Concurso de oposición al que se presentaba -incluso como candidato único-, y siempre le era negada la plaza de médico. “En Valparaíso tuve que trabajar duramente en el único puesto que pude desempeñar: Asistente de Anatomía Patológica. Con estas manos he hecho mil quinientas autopsias. Sé que quiere decir amar la vida y sé cuáles son las causas de la muerte”.
El 4 de junio de 1932 Marmaduke Grove instaura una República Socialista, de existencia efímera. Catorce días después el levantamiento es aplastado y Salvador Allende es encarcelado, al considerársele un “peligroso agitador”. Su padre muere mientras se encuentra en prisión. Se le concede un permiso de dos horas para despedirse y jura ante su cadáver dedicarse a la lucha por la libertad de Chile.
El 19 de abril de 1933 Allende participa en la fundación del Partido Socialista de Chile y en 1939 se integra al Frente Popular que lleva a la presidencia a Pedro Aguirre Cerda, quien lo nombra Ministro de Salubridad. Para 1940 se casa con Hortensia Bussi, doña Tencha, a la que conocería la noche del terremoto de Chillán. Desde esa época comienza a vislumbrar una tercera vía para la implantación del socialismo en Chile: la transición democrática. Funda el Frente del Pueblo, con el que busca alianzas entre los grandes partidos de izquierda, y se lanza a la búsqueda de la presidencia. Tres veces lo intentó y tres veces fue derrotado, en 1952, 1958 y 1964, ya sea por falta de apoyo popular o por triquiñuelas electorales. “No perdí, gané tres veces antes, gané experiencia, gané conocimiento”, le dijo a Jacobo Zabludovsky. “Me di cuenta de la tenacidad del pueblo y la obligación de un político a ser leal a su conciencia y a la voluntad popular. Así que gané”.
Sólo podrán sacarme muerto
El tres de noviembre de 1970 Salvador Allende logra lo que parecía imposible: convertirse en el primer presidente socialista democráticamente electo. Afirmó: “Sin precedentes en el mundo, Chile acaba de dar una prueba extraordinaria de desarrollo político, haciendo posible que un movimiento anticapitalista asuma el poder por el libre ejercicio de los derechos ciudadanos”. Tenía claro que la pobreza, el hambre, la desigualdad social y la marginación que sufrían los países del tercer mundo persistían porque eran lucrativos para unos cuantos privilegiados. Pidió “crear una sociedad en que los hombres puedan satisfacer sus necesidades materiales y espirituales, sin que ello signifique la explotación de otros hombres”. Se cuidó de decir que su gobierno era marxista pero sus acciones tendían a demostrar lo contrario. La nacionalización de la industria del cobre (“el cobre es el sueldo de Chile”, llegó a decir) y la afectación de muchos intereses privados, motivaron el recelo de la oligarquía local y de la Casa Blanca. Lo que era un secreto a voces hoy se sabe con toda exactitud: la intervención de la CIA en la caída del régimen de Allende. Kissinger, en sus memorias, recuerda cómo Nixon pidió exprimir la economía chilena “hasta que gritase”. La posibilidad de que la teoría del dominó cundiera en Latinoamérica, con el ejemplo de un socialismo democrático exitoso, asustaba a Norteamérica. Corporaciones como la Kennecot, la ITT, y agrupaciones como “Patria y Libertad”, de corte fascista, además del papel de la alta burguesía y de la Iglesia católica, contribuyeron a desestabilizar al país, a “atornillar al revés”, como dirían los chilenos. La huelga de transportistas en octubre de 1972 marca la debacle. La población quedó sin suministros de alimentos y los precios se dispararon. Para 1973 las presiones económicas cumplían su cometido. Había desilusión y descontento. La inflación alcanzaba el 200 por ciento, había un gran desabasto de productos, escaseaba la gasolina, no había manera de pagar los 500 millones de dólares de intereses de la deuda externa y comenzaban a producirse actos de sabotaje. Los militares adeptos a Allende recibieron plumas blancas en señal de traición. En junio de 1973 se frustró un golpe de Estado conocido como El tanquetazo.
“Todas las infamias nos acechan pero tenemos un pueblo de pie y vigilante”. Eso creía Allende. A la hora de la hora ese pueblo calló ante el tronar de los fusiles y los cañones de las tanquetas. Él mismo, desde 1971, en una entrevista con Regis Debray, intuyó su destino: “En el caso de Chile, si me asesinan, el pueblo seguirá su ruta”. El once de septiembre –ese otro infame once de septiembre- de 1973, el sueño de una revolución socialista de “empanada y vino tinto” terminó. A las 8:30 de la mañana Augusto Pinochet le pidió rendirse. “Yo no hago tratos con traidores”, fue la respuesta. “No me rindo. Esa es una postura para los cobardes como ustedes”, le contestó más tarde al Almirante Merino. Atrincherado en el palacio de La Moneda con apenas unos cuantos leales a su causa, Allende esperó el ataque cubierto con un casco militar y armado con un fusil AK-47. “De acá sólo podrán sacarme muerto”, dijo.
Crimen de la canalla
Allende fue un hombre congruente con su vida y con sus ideas. Su no rendirse ante la Junta Militar da cuenta, más que de estúpida terquedad, de idealismo supremo. En México su muerte caló hondo. “Crimen de la canalla, castrense lugar común”, dijo la China Mendoza. “Que el cruel asesinato del noble líder Salvador Allende arda con nosotros como rencor, reflexión y trabajo en contra de sus verdugos”, pidió Ricardo Garibay. La represión por parte de la Junta Militar no se hizo esperar. México, a través del embajador Martínez Corbalá, recibió a miles de asilados que huían del gorilato y la barbarie. Pinochet quedó con su “blindada soledad para matar al hombre que era un pueblo” (Benedetti) y Allende con ese otro sueño fundamental y digno, expresado poco antes de su muerte: “Otros hombres superarán este momento gris y amargo donde pretende imponerse la reacción. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”.

