“Moriré. Pero eso es todo lo que haré por la muerte”, escribió Edna Saint Vincent Millay. No hay más. Dejar de respirar y despedirse del mundo. Qué lata, qué miedo, que flojera y qué gran inconveniente. Vivir para qué, si nos espera la tumba fría, estos ojos que se comerán los gusanos, esa carne achicharrada convertida en cenizas con restos triturados de hueso, ese pavor último y definitivo ante el gran misterio. La desnarigada, la llamó Jack London. La catrina, José Guadalupe Posada. La parca, la de la falda de serpientes, la nunca deseada y siempre cercana muerte. La inevitable. La omnipresente. Lo dijo La Bruyere: “La muerte no llega más que sólo una vez, y sin embargo nos acompaña con su presencia toda la vida”. Qué sensación más atroz, cuántas noches de insomnio, qué cantidad inmensa de pensamientos funestos. Morir, dejar la vida, sus amaneceres, la piel suave y tibia de la persona amada, el placer de la comida, la mirada inocente o llena de exigencias o reproches de los hijos, el olor de los jardines recién regados, la estrella bajo la cual hubo un juramento de amor eterno, los vasos con agua, las ciudades. Morir: dejar de caminar, de respirar, de ver, de sentir, de pensar, de ser. Me pregunto cómo resistimos tal certidumbre, esa única y terrible gran verdad. Le rehuimos, nos escondemos como en el famoso cuento del hombre que reconoce a la muerte bajo su disfraz terreno, se asusta y huye lo más lejos posible de ella, hasta la distante Samarkanda, sólo para percatarse que ahí precisamente tenía su cita con la guadaña. No hay lugar adónde huir. No existen los shangri-lás ni las fuentes de la eterna juventud. Nada es inmortal. Tampoco renacemos. Que vayan con ese cuento de niños a otro sitio. No hay resurrección ni de la carne ni del espíritu. La vida, ya se sabe, es la muerte segura. El terror ante esa nada. La angustia que nos acompaña desde que tenemos memoria. Lo dice con precisión y sensibilidad Clarice Lispector: “Tengo miedo de estar viva, porque quien tiene vida, algún día se muere”. Algún día. El absurdo será más absurdo y nuestra vida la contemplaremos como un rápido y fugaz guiño. Lo que hicimos y lo que no hicimos. Las bocas que besamos y las montañas que no subimos. El te amo que no dijimos y el divorcio al que no nos atrevimos. Los errores y los aciertos. El maldito colesterol y el bendito vino. Los atardeceres junto al mar y las frustradas ganas de haber viajado mucho. Nada de eso importará al momento del último estertor, de la última bocanada. El mundo morirá con nosotros, sepultado a paladas de tierra o incinerado en indolentes hornos. Nunca más alguien como tú, como yo, como nosotros. ¿Cómo lo afrontamos, sin caer día con día en la desesperación, el suicidio, la locura? Somos féretros con pasos, lo dijo Revueltas. Una pasión inútil, al decir de Pascal. Zombis y golems, muertos en vida. No aprendemos: nos perpetuamos en hijos que hemos condenado a morir, también, algún día. A experimentar esa náusea, ese negro abismo de cruces y lápidas que nos abruma. Temblamos al percatarnos de ese destino de huesos mondos y fríos: tanta vida, caray, para qué diablos. No es saludable. No es bueno. No es justo. Lo reconozco sin vergüenza: hay momentos en que me da miedo morirme. Me parece una afrenta, una broma demasiado cruel, un destino tal vez necesario pero terrible e injusto.

Comentarios

Un comentarios para “MANUAL DE AUTOAYUDA/6”

  1. odiqurojino en August 24th, 2009 12:32 am

    odiqurojino…

    Cabinet File Hon

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