Diego está lejos. Vive en un país de hombres y mujeres tristes. Pero él no está triste. El triste soy yo porque vive lejos. En un país junto al mar. Al sur. Donde todo es al contrario: si aquí hace calor, allá hace frío, y cuando acá llueve, allá no. Donde los remolinos giran al revés. Las estrellas son otras ahí. Y los nombres de los pescados. Donde hablan un idioma que parece de ayer. Es curioso escucharlos. Sorprendente, a ratos. El acento de Diego es distinto. También nota mi hablar, que es otro (mi lengua, que es pirámide y albur, cortesía y conpermisitos), pero no importa: nos entendemos. Diego lo sabe todo y nada. A sus siete años es el más valiente. Si han visto a un príncipe, a un detective o un bombero, es él. O un astronauta, un superhéroe, un caballero Jedi es él. Ahora es rockero. Tiene el cabello largo. Le compré sus lentes y su guitarra de rock. Y canta. Es Diego Super Star. El niño ídolo de las multitudes. Quiero pensar que lo aprendió de mí. Mi voz no es buena pero –la ley del bolero- lo hago con sentimiento. De bebé, cuando todavía estábamos juntos y lo cargaba y lo bañaba y le cambiaba pañales y jugaba con él, también le cantaba. Canciones de cuna, inventadas por mí. Muchas. Miles. Son canciones tiernas, destinadas a decir te quiero, mi bebé, mi piñata en diciembre, mi balón de fútbol, mi banderita de desfile, mi galán de película, mi vacación de verano, mi autopista eléctrica, mi programa favorito de caricaturas, mi grito de gol, mi copiloto al jugar a la carreterita, mi hijo, mi querubín sonrosado, mi touchdown, mi bendito entre las mujeres. Estoy contento. Qué bueno que existes. No importa que estés lejos (o sí). Qué bueno que cantes. Que cantemos. Son canciones secretas. Sólo él y yo las sabemos. Es nuestra manera de vencer la distancia y la ausencia. El tiempo. La separación de países. De abrazos. De jugar. De taparlo cuando tiene frío. Él, allá, en el sur. Yo, acá, no sé dónde, perdido en mí, incapaz de triunfar y de estar cerca de ti y de todo lo bueno en el mundo. Canciones secretas. Nuestra forma de recordar. De amar. De ser hijo y papá, ¡es tan sencillo! ¡Y tan complicado! ¡Estamos tanto tiempo solos, tan separados, tan ausentes! Una vez, tras mucho de no vernos, hizo tal cara de asombro que me entristecí. Se me llenaron los ojos de lágrimas: Y tú, ¿quién eres?, preguntaba. Lo dijo sin palabras, tan sólo esa expresión en el rostro. ¿Quién eres?, dime, porque yo era (me dolió) un desconocido. Y le canté. Bastó que le cantara al oído para reconocerme de nuevo. Ah, eres tú. Papá. ¿Dónde estabas? Te extrañé mucho. Te fuiste un día y no regresaste. ¿Por qué? Otro día te volviste a aparecer, cantamos, jugamos, nos reímos, vimos chicas guapas, tú te ibas a casar con una y yo con la otra, me compraste globos y helados. Creí que te quedabas para siempre, y me dio gusto, papá. Pero te volviste a ir. Y no lo entiendo. ¿Qué te crees? ¿De qué se trata?
Yo tengo mis respuestas. La vida, el desamor, los caminos diferentes. La vida; eso: la vida. Es una sola respuesta y muchas, a la vez. Pero no se las dije. ¿Por qué te fuiste?, insistía. En lugar de responder le di un beso y le canté nuestras canciones secretas. Al oído, para que nadie más las escuchara. Diego sonrió y me dio un abrazo. Un abrazo largo y fuerte, cariñoso. Bienvenido. También te quiero, papá. Mucho. Y agregó (aunque no sabía hablar y por eso no lo dijo en voz alta): Ya no te vayas… Diego era todavía más pequeño; más cerca del bebé que del niño, más cerca del pañal que del calzón, más cerca de la luna que del sol, más cerca de la hormiga que del Everest, más cerca del escuincle mudo al chamaco tarabilla de hoy. Aún no hablaba, pero eso me dijo. Me lo dio a entender con su sonrisa. No te vayas. No, mi niño, no.
Y volví a irme. Y lloré al hacerlo. Y él también.

Comentarios

Deja un comentario