Durante siete años viví en Capitol Hill, el barrio gay de Seattle. Es la segunda comunidad homosexual más grande de la costa oeste, después de San Francisco. Abundan las tiendas gay y los bares gay. Llegué a frecuentar el Elite Uno, con sus mesas de billar y sus carteles de James Dean y Marilyn Monroe. Un sitio bastante conservador, por lo menos en comparación con el Elite Dos, en la calle Broadway, frecuentado por gays del tipo duro, los típicos leather, alejadísimos de la clásica imagen afeminada o loca y con aspecto más cercano a los Hell Angels o a cadeneros de pandilla. El bar tenía su aura perversona. El consejo era: si entras y se te caen las llaves del carro, no te agaches, mejor empújalas con el pie hasta la salida. Mi ex esposa y yo íbamos al Elite Uno en compañía de Randall, Philip y Don, tres amigos gay que conocimos en la Universidad de Washington. Por ellos asistimos a las llamadas wiener-parties, o fiestas de salchichas, para festejar el aniversario del cambio de sexo –la famosa operación jarocha, le llamaríamos en México– de algunos, convertidos en algunas. Soy de mente abierta pero confieso que hay cosas de ese mundo que no entiendo: por ejemplo, que alguien se someta a la castración (¡auch!) y se convierta en mujer, para terminar saliendo no con hombres sino con mujeres. En fin, como diría mi papá: cada quien de su tamarindo hace su agua fresca. Otro tipo de fiestas eran las de disfraces. Randall se disfrazaba de Tammy, la trailera, en tanto que Philip, de Pocahontas. El primero pasaba por una mujer bella y el otro por una horrible y gordísima. Randall, al obtener su doctorado, se fue a vivir con su pareja, Don, a Utah, y Philip a Japón, a enseñar lingüística con un salario muy atractivo. Los dos pertenecían a una generación que se salvó del sida, no porque no corrieran peligro de contraer la enfermedad sino porque ya sabían que existía. La generación anterior se malogró por no saberlo y no ejercer el safe sex. Como todo hombre, buscaban conquistas nuevas cada noche, pero ahora con condón. Las lesbianas también se protegían, si bien eran más monógamas que los hombres. Circulaba un chiste que recuerdo: ¿cómo reconoces a una pareja de lesbianas en su segunda cita? Cuando una de ellas llega a casa de la otra con su camión de mudanza. En nuestro edificio teníamos de vecino a un filipino que tocaba el piano a deshoras: Liszt o Chopin a las tres de la mañana. Nos invitó también a sus fiestas. Ofrecía vodka Bombay zaphir, de color azul, y langostas, que mantenía vivas en su tina. Esos años en Capitol Hill hicieron que se desarrollara en mí un gaydar, o detector de gays. Lo presumo como infalible. Ahora puedo detectar con facilidad incluso a los enclosetados. Dicen que la población mundial de homosexuales asciende a 10 por ciento. Mi gaydar dice que son más. •

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