Lo de moda es el Acapulco nuevo: Punta Diamante, Barra Vieja, Mayan Palace. Puerto Marquez es la frontera. Ahora lo chic es El Revolcadero. El Acapulco viejo se ha ido quedando atrás. Y, sin embargo, continúa siendo esa bellísima bahía –el adjetivo es de Ricardo Garibay–, por más que hay huellas de un cierto desastre: comercios cerrados y una pátina antigua, señal no de otra época sino de falta de remozamiento. ¡Cuántos recuerdos! De chicos, mis padres nos llevaban al hotel Virreyes, junto a playa Langosta, pero hoy el hotel ya no existe: sólo quedan algunas fotos tomadas desde sus terrazas, nuestros gorros marineros, y rojos los brazos y cachetes de sol. La Quebrada, que me parecía imponente, hoy tiene algo de tarjeta postal. Será que la observo desde el restaurante El mirador, tan enfocado al turismo extranjero. La comida es cara y los mejores lugares están reservados para un grupo de 200 gringos de Idaho, recién desembarcados de un enorme crucero. Mi mujer está molesta por esas sempiternas muestras de chovinismo: la reverencia ante el dólar. Abajo los clavadistas se lanzan desde una altura de 35 metros. Hay una profundidad de 3 metros y medio (y de 4 y medio cuando entra la ola), por lo que deben evitar clavarse demasiado. César Várgas, quien se avienta con los brazos extendidos y dos antorchas en sus manos, tiene 18 años de echarse clavados. ¿No le da miedo? “El miedo nunca se quita. Pero hay que llevar el pan a la casa”. A la mañana siguiente vamos a Caleta. En la “Vero”, una lancha de fondo de cristal, navegamos por el canal de Bocachica. Por un lado la Roqueta (oh, decepción: cerrada por reparación de su muelle), y por el otro las casas de los famosos. “Aquella”, informa el guía, “aunque no parece salida de la vecindad del chavo del ocho, pertenece a la Chilindrina”. Aquella otra de Johnny Weismuller, “quien tenía dos jaulas, una para Chita y otra para su suegra”, y aquella de John Wayne, “quien no era tan wayne para el dinero”. Ésa de allá es de la novia de México. Pregunta: “¿Saben quién es la novia de México?”. “¡Angélica María!”, responden algunos de nuestros compañeros de travesía, enfundados en sus chalecos salvavidas. “No, ella es ahora la abuela de México”. “¡Lucero!”, dice otro. “No, Lucero es la novia de América”. Nos damos por vencidos. Responde: “Es de Juan Gabriel, la novia de México”. Por la tarde vamos a Pie de la Cuesta. Montamos a caballo y comemos un huachinango a la talla. Se nos acerca un tipo canoso y enjuto que se presenta como el salvavidas. Por 30 pesos se ofrece a hacer “figuras” en las olas. El oleaje no es tan fuerte, por lo que su show desluce. “¿Les gustó?”, tirita, secándose el agua. Mi mujer le bromea: “¿y las figuras?”, pero le da su buena propina. El sol se desvanece entre una intensa bruma. Sólo los mosquitos al anochecer nos ahuyentan de la playa.

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