Feb
12
No sé si amé mucho pero sí desamé mucho. Y fue desconcertante. Y doloroso. Tanto, que he guardado el necesario luto. Por esa mujer que de pronto se convirtió en parte de un pasado que hoy me parece lejano y vivido por otro, y por lo que de mí murió en eso que alguien ha llamado la separación de los amantes. Algo he aprendido: que fue la mejor mujer de la que pude haberme separado y que debido a esa ruptura tengo la oportunidad de vivir otra vida, más rica e intensa: la de mis 40 años. No ha sido fácil. Tengo un hijo —el bebé más hermoso del mundo— cuya madre se ha llevado lejos, muy lejos. Eso aumenta la pena. He llorado (aunque no se lo digo a nadie). También, me he divertido como enano. Antes era para ocultar un dolor muy hondo convertido en soledad y depresión e interminables preguntas. Ahora no termino de ser feliz, pero estoy contento. Bailo, bebo, tengo un trabajo, juego dominó con mis amigos, escribo (de un momento a otro me veo con nueve libros de mi autoría) y me siento amado. Redescubro el amor y me parece que es por vez primera. Ella es cantante. Y también escribe. Y es guapa. Mucho. Y sensible. A ratos tiene el carácter alrevesado, es tierna, independiente. Me gusta. Hablamos de literatura y del “filin” cubano. Álvaro Carrillo y Armando Manzanero suenan mejor en su voz. Nos queremos, decimos. La palabra exacta: nos amamos. Ella me besa y bromea: “¿A quién le va a gustar una cantante de boleros que no está triste y adolorida?”. Dice que se la juega conmigo y yo también. Tenemos miedo. Ambos sabemos de ese fantasma que ronda a la pareja y que nos recuerda que el amor no es eterno, que sobrevendrá la vida cotidiana, los problemas de dinero, los celos, las chanclas y la panzota o la calvicie, el imperio del tú y el yo cuando antes éramos nosotros. ¿Tiene que ser siempre así? No, sí, tal vez, pero yo le pido, y ella también: dame un beso. Y nos la jugamos.

