Feb
12
Paso mi cumpleaños en Punta del Este. 45 ya. Qué rápido envejecen los hijos, como diría mi padre. Diego, mi hijo, cumplió 6 dos días antes, en Montevideo. Lo veo de nuevo tras casi diez meses de lejanía. Cómo ha crecido mi bebé. Él mismo lo sabe. Le digo “bebé” con la ternura de siempre y me responde: “no soy un bebé, soy un niño”. Algunos de los pantalones que le di en enero le quedan de brincacharcos. Por fortuna la chamarra que le llevo –campera, en uruguayo– sí le queda. Hace frío. En México hay una primavera que se niega a dejar de ser invierno. Rento un carro. Me he malacostumbrado a los autos rentados en Estados Unidos: casi nuevos, impecables, en buenas condiciones. Éste es un auto compacto lleno de golpes y rayones, quemaduras de cigarro en los asientos, roturas en el parabrisas, que suena a licuadora descompuesta y añejo de lustros de uso implacable. Tomamos la ruta interbalnearios. La autopista es de cuota. Me detiene un oficial para pedirme que encienda mis luces –es de día– y me ponga mi cinturón de seguridad. Tras hora y media de recorrido desde Montevideo –dunas, bosques, arroyos, un Uruguay pauperizado– contemplamos el Atlántico. Punta del Este se extiende sobre una larga playa de altos edificios. Es el Uruguay
rico. Por un lado el Mar de Plata, enlodado y adormecido, pero tras bordear una punta, el verdadero mar, agreste, embravecido. Nos tomamos fotos junto a una escultura: una mano gigante cuyos dedos sobresalen de la arena. Buscamos hotel. Es mi cumpleaños y nos hospedamos en el más lujoso: total, qué son unos cientos de dólares. Se trata del Conrad, el único casino privado de Uruguay, filial de la cadena Ceasar’s estadunidense. A Diego lo dejamos en un club de niños diseñado especialmente para que los padres jueguen en el casino. Lo he confesado en otras ocasiones: soy un jugador empedernido. Lo descubrí en Nevada. Tiento mi suerte en un video pókar y me va bien, regular, mal, regular, hasta que en un verdadero golpe de suerte gano en una tirada lo que vale la noche de hotel. A mi mujer le aburren las maquinitas y prueba en la ruleta. Al cabo de algún tiempo queda tablas y nos retiramos a la mesa de black-jack. Es de la teoría que los dealers siempre dejan ganar la primera partida, y vuelve a apostar casi todas sus fichas. Vamos por mi hijo, lleno de sudor, pues se ha divertido y jugado como enano. Por la noche vemos el show de un grupo imitador de Les Luthiers. Cenamos en la costera, un arroz con mariscos estupendo. Como no es temporada vacacional, estamos solos en el restaurante. Mi mujer y mi hijo brindan con vino y leche malteada, respectivamente, y me cantan las mañanitas. Diego me abraza. “Feliz cumple”, me dice en uruguayo.

