Tennesse Williams, uno de los más grandes dramaturgos del
siglo xx, nació un 26 de marzo de 1911 en Columbus, Mississipi.
Sus obras se alimentaron de la reprimida noche del
sur norteamericano.

Para Tennesse Williams el teatro era el charlatán de las artes. “Paradójicamente, es aquí donde el charlatán puede ser más fácilmente detectado”. Profesó la honestidad teatral, pues sólo a través de la sinceridad de lo que se hace y se dice se llega a la verdad. De ahí la fuerza dramática de sus obras. Hombres y mujeres desnudos del alma, seres defectuosos y sin embargo reales, tan repulsivos todos, tan lastimosos, y sin embargo tan interesantes, tan atractivos, tan cercanos: Kowalski, de Un tranvía llamado deseo; Alma Winemiller, de Verano y humo; Amanda Wingfield, de El zoológico de cristal; Maggie, de Una gata sobre el tejado caliente, entre muchos otros. Fue, junto con Arthur Miller, uno de los grandes dramaturgos norteamericanos del siglo xx.
Su verdadero nombre fue Tomas Lanier Williams. Nació el 26 de marzo de 1911, en Columbus, Mississipi, en el sur profundo estadounidense. Si bien provenía de una familia aristocrática, su padre fue un vendedor de zapatos y él mismo tuvo que laborar en una fábrica de calzado. Era un muchacho tímido e introvertido: “Debido a mi inhabilidad de relacionarme con las personas empecé a escribir cuentos y obras de teatro”. Su primer texto lo publica a los 16 años: “¿Una buena esposa puede ser un buen partido?” A éste le seguiría el cuento “La venganza de Nitocris”, de 1928. En 1937 monta su primera obra: Cairo, Bombay, Shangai. A ésta le seguirían Velas al sol y Batalla de ángeles, donde aprendió los trucos del oficio y del montaje teatral. Para 1944 saltó a la fama con El zoológico de cristal. Cuenta con 34 años. A partir de entonces se suceden éxitos como Un tranvía llamado deseo (por la que gana el Pulitzer), La rosa tatuada (1951, considerada como “el más amoroso idilio escrito para la escena en un buen tiempo”), Verano y humo, Camino real, Una gata sobre el tejado caliente (“su mejor drama, en el que enfrenta y habla con la verdad”, que le vale otro Pulitzer, en 1955), De repente, en el verano (1958), El dulce pájaro de la juventud (1959) y La noche de la iguana, por mencionar algunas de las más importantes.

No escribo sobre
mujeres frustradas
Sus obras, de una exquisita tensión sexual a ratos violenta, a ratos tierna, se alimentan de la reprimida noche del sur norteamericano. Sus personajes no pueden cumplir sus deseos. Inmersos en la falta de comunicación de pareja, la mojigatería de la época les impide dar rienda suelta a sus instintos. A los hombres los muestra como lo que son y a las mujeres y a los homosexuales como lo que querrían ser. No hay juicios de valor, sin embargo. A Williams no le importaba pontificar sino mostrar la realidad, la condición humana. “No hay buena o mala gente. Algunos son un poco mejor o un poco peor pero todos funcionan más por la falta de entendimiento que por malicia”.
De ahí la soledad que traspiran (“Todos estamos sentenciados a confinamiento solitario dentro de nuestras pieles”) y su búsqueda de otros cuerpos, del amor. Sus puestas en escena tienen mucho de autobiográfico. “Todo en su vida está en sus obras y todo en sus obras está en su vida”, dijo Elia Kazan. El zoológico de cristal, por ejemplo, debe mucho a su propia familia, debido al carácter autoritario y represor de su padre, quien no dejaba de llamarlo marica (Williams tuvo su primera relación homosexual a los 28 años), a la actitud controladora de su madre, a las constantes pugnas matrimoniales y a la esquizofrenia de su querida hermana Rose, quien, lobotomizada, quedó trastornada mentalmente. Por eso muchas de sus heroínas están marcadas por el signo de la insatisfacción, la incomprensión y la frustración vital y sexual.
Tal y como lo señaló en un artículo publicado en el New York Times del 3 de octubre de 1948, la gente no dejaba de preguntarle: “¿Por qué siempre escribe sobre mujeres frustradas?” Respondía que no era cierto. “No hay nada interesante en la frustración en sí. No podría escribir ni una sola línea al respecto por la simple razón de que no puedo escribir sobre algo que me aburra. ¿Blanche, de Un tranvía llamado deseo, es una mujer frustrada? ¡Sí, tanto como una bestia en la jungla! ¿Y Alma Winemiller? ¿Qué hay de frustrante en amar con tanta cálida intensidad que es capaz de alterar la dirección de tu vida y llevarte de la oficina episcopal a una habitación secreta en Moon Lake Casino?”
Morí por la belleza
No se consideraba a sí mismo un buen escritor. “De hecho, en momentos soy un pésimo es-critor”. Le molestaba el lado público de la fama. Odiaba las entrevistas. “Para un escritor que no es intencionalmente oscuro y nunca, en mi opinión, oscuro del todo, me hacen un montón de preguntas que no puedo responder. Nunca he podido decir cuál es el tema de mi obra y no pienso haber escrito de manera conciente con un tema en mente. Siempre me sorprende, tras el estreno, leer en los periódicos sobre lo que trata mi obra. Regularmente, cuando me preguntan sobre el tema, pongo una mirada vaga y digo: es una obra sobre la vida. ¿Qué podría ser más simple y más pretencioso?”
La noche de la iguana (1961) fue su último gran éxito. Para 1977 él mismo reconocía ser un escritor fantasma. Tenía la fama pero no la nueva obra que refrendara su
reputación. No dejó de escribir y ahí están El bar de Tokio (1969), Vieux Carré (1977) y Algo claro, algo nublado (1981), para demostrarlo. Pero la magia se había ido. “Por supuesto, es un asunto que me da cierta lástima y también algo de exasperación (…) Sospecho que se debe a ciertas circunstancias radicales y amenazantes en mi vida que me hicieron trabajar en estilos diferentes”. Todo empezó con la muerte de Frank Merlo, su amante por décadas. A partir de 1961, en que el cáncer cobró su vida, Williams cayó en una severa depresión que lo orilló al alcohol, a la soledad y a las drogas. Temió terminar sus días como enfermo mental, igual que su hermana Rose. Era un genio herido, como le llamaron. Abandonó el “naturalismo poético” que tanta fama le había dado y se refugió en un teatro experimental, muy al estilo de Sartre, Beckett y Ionesco, con malos resultados de crítica y público.
En 1982 escribe su última obra: Esta casa no está hecha para durar. Su fin no pudo ser más sintomático de su estado anímico y de su afición a la bebida. Al destapar una botella de bourbon con la boca, la tapa se le atoró en la garganta, produciéndole la muerte por asfixia. El 24 de febrero de 1983 el teatro perdía a uno de sus grandes. Como él mismo lo afirmaba: “Hay mucho por decir y poco tiempo para decirlo”. Su epitafio bien podría contener ese verso de Emily Dickinson que tanto le gustaba: “Morí por la belleza pero fue escasa”. •

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