INTRO:
Ya no es el rascacielos más alto del país, como lo fue por décadas. Pero sigue siendo uno de los iconos del Distrito Federal y una visita necesaria. Sin King Kong ni hombres mosca, la Torre Latino es un mosaico de contrastes que aloja lo mismo a firmas inmobiliarias, de abogados y sastres, que a videntes. Construida en plena zona sísmica hace 50 años, ha soportado los mayores terremotos y se mantiene en pie como una maravilla arquitectónica.
Es La Latino, como se le llama con familiaridad chilanga. Su silueta resalta a pesar del esmog. Símbolo de una modernidad que no caduca y sí, pirámide estilizada, renovado esplendor de la ciudad de los palacios, portento de la ingeniería mexicana, visión postmoderna entre el barroco y el art nacó, su presencia es obligado punto de referencia en el panorama citadino, visita indispensable para el turismo nacional y extranjero.
–Cuando viene mi familia de Michoacán los traigo aquí. Me gusta enseñarles lo más trascendental –comenta Guillermina Martínez. Así dice: “lo más trascendental”.
Es el piso 43.

Equilibristas de la necesidad
La historia de los rascacielos en México se inicia en 1940 con el edificio de Seguros La Nacional, de diez pisos. El arquitecto Manuel de la Colina diseñó uno de 25 pisos para la compañía de Seguros La Latinoamericana. Su idea la transformó Augusto Álvarez, quien convenció al director de La Latinoamericana de alcanzar mayor altura. Así, la Torre pasó de 44 metros a los 181.33 que ahora tiene. No fue una decisión fácil. El DF se asienta en una zona de suelos poco firmes. Luego, el peligro de los terremotos. Se temía que con un temblor el edificio colapsara.
Las primeras excavaciones datan de febrero de 1949.
–Mi esposa y yo veníamos a ver las obras –recuerda Manuel Espejo, de 73 años–. Éramos novios por aquel entonces. Nos asomábamos por la barda. El hoyo era enorme.
La construcción duró siete años. Hay fotografías de uno de los hermanos Mayo, Faustino, de albañiles caminando a gran altura y sin cuerdas de seguridad sobre las vigas de acero. Son equilibristas en el circo de la necesidad. Se utilizaron materiales pioneros como el acero 47, aluminio para la cancelería y ventanales templados con aislamiento térmico y acústico.
Se inauguró el 30 de abril de 1956. Era:
- El primer y más grande edificio con fachada de cristal.
- El de los elevadores más rápidos.
- El único rascacielos en una zona sísmica.
- El sexto más alto del mundo.
- El más alto al sur del paralelo 33 Norte.

El pasado diáfano
La Latino se ubica en lo que fue el zoológico de Moctezuma. En el piso 38 hay un museo con hallazgos prehispánicos hechos durante las excavaciones. Vasos anulares, bolas de tezontle, sellos, manos de metate y un fragmento de copa pulquera.
–Tense quietos, que aquí sí se los lleva el policía –pide una madre.
–Te voy a nalguear –amenaza otra y muestra la mano flamígera.
Hace calor. Se muestran imágenes del convento de San Francisco, que sustituyó al zoológico azteca. Con la Reforma, parte del terreno se expropió para nuevas calles y viviendas. Ahí tenía su casa la familia Escandón, propietaria de la Compañía Latinoamericana de Seguros. El inmueble era conocido como “la casa de los perros”, por su decorado de estatuas caninas.
La nostalgia habita el museo. Un DF que ya no es, desde la fundación de Tenochtitlan hasta la capital tomada en globo en 1856 y los estragos del temblor de 1985 (lo que quedó del café Súper Leche o del Regis), pasando por la itinerancia del caballito de Tolsá o los Indios Verdes. Didáctico en sus intenciones, en el museo no se juzgan las distintas épocas de la ciudad (la historia de sus destrucciones y construcciones) sino que predomina lo turístico. Un DF sin los estragos de la contaminación, la miseria o el tráfico. El México de antaño representado en el zócalo enjardinado o en un San Juan de Letrán antes de los ejes viales. El del pasado diáfano y el del presente que quién sabe (el ambulantaje atroz de allá abajo). Hay una gráfica con los edificios más altos del mundo, con la torre Sears de Chicago en primer término, con sus 527 metros con todo y antena (en realidad el Taipei 101 en Taiwán posee mayor altura, si descontamos la antena).
Se exhibe también el carillón Schumelrich, que daba la hora cada 15 minutos con la vibración de su sonar de campanas.
–Papá, ¿qué es esto? –pregunta una niña.
–Sabe. Parece un radio.
En efecto, el carillón podría parecer un radio antiguo, con todo y bulbos.
La niña insiste, tras leer la tarjeta y enterarse a medias de qué se trata.
–¿Y qué es un carillón?
–Sabe… –el papá se alza de hombros y camina a ver otra vitrina.

Homenaje al valor
La entrada a La Latino es cara. Cincuenta pesos adultos y cuarenta niños y adultos en plenitud (con credencial). Con un colorido brazalete de por medio, se permite el paso a los elevadores. Éstos conducen al piso 37, oloroso a palomitas.
–¿Te imaginas si ahorita temblara?
La Torre es un “homenaje al valor”. Así la definió Miguel Macedo, director de La Latinoamericana, quien defendió el proyecto a pesar de las opiniones en contra. ¡Un rascacielos en el DF! El argumento de los escépticos era lógico: los terremotos que han asolado a la capital desde tiempos inmemoriales.
La prueba de fuego ocurrió el 28 de julio de 1957.
Ese día se dio a conocer el asesinato del presidente guatemalteco Castillo Armas. Fue la nota de primera plana. La noticia principal, sin embargo, ocurrió en México a las 2:40 horas y 42 segundos de la madrugada. Un sismo de 7 grados en la escala de Richter hizo “bailotear edificios y civiles”. Los turistas norteamericanos salieron de sus hoteles como si se tratara del fin del mundo. Fueron horas de “intenso dramatismo y pánico”. El edificio Rioma se derrumbó. En Padierna una casa sepultó a sus habitantes. El güero Téllez, con su estilo de telenovela y literatura de altos vuelos, reportaba los casos más dramáticos: el de María Eugenia de Juárez, quien perdió a su esposo en un derrumbe. El de Eduardo Bronstein, que permaneció atrapado diez horas. El de una anciana, que tardaron mucho en rescatar y finalmente murió en el hospital. El de dos hermanos, cuya madre implora angustiada porque sean sacados de entre los escombros. Uno está vivo. La mamá se acerca a él, lo abraza y lo acaricia.
–¿Y tu hermano?
–Está muerto, mamá.
Las cifras extraoficiales elevaban a más de cien el número de víctimas mortales.
En el museo de la Torre se exhiben fotografías del que es uno de los símbolos más legendarios de ese temblor: la caída del Ángel de la Independencia. Las fotos que dan cuenta de esos fragmentos dorados tienen leyendas como: “El Ángel quiso detenerse de la guirnalda y no la soltó” o “Por primera vez puso un pie en el suelo”.

Bien, ingeniero
La Latino permaneció de pie.
“El soberbio edificio de La Latinoamericana sigue erguido después del macrosismo que azotó a la metrópoli la madrugada del domingo pasado, sin haberse registrado en él el más mínimo desperfecto”. La nota periodística se acompañaba de una foto tomada desde el Palacio de Bellas Artes: “En primer término se puede ver a uno de los pegasos de Queroll, que parece pregonar la bondad de la magnífica construcción”.
Los escépticos callaron. Leonardo Zeevaert no ocultaba su alegría. Era el ingeniero responsable de la obra. “Es verdaderamente satisfactorio para todos los que intervenimos en la construcción de la Torre de La Latinoamericana, que no haya resentido esta obra (…) daño alguno con motivo del último movimiento sísmico”. Una caricatura de la época lo muestra mientras observa los estragos del temblor. Un albañil le palmea el hombro y dice: “Bien, ingeniero”. Tenía 42 años en ese momento y 35 cuando inició la construcción de la Torre.
Nacido el 27 de noviembre de 1914 en Veracruz, el ingeniero Zeevaert hizo su licenciatura en la UNAM, la maestría en el MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) y el doctorado en la Universidad de Illinois. Ahí conoció al doctor Karl Terzaghi. Con él aprendió a buscar respuestas sencillas a grandes problemas y a desarrollar su interés por la mecánica de suelos y la dinámica de sistemas hidráulicos. Se especializó en la búsqueda de soluciones y métodos de cálculo para diferentes problemas de cimentaciones y estructuras; en la comprensión del comportamiento de sedimentos lacustres; y en el estudio del hundimiento de la ciudad de México.
Sus conocimientos le permitieron ofrecer una solución integral para la construcción de un rascacielos en el DF.
Así nació la Latino. Ésta se afianza mediante pilotes en una capa de material sólido que los estudios de resonancia ubicaron a 33 metros de profundidad. El edificio flota por un sistema de inyección de agua que equilibra sus movimientos ante irregularidades tectónicas.
En el piso 37 se lee una placa del American Institute of Steel Construction: “Premio al mérito al edificio más alto que jamás haya sido expuesto a una enorme fuerza sísmica. La Torre Latinoamericana ha demostrado en forma impresionante el ingenio y la competencia de quienes planearon su construcción”.

Los Mochis es más grande…
En la Torre hay oficinas inmobiliarias, de abogados, de videntes, una sastrería (“trajes de altura”), y de negocios en general. Lo más notorio es el Mirador.
Antes, había una reja de mediana altura, coronada de alambre de púas.
“–¿Qué, nadie se ha suicidado desde aquí?” –le preguntó Elena Poniatowska a un vigilante allá por 1960.
“El guardia sonríe.
“–¡No, todavía no! ¡Está prohibido!”
En Sólo con tu pareja (1991), la película de Alfonso Cuarón, el personaje interpretado por Daniel Giménez Cacho descubre que tiene SIDA y quiere suicidarse. Intenta aventarse desde La Latino con su nuevo amor, la aeromoza Clarisa Negrete. Hay tomas aéreas de la Torre y el caer lento de los calzones de Clarisa desde las alturas.
Ahora la reja cubre totalmente de piso a antena el mirador al aire libre. Se impiden los suicidios pero no la vista ni el golpe del viento.
La ciudad más grande del mundo, a nuestros pies.
–Los Mochis es más grande… pero menos poblado.
Hay quien utiliza los telescopios y quien, precavido, lleva sus propios binoculares.
Otros sacan su celular para tomar fotos.
–Es la ciudad más hermosa del mundo.
Por supuesto, no faltan las parejas. Algunas se besan sin ocultar la pasión. Es el caso de Manuel y Mercedes. Él tiene 23 años y ella (ah, pícara) 30.
–Me gusta venir aquí por la vista –dice Mercedes, mirada coqueta, bonito cuerpo, jeans entallados, blusa rosa–. He venido como veinte veces.

Adiós, reloj electrónico
Más de mil personas diarias visitan en promedio la Latino.
–Que dizque ya la compró Carlos Slim. Eso dicen: que todo el centro es suyo.
Desde 2003 empezó la remodelación del Mirador. Se le agregó una cafetería y una tienda de souvenirs. Se encuentra en el piso 37, donde antes se encontraba el Muralto (“un barecito donde los tragos sí se subían”, dice un ingeniero de Chihuahua). Se renovaron los baños, se colocó una escalera de caracol y se instalaron barandales minimalistas.
La Torre albergó por muchos años un acuario de peceras sucias y mohosas con peces globo, morenas y tiburoncitos. Desapareció como parte del proyecto de remodelación. También desapareció el reloj electrónico en lo alto, debido a su elevado costo de mantenimiento.

No le falta ni su King Kong
Llueve sobre el alto valle metafísico. Los turistas van y vienen, suben y bajan por el elevador, compran papitas y llevan itacate (“¿quieres una patita de pollo?”), regañan a sus niños (“no te asomes por ahí, Fernando, que te vas a caer. ¡Fernandoooo!”), se toman fotografías digitales de 25 pesos con Julio Zepeda (parte del staff –así dicen las playeras azules de los empleados– del Mirador, quien les pide: “una sonrisita, viendo a la cámara”), se acurrucan en una esquina, se besan con vista al sur o al este, y admiran esta ciudad que por supuesto es “atroz y amada, fascinante y desoladora”, al decir de Gonzalo Celorio.
Algo tiene esta urbe desde su fundación en el año 1325.
–A mí me gusta –dice Ángel Alvarado, oriundo de Jaráhuaro, Michoacán. Radica en Chicago y trabaja como pintor. Lo acompañan su esposa Ofelia y sus hijos Berenice, de 25 años, y Alejandro, de 9. A éste la ciudad le gusta “por todas las casitas y todas las lucitas”. Así dice: lucitas.
Es de noche, a punto de cerrar, y casi todos los turistas se han ido.
Hay charcos en el techo, junto a los telescopios.
Alfonso y Ángel son meseros de un restaurante por la Narvarte. Es la primera vez que visitan la Torre. Pregunto por qué:
–Por el fut –responde Alfonso, críptico, y se escabullen presurosos por la escalera.
Queda la soledad de la Torre a las diez de la noche, hora del cierre. Desde aquí la ciudad nos pertenece: la podemos abarcar en su totalidad de urbe magnífica. Es nuestra en su carácter mítico. Todo lo vemos sin mancharnos de tráfico, de inseguridad, de niños de la calle, de basureros, de perros sueltos, de vendedores ambulantes, de policías que extorsionan, de bardas pintarrajeadas por las campañas políticas, de baches, de limpiaparabrisas, de la ruina y de la miseria que se encuentran allá abajo. La Latino nos reconcilia con la visión de Anáhuac. EL DF es terrible, sí, y su grandeza es una invención de nuestros cronistas y de los políticos que la gobiernan, pero de pronto desde el Mirador uno piensa que es verdad el presagio náhuatl: “Mientras permanezca el mundo así durará la fama y gloria de México-Tenochtitlan”.
Nada le falta a esta Torre, ni su King Kong ni su hombre mosca. Desde aquí, ahora que la lluvia se ha llevado la palinodia del polvo, la contaminación, los detritus fecales, la ciudad luce prístina, feliz. Dice Juan Villoro que vivir en esta ciudad es como darle un beso a la mujer barbuda. Yo sostengo que el DF es como una mujer bella que siempre está enferma. Esta noche se ha rasurado, se ve recompuesta. Cosas de la altura, supongo.

Las tres torres
La Torre Latinoamericana tiene una altura de 182 metros con 44 pisos. Fue el rascacielos más alto de la Ciudad de México desde su inauguración en 1956 hasta 1984, cuando se terminó de construir Torre Ejecutiva Pemex. Con sus 214 metros, la “Torre de Pemex”, como se le conoce popularmente, fue el edificio más alto del Distrito Federal nueve años, hasta que se completó la Torre Mayor, en 2003, inmueble que 55 pisos y 225.5 metros de altura, que lo hacen el más alto de México y de Iberoamérica.

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