Feb
12
Aprendí a esquiar en la nieve de Lake Tahoe. Otra vida. Una vida caracterizada por sus blancas navidades, como en la famosa canción de Bing Crosby. Frío, mucho frío, a ratos excesivo. Dice mi ex suegro que no hay malos climas sino mala vestimenta. Él lo sabe en carne propia. En sus años mozos combatió en el frente ruso, durante la segunda guerra mundial. ¡Ésos sí que eran inviernos! Los dedos y la nariz se congelaban hasta el punto de que un ligero golpe bastaba para quedar desnarigado o sin falanges. Él, con una sonrisa que no era exactamente de burla sino de agradecimiento por haberse salvado de tal percance, recordaba el sonido: ¡plin!, que como un cristal quebrado hacía la nariz al desprenderse de la cara. A sus casi 80 años, aún esquiaba, si bien acostumbraba hacerlo fuera de la temporada vacacional, cuando las hordas de turistas invernales poblaban las pistas de Heavenly, el complejo de esquí más grande de Norteamérica. Ahí, en ese bello rincón de la Sierra Nevada, empecé mis lecciones. Lo hice en la Bunny Hill, o colina de los tontos que, no obstante su muy ligero declive, atestiguó mis primeras caídas. El siguiente reto fueron los elevadores. Abordar una de esas sillas y subir por la ladera resultó sencillo, mas no así la llegada a lo alto de la montaña, donde volví a caer, esta vez de manera estrepitosa y circense. Así, de caída en caída, aprendí a mantener mi equilibrio, a frenar, a deslizarme en zig-zag, a soñar, en fin, que algún día sería el primer mexicano en ganar medalla de oro en los juegos olímpicos de invierno. Algunos trucos me los enseñaron Herbert y Christel McCandless, unos vecinos de lo más atentos, simpáticos y emprendedores. Ella era una alemana guapa que acostumbraba saludar con un ligero beso en la boca. Él, un típico estadunidense que sabía arreglar cualquier desperfecto casero y había servido en la guerra de Vietnam como especialista en control de misiles. Era un hombre práctico. Una vez, de regalo de cumpleaños, le dio a su esposa un limpiaparabrisas (el de su lado del carro). Era generoso, aunque no despilfarrador, y además de bienhumorado era muy amable. Con ellos esquié por senderos fáciles y difíciles, lo mismo del lado de California, con vista a los casinos, que de Nevada, con el valle de Minden a lo lejos. Me enseñaron el lugar donde murió Sony Bono, el ex de Cher, en un accidente absurdo por el casi plano de la pista. Guardo un buen recuerdo de las azules aguas de Lake Tahoe desde aquellas cumbres. Me gusta el silencio en la montaña cuando uno sube por los elevadores. Algún día regresaré. Aún conservo mis botas, mis gogles, mi chamarra y mis pantalones impermeables. ¿Los esquís? Perdidos junto con el desastre de mi primer divorcio.

