Feb
12
Mi escritorio está lleno de papeles, oficios por contestar, propuestas de proyectos, cotizaciones, ofertas de becas que no van con mi perfil, notas de trabajo con la letra de mi jefe. Salgo todos los días a las nueve de la noche. Tengo una computadora lentísima.
Soy afortunado, y más aún con tanto desempleo en estos tiempos globalizadores y neoliberales.
Hace 15 años me hice a la mar. Capitaneaba mi propia lancha, la Laurentie, en una expedición de índole cultural por las playas de Centro y Sudamérica.
Fue en 1987. El viaje constituyó una aventura extraordinaria entre tormentas, tiburones, guerrilleros, piratas modernos, dengue, caimanes. Todo eso acompañado con litros y litros de ron.
No tenía, por supuesto, ningún tipo de experiencia marinera, a no ser por mis lecturas de Conrad y mis idas de pinta al lago de Chapultepec. La expedición se componía de seis lanchas de aluminio y motor fuera de borda, y un grupo de arriesgados españoles y mexicanos capitaneados por un canadiense, Jacques Desjardins. Navegamos desde Colón, en Panamá, hasta la Guaira, en Venezuela. Atravesamos el Golfo de los Mosquitos. Buceamos en un barco hundido a la entrada del Canal de Panamá. Nos emborrachamos en Colón, que es la ciudad más peligrosa del mundo. Enfrentamos una tormenta en Punta Caledonia. Me salió un tiburón mientras nadaba en los Cayos Holandeses. Arribamos a Isla Fuerte, poblada por millones de luciérnagas. Comprendimos la expresión “mar como plato” en nuestro camino a Cartagena. Remontamos el lodoso Magdalena. Álvaro, nuestro fotógrafo, cayó por accidente en las aguas llenas de caimanes de Barranquilla. Sobrevivimos las altas olas de Boca de Cenizas. Pescamos el dengue en Santa Martha, muy cerca de la hacienda donde murió Simón Bolívar. Llegamos a Cabo de la Vela, un pueblo donde todo mundo usaba pistola, como en las películas del oeste. Practicamos una peligrosa maniobra de atraque en Riohacha. Vi un gigantesco buque varado en una olvidada playa colombiana de nombre Acapulco. Atravesamos el Golfo de Maracaibo. Remontamos las peligrosas corrientes que nos separaban de Aruba a Curazao. Estuve a punto de quedarme de por vida en Bonaire. Aprendimos que en Papiamento agua se escribe awa y trece, diestrés. En fin, fue una aventura en verdad interesante. Y muy peligrosa.
Hoy tengo un empleo, una oficina, trabajo ocho horas diarias, y lo más seguro, también, es que vuelva a salir hasta las nueve de la noche

