Feb
12
En 1938, un genio de 22 años utilizó una novela para convertirla en un relato radiofónico que estremeció a EU. Ahora que Spielberg revive a los mismos marcianos en el cine, recordamos la anécdota que pasó a la historia.
Si en ET los extraterrestres eran amigables, en La guerra de los mundos no lo son. “La última guerra en la tierra no la iniciarán los humanos”, reza la publicidad de la nueva película de Steven Spielberg, basada en la novela homónima de Herbert George Wells, publicada en 1898. De nueva cuenta, el miedo a lo otro, tan fomentado en Estados Unidos, en una versión admirable por sus espectaculares efectos especiales. No es la primera vez que esta novela ha sido llevada a la pantalla. De hecho, este clásico de la literatura futurista ha dado pie a diversas versiones no sólo cinematográficas sino también teatrales y radiales. Entre éstas destaca la producida por Orson Welles, en 1938. Se trata de un singular fenómeno de masas, que provocó en su tiempo la histeria y el pánico colectivo. La historia es conocida: Welles obtuvo fama mundial por la inesperada manera como hizo creer a los radioescuchas norteamericanos que el mundo era objeto de una invasión extraterrestre.
El Mercury Theater
Orson Welles contaba con 22 años cuando debutó como director del Mercury Theater, una compañía teatral que bien pronto fue contratada por la CBS para difundir versiones radiales de obras tan diversas como Julio César, de Shakespeare, Jane Eyre, de Bronte, Oliver Twist, de Dickens, y La vuelta al mundo en 80 días, de Verne. Welles era apoyado por el productor John Houseman, así como por libretistas tan importantes como Howard Koch, el mismo que años más tarde escribiría Casablanca, la famosa película protagonizada por Humphrey Bogart e Ingrid Bergman.
Las dramatizaciones radiales se transmitían todos los domingos de 8 a 9 de la noche. La guerra de los mundos no fue de las primeras en transmitirse. Al contrario, transcurrieron dieciséis programas antes de que el domingo 30 de octubre de 1938 ingresara a la historia de la comunicación de masas.
Uno de los aciertos más importantes de Koch y de sus asistentes, Ann Froelich y Paul Stewart, es que, tras mucho pensarlo, decidieron ambientar la novela de Wells en un entorno familiar a sus radioescuchas, con alusiones a lugares y personas existentes en la vida real. El área de Nueva York y Nueva Jersey fue el elegido como blanco de la invasión marciana.
Otro, que el programa perdió su carácter teatral para convertirse en un noticiero que informaba sobre varias explosiones de gas incandescente que habían tenido lugar en Marte y luego sobre el impacto de un enorme objeto cerca de Trenton, New Jersey, cuya caída quedó registrada en el sismológico de Princeton. “Se informa que a las 8 y 50 un gigantesco objeto en llamas, supuestamente un meteorito, cayó sobre una granja, en las proximidades de Grovers Mill”.
De inmediato, se destinó a un reportero (Philips) y a un científico (Pierson) para desplazarse a ese lugar e investigar sobre lo sucedido. Al llegar se encontraron con un inmenso objeto cilíndrico semienterrado y metálico.
“Hay algo”, informaba Philips, “que en esta gran confusión olvidé mencionar, pero que cada vez se vuelve más claro. Quizá ustedes ya lo captaron en su radio. Escuchen. ¿Lo oyen? Es un curioso murmullo que parece provenir del interior del objeto”.
De pronto “la parte superior del aparato comenzó a desenroscarse como una tuerca. ¡Debe ser hueco en su interior”. Hay gritos de terror de la muchedumbre. Al periodista le tiembla la voz:
“¡Cielos! Algo está emergiendo de las sombras como una víbora gris. Y luego otra y otra más. En realidad me parecen tentáculos. Ahora puedo ver el cuerpo. Es grande como un oso y brilla como el cuero húmedo…”. Era el comienzo del fin del mundo.
Orson Welles contra
el ventrílocuo
Fue una noche de pánico. Muchos de los radioescuchas creyeron que se trataba de una invasión verdadera. “Una ola de histeria masiva capturó a miles que escuchaban un programa radiofónico”, se leía en los encabezados de los periódicos del día siguiente. “Toman como verdadero un drama bélico”. El New York Times recibió 875 telefonemas de gente asustada por lo que escuchaba. Algunos abandonaron sus hogares por temor a ser alcanzados por los marcianos. Otros aseguraron haber visto naves extraterrestres. Otros, los ruidos de la destrucción causada por los atacantes. Hubo quien intentó suicidarse.
¿Qué había pasado? ¿Por qué esa histeria colectiva?
Estas son algunas de las razones.
-El lugar preeminente de la radio en la vida familiar norteamericana.
-El clima de inminente guerra que se sentía, merced al avance nazi en Europa (el Pacto de Munich y la invasión a Checoslovaquia).
-La magnífica adaptación de la obra de Wells a tiempos y situaciones actuales. El Mercury Theater ya había explorado este terreno anteriormente. Por ejemplo, al montar Julio César, los personajes vestían y hablaban como en la época contemporánea. En La guerra de los mundos se utilizó la mecánica propia de un noticiero, con sus boletines y enviados al lugar de los hechos, para dar cuenta de algo que sucedía en ese instante. Es decir, se hizo verosímil lo inverosímil.
-La actuación de Frank Readick como el reportero Philips, encargado de cubrir la llegada de los marcianos, tomó como ejemplo la célebre transmisión del momento en que el Hindemburg explota en mayo de 1937 a su llegada a Lakehurst, N.J. Se estudió y copió el tono de angustia y desesperación del locutor ante el estallido del dirigible.
-El poder de convencimiento del propio Orson Welles, encargado de personificar de manera docta y creíble al científico Richard Pierson.
-Los efectos especiales, que le otorgaron una mayor dimensión y credibilidad al programa.
El más importante factor, sin embargo, lo constituye un hecho típico de la conducta radiofónica: cambiar de sintonía durante la transmisión de comerciales. Sólo el 3.6 por ciento de la audiencia escuchaba de manera habitual las dramatizaciones del Mercury Theater. El grueso de los radioescuchas sintonizaba otra estación. Se trataba de un programa cómico estelarizado por Edgar Bergen (padre de la actriz Candice Bergen) y su muñeco Charly McCarthy. El ventrílocuo era el rey del rating. Sus devotos radioescuchas se divertían con sus ocurrencias pero cambiaban de canal durante el corte comercial. De esta forma, una gran mayoría sólo escuchó lo que parecía un noticiero y el muy vivo y aterrador relato de cómo los marcianos invadían el planeta.
“No hay ya defensas. Nuestro ejército ha sido barrido… artillería, fuerza aérea, ha sido barrido. Esta puede ser la última transmisión. Nos quedaremos aquí hasta el fin… La gente está rezando allá abajo, en la catedral”.
La persuasión de los medios
Quedó demostrado el poder de manipulación de los medios masivos de comunicación. La propaganda nazi exploraría otros terrenos aún más convincentes para mover a las masas. La publicidad aún ahora nos persuade de adquirir tal o cual producto, los medios electrónicos en su conjunto nos hacen votar por tal o cual candidato o justificar una guerra. No es casual que Orson Welles dedicara su primer película a un artífice de la manipulación: William Randolph Hearst. El magnate periodístico que era capaz de hacer la guerra con tal de tener noticias impactantes que vendieran más periódicos. El ciudadano Kane es testimonio cinematográfico del poder alcanzado por un solo hombre, que termina por manipular a todos a su alrededor, incluido él mismo. La lección de La guerra de los mundos persiste: dudar, no creer del todo la propaganda y la publicidad que a través de la radio, la prensa y la televisión, se nos transmite.

