Feb
12
Mi madre cumple dos años de muerta. Dos años ya. Qué rápido, qué terrible. Cáncer, por supuesto. Lo que empezó como una punzada en el costado devino al paso del tiempo en una serie de erróneos diagnósticos que poco hicieron para detener el mal. Indolencia médica, la deshumanización, en la práctica, de nuestros servicios de salud. Examen tras examen, hospital tras hospital, comenzábamos a sospechar lo que los doctores no atinaban a saber con sus estudios. Un buen día la sospecha devino certidumbre. Mi madre salió del consultorio y nos dijo: cáncer, hígado, incurable. Lo dijo con apenas algo de tristeza en la expresión. Así era ella. La vida la había curtido de tal forma que la noción de lo inevitable la afrontó de manera digna, sin dramas. Su entereza ante la muerte no fue más que otro rasgo de una mujer excepcional. Tuve la mejor de las madres. Es la verdad sin sentimentalismos. Por eso este dolor. Esta tristeza que aún perdura ante su pérdida.
Morir es no estar sino en el recuerdo. Ella continúa aquí y allá. Mi padre y mis hermanos aseguran que sienten su presencia en la casa. Que no se ha ido,
que ahí está. Rememoran sus anécdotas, su sazón, su sonrisa de toda la vida, su pasión por el mar, por las albercas, por el buen comer, por viajar. Están sus fotos, su ropa, sus zapatos. Yo mismo guardo esas memorias, muchas, de cuarenta y tres años de existencia compartida. Hablo con ella, le platico de mis cosas, de mi mujer, de mi hijo, y le canto. La llamó a gritos cuando estoy solo: “¡Móder!”, porque así le decía de cariño. Le deseo que esté bien. Dondequiera que se encuentre, pero bien. No estoy loco. Sucede que la extraño.
A ratos, cuando de súbito experimento algo bello, algo que de golpe me proporciona la sabiduría para entender el mundo, la condición humana, y se me enchina la piel y soy feliz y olvido por un instante mis problemas, he llegado a pensar que es ella, quien de esa manera se manifiesta. No sé. Acaso no es más que un deseo irracional por verla, sentirla de nuevo. Lo cierto es que no creo en la reencarnación ni en nada que se le parezca. Morimos y ya. Lo demás es metafísica, consuelo religioso. Recuerdo cómo, al contemplar sus cenizas —huesos triturados y un polvo negro, como volcánico—, sentí no sin desconsuelo que su cuerpo se había perdido para siempre, sin la posibilidad de que la ciencia pudiera revivirla en algún aciago día. Otro deseo irracional, porque no hay regreso. Se fue. El fuego antes que los gusanos. Ésa fue su voluntad y la cumplimos.
He llorado, nunca bastante. Todavía me quiebro al ver alguna de sus fotos y saber que ya no está, físicamente, con nosotros. Lo escribí en alguno de mis libros: la muerte se equivoca y se lleva a nuestros seres queridos. La extraño, mucho. ¡Me parece increíble, casi cruel, esta sensación de saber que lleva dos años muerta! Así es esto del nacer y el morir. Hoy, ante los defensores de la vida después de la muerte —curiosamente, los mismos que creen en seres extraterrestres—, tengo una prueba irrefutable: mi madre nos quería tanto que hubiera hecho hasta lo imposible por regresar a vernos. Es mi verdad y es triste pero es la verdad. No hay más allá que este mundo. Lo demás es la inmortalidad que el recuerdo le proporciona a los que amamos.

