Tuve un amigo. Lo digo en pasado. No por la intromisión de la muerte sino por su alejamiento, desconcertante, misterioso. Era un hombre de negocios. Vivía al cobijo de sus propias rentas y de lo iniciado por su padre: un tendido de baratijas en la acera que se convirtió, al paso del tiempo, en un emporio comercial de cierto renombre provinciano. Proporciono este dato para explicar su riqueza. También, para dimensionar su biblioteca. Enorme, moderna, del tamaño de una casa de dos pisos, construida ex profeso para despertar envidias y practicar con lujo y comodidades esas dos artes extrañas: la escritura y la lectura.
Sobra decir que era escritor. Algunos libros malos y una novela buena. Coincidimos en un encuentro literario. Conferencias aburridas, actitudes pedantes, la mediocridad como norma, pero con el bálsamo gubernamental del viaje todo pagado y la barra libre. Mientras los demás, habitantes de la torre de marfil y de la culturita, ostentaban mundo ordenando bebidas caras y de señoritas, él y yo pedimos –al unísono- ron con coca. Fue el comienzo de una amistad de muchos años. Cada miércoles arribaba a la capital desde su pueblo. Llegaba con mucha sed y ganas de platicar de libros y de mujeres. Caminamos la ciudad, bebimos como sólo los escritores bebemos, intuimos la gloria de nuestras obras completas y arreglamos las cosas de la política y la sociedad en librerías, cantinas y tugurios conocidos e impensables.
Conocí a su esposa y a sus hijos, me emborraché a la par de sus amistades pueblerinas y admiré su capacidad para tener resueltos –a su edad, que es la mía- los asuntos materiales de la familia y la existencia. Él supo de mis fracasos amorosos, de mis luchas contra la página en blanco y de ese destino que por más que rechazo me persigue: el de la cartera vacía.
No sé qué pasó entonces. Un buen día abandonó las visitas de los miércoles. A mis llamadas, dejó que fuera su secretaria quien comunicara su imposibilidad de atenderme. Indagué, traté de entender, de saber. La respuesta fue la misma: el silencio, la nada. Durante algún tiempo recayó en mí el remolino de los posibles malentendidos, de la ofensa, de la indiscreción. Me declaré inocente y me aburrí de lo que consideré, por decirlo pronto, una extravagancia. Ignoro qué es o fue de él. Si se divorció, si ingresó a alcohólicos anónimos, si escribe La Gran Novela Mexicana en su pasmosa biblioteca. Desapareció de la vida y de la literatura.
Yo continúo igual. Solo –la última de mis mujeres me echó de casa por mi incapacidad de ser millonario-, acumulo años en mis rodillas y escribo libros que nadie lee. Fue una amistad que se perdió como muchas otras cosas que han caracterizado mi existencia de cuarentón empedernido: muertes, desempleos, desamores. Si acaso la invoco, es como quien descubre que ya no está ese libro que siempre estuvo en ese estante, o peor, como quien ha olvidado los pormenores de alguna novela policiaca.

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