Feb
12
Deberían gustarme los gatos. En Japón representan al escritor, por su espíritu independiente. Muchos los tienen como mascotas. Supongo que les ponen nombres como Balzac, Camus o Carlos Cuauhtémoc Sánchez. Sé de uno, el gato de X, quien protagonizó un comentado sainete en diciembre pasado. Un escritor amigo mío, que acostumbra desnudarse en la cantina El Palacio (él sí es totalmente Palacio), asustó al minino con su llegada, dando piruetas, a una fiesta de cumpleaños. El gato dio un salto mortal, envidia de los tigres de Sigfried y Roy, y cayó por la ventana. Era un sexto piso. Hubo quien se asomó para verlo hecho puré y quien confiaba en sus nueve vidas. Su dueño estaba consternado. El gato sobrevivió, pero estoy seguro que, de haber perecido, le hubiera provocado a él una pena enorme. Hay quien ama a sus gatos más que a sus congéneres. Lo entiendo. Pero a mí no me gustan. Soy muy susceptible a los olores. Puedo andar por la calle y oler la cercanía de una rata; en un bosque y reconocer si pasó un mapache; en el metro y sufrir si el de al lado tiene tres días de no bañarse. Me molesta el olor a humedad. Procuro ir poco al cine, pues nunca falta quien libere hedores de gástricos despojos (y si uno busca al culpable, todos ponen cara de yo no soy el que se está descomponiendo). Los gatos huelen. Una vez entró uno a mi buhardilla: su olor quedó en mi pituitaria por cuatro días, pues el minino tuvo a bien marcar como suyo mi territorio.
Tuve una novia muy querida —de esas mujeres que algo de nosotros se va quedando y yendo con ellas— que tenía tres gatos. Hoy la extraño cuando escucho “Caminos de Michoacán”: es de Tajimaroa, cuando voy a bailar: buena para la salsa, y cuando ando con gripa: una excelente otorrinolaringóloga. Quererla fue dejar de usar ropa obscura, pues los pelos de sus micifuces comenzaron a ser parte de mi indumentaria. Ella usaba lo que denominaba un cepillo despeluchador, que servía poco ante la invasión capilar. Y qué decir de su casa: no importaba qué tanto limpiara, los pelos eran omnipresentes. Y el olor. Ella aseguraba que los gatos no huelen. Yo insisto que sí. Los gatos huelen a gato. Además, rasguñan. No soporto los rasguños, a no ser los de una mujer en mi espalda. Los rasguños de gato son arteros. Quienquiera que haya experimentado cómo, para trepar o no caerse, le clavan a uno sus garras, puede entender esto. Destruyen muebles y alfombras. Mi querida novia tenía los suyos hechos una ruina. Los regañaba con ternura, no a periodicazos. Los ultramimaba. Les compraba juguetes que destrozaban en minutos. Su canción favorita era El gato volador y se enojaba porque Jerry le ganaba a Tom. Lo primero que compraba en el súper eran whiskas. También pescó una toxoplasmosis que achacó a murciélagos, no a sus gatos.
Tras un año de no saber de ella, mi ex me llamó desde su reino michoacano. Al poco rato empezó a hablar de sus gatos. A uno lo llevó al dentista. Gingivitis: le sacaron dos dientes. Les compró un aparato de ejercicios a la última moda y pensaba enviarlos a un spa gatuno. Recordé los tiempos felices en que discutíamos sobre mininos. Ella decía que sus gatos eran tan bonitos que podían ganar concursos y yo respondía que eran tan feyoyones que, de venderlos, se diera por bien pagada si le daban dos pesos. Argüía no saber de ningún gato que hubiera defendido a su dueño contra ladrones, como sucede con los perros, y ella que los gatos eran tan inteligentes que no permitían ser amaestrados ni utilizados en circos, como los perros. La quise mucho a pesar de sus gatos, a los que amaba más que a otra cosa, incluido yo mismo (una broma que terminó siendo cierta: los gatos continúan con ella y yo no). Cuando veo un gato me acuerdo de su biquini y su cabellera. Olvidé preguntarle si ya sanó de su toxoplasmosis.

