Hay cosas que admiro de Estados Unidos. Sus rubias, por ejemplo. O que la policía esté para proteger, no para extorsionar. O que los servicios de gas, electricidad, limpieza y telefonía funcionen sin necesidad de propinas, mordidas, abusos o largos días de espera para ser reparados. Es un país cómodo. Viví siete años ahí para saberlo. Basta, sin embargo, un poco de conciencia para sentirse incómodo. Su injerencia en los asuntos de otros países es abrumadora. Latinoamérica ha sufrido desde sus inicios esa soberbia imperial que condujo a la pérdida de la mitad de nuestro territorio en el caso de México y a un largo historial de invasiones, atentados, vejaciones y crímenes en otras naciones. Bien mirado, el grave problema de las pandillas de delincuentes centroamericanos –como la mara salvatrucha, la más famosa y temida– es producto de la desolación económica y cultural que dejó la lucha anticomunista gringa en el área. Irak es otro ejemplo. Primero arman y consolidan a Hussein y luego lo derrocan. Lo mismo Afganistán, utilizado como muro de contención del avance soviético y ahora aplastado con bombas estadunidenses. Durante esos siete años, conocí lo que José Martí definió como las entrañas del monstruo. Me percaté, no sin desconsuelo, de la facilidad con que la opinión pública estadunidense es influida por los medios masivos de comunicación. Conocí de su patriotismo fácilmente encendido por la oratoria bélica y de su etnocentrismo. Para los estadunidenses, no hay nada fuera de Estados Unidos. Desde pequeños se les inculca la noción de que este país es el único indispensable (Madeleine Albright dixit). No es obligatorio estudiar geografía o historia universales. No lo es porque el mundo pareciera no importarles, a no ser que haya algún tipo de interés económico de por medio, especialmente petrolero. En su ignorancia geográfica, se autodenominan América. A lo largo de esos siete años, cómo luché por hacerles ver que América es un continente y no un país, y que también nosotros (todos sus habitantes desde la tierra de Baffin hasta la del Fuego) somos americanos, no sólo ellos. Lucha inútil. Una vez reclamé a la revista National Geographic la publicación de artículos donde denominaban América a Estados Unidos. Me contestó una indignada editora diciendo que ponían América porque el nombre oficial era Estados Unidos de América, ¿no? Ésa es su lógica. Es un país sin nombre, al que Carlos Fuentes alguna vez denominó como el Juan Pérez de América. Y ahora hasta se nos pide quitarnos los zapatos para poder entrar a visitarlo.

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