Dec
13
Me reconozco excepcional. No lo digo por la vanidad vulgar del que se mira en un espejo hecho a su medida ni por colocar una gran lupa en mis pequeños logros. Soy más bien un hombre errático y defectuoso. Incapaz de hacer realidad sus ilusiones y eficaz en la consecución de sus fracasos. Uno más en la anónima lista de los que malgastan sus días terrenales en la sombra y en la derrota. Me puedo pasar la vida contemplando el ir y venir del mar, o jugando a la pelota con mi hijo, o recorriendo la piel de mi mujer. La existencia sería perfecta si me dedicara exclusivamente a eso. Y a caminar por las ciudades que me gustan. O a comer camarones sin preocuparme por el precio. Aspiro a una vida sencilla, incluso opacada, lejos de las guerras cotidianas. Pero la terca vida, que no espera al soñador ni al poeta, se niega a ser eso. La vida exige, la vida demanda, la vida cobra. Por eso mis sueños se deshacen al despertar para ir a la oficina o a la hora de hacer efectivo el sueldo que nunca alcanza. “Life sucks”, dice mi mujer. Es bella y magnífica, y aún así lo dice, por supuesto más en broma que en serio, no sin una sonrisa que es como el anuncio de una victoria. Yo asiento, cómplice de fatigas y de amores, pero me falta la sonrisa. Cómo quisiera tener su confianza en que la vida puede ser bella y tener un sentido acorde a tanto esmero vital y a pensar que sí vale la pena. Cómo quisiera.
Hubo un tiempo en que quise ser otro. Un hombre aplaudido y que sirviera de ejemplo. Aspiré a ser como mis héroes cinematográficos y literarios, copié algunos de sus modos y de sus frases, me dejé llevar por la irrealidad de las películas musicales, me imaginé de pistolero veloz en el viejo oeste, de espía galante e inmune a los golpes, de explorador de las profundidades o de aventurero consuetudinario. También quise ser músico y pintor. Y un destacado hombre de negocios. O cantante de boleros en burdel de lujo. El andariego, el que encontraba sin buscar. Me gustaba pensar que mi rostro aparecería en los almanaques y en las enciclopedias, en las revistas de moda y en las páginas de sociales. Que sería reconocido en la calle. Que me entrevistarían para contar mi historia personal de éxitos consecutivos. Que habría quien, entusiasmado por mis andanzas, quisiera imitar mi vida.
Nada de eso fui. Lo intenté, sí, lo reconozco: tal vez no con la convicción debida, pero lo intenté. Nadie me pide mi autógrafo. No aparezco en las monografías ni en las estampitas escolares. En las efemérides no se da cuenta de ninguna de mis ensoñaciones, de los poemas con que conquisté a mi mujer, de la vez que descubrí que no era inmortal, de la mañana en que buceé en un barco hundido o de la tarde en que me lancé de un avión en paracaídas, de las ocasiones en que mi hijo y yo nos hemos desternillado de risa por una tontería, de mi lucha diaria por el pan o por obtener el sosiego cotidiano entre tanto absurdo y tanto cinismo que rodea mi patria y mi mundo.
Aún así, me reconozco extraordinario. Lo soy por único e irrepetible. Nunca más, en este universo, alguien como yo. Tal vez no fui lo que quise ser pero soy lo que soy. No hay reproche ni desperdicio. Life sucks, es cierto, pero he terminado por aceptarlo con la nobleza del que no le pidieron permiso para nacer y sin embargo permanece aquí, aferrado a seguir mojándose los pies en el mar, a respirar hasta el último aliento, a maravillarse ante el milagro de la luna llena, de un plato de mejillones au vin blanc, de la piel amada y del atardecer. Soy único e irrepetible. Es esta existencia, única e irrepetible, la que le ofrezco a mi mujer, a mi hijo, a mis seres queridos, a mí mismo. Lo digo con fiereza y con humildad. Es lo único que tengo para ofrecer.

