1.
En su libro no hay lo que tú sabes: el verdadero rostro múltiple de la vida. Aprendiz, lo llamas. Su fama, inmerecida. Tú escribes porque reconoces el destello de la miseria humana. Porque intuyes el latido de las cosas del mundo. Porque has tratado con mujeres y sabes de la derrota, del dolor o de la incertidumbre. Escribes con convicción, incluso con actitud petulante y redentora. Tú sí puedes. Te imaginas de cuerpo entero como lo que eres desde siempre en tu vanidad de hombre: un verdadero escritor. Escribes, destilas letras en forma de ideas o de acciones, pero al hacerlo, descubres lo que él ya había descubierto: que las palabras, que eran nítidas, son lejanas, ausentes o mezquinas. En tu libro tampoco hay lo que él sí sabe: el verdadero rostro de eso que llamamos vida.

2.
No encuentro belleza en el combate diario por el pan. Debería ser más sencillo, como abrir una ventana y contemplar el amanecer. Como sentarse a comer una manzana. Como el sentimiento de piedad con que me observo camino a la oficina.

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