Hace setenta años, la noche del 30 de octubre de 1938, los marcianos invadieron Nueva York y sus alrededores. Todo empezó a las ocho de la noche. El observatorio de Mount Jennings atestiguó varias explosiones de gas incandescente en Marte, que lanzaron contra la Tierra, como si se tratara de “un chorro de llamaradas azules disparadas por un arma”, gigantescos objetos envueltos en fuego. Uno cayó cerca de una granja. Los reporteros acudieron a cubrir la noticia y se encontraron con un curioso murmullo que provenía del interior de una especie de cilindro metálico. De pronto, la parte superior comenzó a desenroscarse como una tuerca. El comentarista de la CBS Radio narró lo sucedido:
“Algo está emergiendo de las sombras como una víbora gris. Y luego otra y otra más. Me parecen tentáculos. Ahora puedo ver el cuerpo. Es grande como un oso y brilla como cuero húmedo. Pero ese rostro es… algo indescriptible”.
Un pequeño reflejo de luz se formó en algo así como un espejo. ¡Un rayo pulverizador! La llamarada fue lanzada contra los reporteros, los policías, los curiosos.
“¡Dios mío!”, exclamó el locutor. “¡Los hombres se están desintegrando vivos!”.
Siete mil soldados fueron enviados a combatir ese extraño objeto y resultaron exterminados por la potente llamarada. Sólo 120 sobrevivieron. Más cilindros aparecieron por doquier, y de todos emergieron las mismas y terribles criaturas. La población comenzó a ser diezmada. “Ya no hay defensas. Nuestro ejército ha sido barrido”, informó otro locutor.
El pánico fue total. Las estaciones de policía no se daban abasto para responder los cientos de telefonemas que recibían. Hubo quien se guareció en sótanos y quien, debidamente pertrechado, esperó la llegada de los marcianos. Otros tomaron sus carros y trataron de huir de la ciudad. El New York Times del día siguiente señaló: “Muchos evacuaron sus casas por temor a los ataques con gas. Una ola de histeria colectiva se apoderó de los radioescuchas”.

Cinco segundos de estremecedor silencio
Fue el triunfo del Mercury Theater de la CBS pero sobre todo de un joven talento de escasos 23 años llamado Orson Welles. Su dramatización de la novela La guerra de los mundos, de H. G. Wells, causó terror entre los neoyorkinos. Se trata de un caso clásico del poder de los medios de comunicación para manipular a las masas. Hadley Cantril, uno de los primeros estudiosos del tema, calculó en seis millones el número de personas que escucharon el programa y en un millón que creyó que se trataba, en efecto, de una invasión marciana.
Para Cantril, el motivo del pánico masivo había que buscarlo en el clima de incertidumbre por el avance del nazismo en Europa. Un mes antes, el 30 de septiembre de 1930, se había firmado el Pacto de Munich, con el que Hitler legalizaba sus afanes expansionistas. La guerra se aproximaba, por lo que la radiotransmisión de Welles no hizo más que reflejar ese temor ante un posible ataque alemán.
Por supuesto, hay otros factores. En primer término habría que señalar la preeminencia de la radio sobre la televisión, que aún no hacía su entrada a los hogares.
También hay que tomar en cuenta el muy efectivo guión radiofónico escrito por la mancuerna Orson Welles-Howard Koch, en donde la novela de Wells fue adaptada a manera de boletín informativo. Esto le quitó el tono de ficción y le brindó una dimensión más verosímil. Los radioescuchas creyeron que se trataba, ciertamente, de un reporte noticioso. La invasión se mudó de Londres a Nueva York y la narración de los acontecimientos incluyeron detalles de lugares reales y de personas cuyos nombres se acercaban a los verdaderos.
Otro factor lo fue la magnífica dramatización con voces y efectos sonoros lograda en el estudio, por el equipo de actores y técnicos del Mercury Theater. Orson Welles dirigió de forma muy realista, otorgándole los titubeos, pausas, vacilaciones, que se necesitaba para dar veracidad a las interpretaciones. Él mismo participó como el anunciador del programa y como el famoso astrónomo Richard Pierson, quien al observar de cerca uno de los cilindros, dice: “Ya no sé qué creer. No cabe duda de que el envoltorio de metal es de origen extraterrestre”. A la mitad de la emisión, cuando los marcianos han llegado a Times Square, se incluyeron cinco segundos de estremecedor silencio, como si todo hubiera quedado destruido.
El factor más importante, sin embargo, se debió a un comportamiento muy característico del público televidente y radioescucha: el zapping, es decir el cambio de canales cuando aparece el comercial o cuando el programa está aburrido. El Mercury Theater no era lo que se dice una emisión popular. Apenas si alcanzaba el 3.6 por ciento de la audiencia de las ocho a las nueve de la noche. ¿Cómo explicar entonces que La guerra de los mundos provocara tal caos, al ser sintonizada por millones de personas? La respuesta la encontramos en el muy popular programa que a esa misma hora conducía el ventrílocuo Edgar Bergen y su muy gustado muñeco Charlie McCarthy: The Chase and Sanborn Show. Este programa, transmitido por la NBC, se robaba el gusto de los radioescuchas al contar con un rating de 34 por ciento. El 30 de octubre de 1938 no fue la excepción. Charlie McCarthy deleitaba a la audiencia con sus bromas. A las 8:12, sin embargo, la inclusión de un cantante poco atractivo permitió que las personas cambiaran de canal. Al sintoniza la CBS se encontraron con La guerra de los mundos. No pudieron escuchar la advertencia inicial de que se trataba de una adaptación radiofónica y muchos creyeron que el mundo había sido invadido.

Marcianos en Quito
Nueva York no fue el único sitio invadido por los marcianos. En Quito, Ecuador, el 12 de febrero de 1949, se transmitió una nueva versión dramatizada de La guerra de los mundos, que seguía el mismo formato de boletín informativo implantado por Welles, pero ambientado a la realidad y geografía ecuatorianas. Leonardo Páez, el director artístico de Radio Quito concibió tal idea. El engaño se montó con la presencia de Potolo Valencia y Gonzalo Benítez, el dueto más popular de cantantes de la época. El programa fue brevemente interrumpido para emitir una información acerca de una serie de extrañas explosiones que habían sido observadas en la superficie de Marte. Las interpretaciones musicales continuaron algunos momentos más hasta que, a mitad de la canción “El ponchito verde”, un locutor se apoderó del micrófono y comenzó a decir, notoriamente alarmado y nervioso: “Nos invaden los marcianos, nos invaden”.
La transmisión incluyó descripciones acerca de la forma como los invasores extraterrestres se habían apoderado del campo de aterrizaje de Cotocollao, de cómo un platillo volador había sido avistado en las Galápagos y de cómo Latacunga había sido exterminada. El programa contó con supuestos en laces a agencias noticiosas internacionales y con Radio Cochabamba y Radio Zenit de Guayaquil.
Al cabo de algunos minutos, cundió el pánico entre los pobladores de Quito. Las iglesias comenzaron a llenarse y un gobernador dispuso que sus tropas se pusieran en alerta para atacar a los invasores. Muchos concurrieron a las instalaciones de Radio Quito, temerosos y preocupados. Al darse cuenta que se trataba de un engaño, su enojo fue mayúsculo. Terminaron por prenderle fuego al edificio, que también albergaba a los diarios El Comercio y Últimas Noticias. El saldo: ocho personas muertas y la decisión gubernamental de cerrar la estación de radio.

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