Los desnudos y los muertos
Es, sin duda, su mejor novela. Tenía 26 años cuando la publicó. Enorme, polifónica, cruda, realista a su manera, el escenario de la guerra en el Pacífico le sirvió para comenzar a delinear la dicotomía esencial que caracterizaría a su obra. El bien y el mal en lucha constante. En este caso, Hearn, el soldado intelectual, honesto y puro, enfrentado al general Cummings, endiosado, aristocrático y prepotente. Un combate de egos en la isla de Anopopei, frente al monte Anaka. Uno, liberal (le gusta Odets), el otro, fascista: “El concepto de fascismo es mucho más sabio que el concepto de comunismo, si piensas un poco, puesto que está arraigado profundamente en la naturaleza real de los hombres; tuvo la desgracia de iniciarse en un país inapropiado”. A Cummings le gusta hacer sentir inferiores a sus subalternos. Su idea del ejército es la siguiente: “nunca funciona mejor que cuando cada hombre tiene miedo del que está arriba y desprecia al que está abajo”. La guerra, lo sabe, es por abrir mercados, no por ideas como la libertad o la democracia. “No sabes interpretar la historia si crees que esta guerra es una gran revolución. Es una concentración de poder”. Los japoneses son una presencia casi inexistente. O no los pueden ver porque el ataque es nocturno, o están muertos con “un gran agujero en los intestinos, que surgían en una espesa formación blanca, como los tumefactos pétalos de una flor marina”, o se leen a través del diario de Ishimara o son disparos certeros que van diezmando a los protagonistas de una misión de reconocimiento. Lo importante para Mailer no es la guerra contra los japoneses sino la guerra que se da en el alma norteamericana. Racismo, sexo, ignorancia, prepotencia, miedo ante la muerte, arbitrariedades del poder, desigualdad social y cultural, como ingredientes de un microcosmos exitoso pero atroz. Me gusta la descripción de los cañones que son llevados a través de la selva, la naturaleza despiadada del sargento Croft, la muerte de Toglio debido a un disparo de mortero, el jodejaponeses Martínez (“mexicano o no, no hay nadie mejor”), la descarada misoginia de los soldados: “No se puede confiar en ninguna cuando tus ojos no la ven”. O “se podría esperar que una mujer tuviera la decencia de no abrirse de piernas, pero no, en cuanto acercas la llama son como de cera”. Todos ellos, en el frente, temen que sus mujeres les pongan los cuernos, en retaguardia. La muerte de Hearn, por inútil, es más que simbólica. Mailer no moraliza: muestra. Desnuda. Diseca. No hay página que sobre ni desperdiciada. “¡Genial!”, como se lee al final de esta novela.

El yo como novela
En 1959 Mailer anunció su propósito de “conectar el batazo más largo que se haya dado en el acelerado huracán de las letras norteamericanas”. Lo hizo en Advertisements for Myself, un libro donde afloraba su ego inmenso. Se autoproclamaba el mejor de todos y aseguraba que escribiría “una novela que tanto Dostoievsky como Marx, Joyce y Freud; Stendhal, Tolstoi, Proust y Spengler, lo mismo que Faulkner y aún el viejo de Hemingway llegaran a leer, por contener aquello que les hubiera gustado decir en otra parte”. El yo como novela. Sucedió, sin embargo, que tras el éxito de Los desnudos y los muertos (1948), el novelista declinó en su vigor narrativo. Su intención de escribir la Gran Novela Norteamericana dio como resultado obras menores: Un sueño norteamericano (1965) y ¿Por qué estamos en Vietnam? (1967), experimentales y poco aclamadas. En 1965 Truman Capote le brinda la tan esperada inspiración. Aparece A sangre fría, con el que se reinaugura un género denominado como novela de no ficción. Mailer, que venía probando nuevas formas de expresión en sus anteriores novelas, no se queda atrás. En 1968 publica Los ejércitos de la noche, con el que a su vez reinaugura un género al que denomina historia como novela, novela como historia. En esta gran crónica sobre una manifestación antibélica ocurrida en Washington en octubre de 1967, Mailer es el protagonista. “Lo que ha sido verdadero para mí puede ser verdadero para muchos de ustedes”, dice. Ha venido buscando un héroe en la imagen del presidente Kennedy, en el hipster de El negro blanco o en un personaje como Stephen Rojack de Un sueño norteamericano, antes de concluir que el más viable de los héroes que tanto buscaba se encontraba en sí mismo. El libro, a la distancia, es malo. No alcanza las profundidades humanas y descriptivas de Capote, por más que refleje esa lucha moral entre el bien y el mal: el Pentágono como demonio, el movimiento antiguerra de Vietnam como celestial. Rescato el uso del yo como soporte de la crónica. La subjetividad como soporte de la objetividad. Es más periodismo que novela, sin duda, pero están aquí las herramientas de lo que terminó en llamarse Nuevo Periodismo, el uso de técnicas de ficción aplicadas a reflejar la realidad –el diálogo, la descripción, la narración escena por escena, la cuestión simbólica, etc.-, que tanto aire fresco le brindaron a lo periodístico. En sus páginas Mailer se representa como lo que es: un ego mayúsculo. “Hay días en que pienso de mí como el mejor escritor de Norteamérica”, como le dice al poeta Robert Lowell. No estoy seguro si alguna vez lo consiguió, pero Mailer trató por todos los medios de lograrlo. Lo hizo con ahínco y disciplina. Aunque renegara del periodismo (“es el deber, la rutina”; “obviamente es menos interesante que escribir una novela”), escribió excelentes crónicas sobre las convenciones de republicanos y demócratas, sobre la carrera espacial y, por supuesto, sobre la épica pelea entre Mohamed Alí y George Foreman en Kinshasa, Zaire, en 1975. El boxeo como novela, la novela como boxeo. Lo publicó en Playboy, en sus números de mayo y junio. Entre reportajes gráficos sobre camisetas sexys, sobre el sexo en el cine francés y con fotos jalándose los vellos del pubis de la bella Marilyn Lange, Playmate of the Year, Mailer crónico el encuentro entre dos grandes del boxeo. Siguió a Alí desde su campo de entrenamiento en Deer Lake, Pennsylvania, le vio escribir y recitar sus propios poemas (“para Alí, componer unas pocas palabras de real poesía se equipararía a un intelectual tratando de tirar un buen golpe”), le escuchó decir que Foreman nunca lo noquearía: “no sabe pegar. Derrumbó seis veces a Frazier y nunca lo noqueó”, y viajó con él al antiguo Congo para presenciar, como señalaba un anuncio: UNA PELEA ENTRE DOS NEGROS EN UNA NACIÓN NEGRA, ORGANIZADA POR NEGROS Y VISTA POR EL MUNDO ENTERO: UNA VICTORIA DEL MOBUTISMO (en referencia a Mobutu, el hombre fuerte de Zaire). Se torna lírico cuando de hablar de Foreman se trata: “Foreman está en comunión con una musa. Y también es profunda, pariente lejana de la belleza, la musa de la violencia en toda su complejidad. El primer deseo de la musa de la violencia podría ser permanecer serena”. Foreman recibe de Mobutu un cachorro de león, “aunque está tan grande que ya no puede ser considerado un cachorro. Es un verdadero león”. El entrevistador -así se autodenomina Mailer- ofrece sus acostumbradas dotes de narrador y sus infaltables dosis de ego para ofrecer un texto que algo tiene de El corazón en las tinieblas y El negro blanco. No pudo resistirse a la tentación de escribir su propia versión de A sangre fría. Me refiero a La canción del verdugo (1979), intensa, egocéntrica, formidable, egoísta, extensa, con todos los ingredientes del best-seller.

El Gran Chiste Norteamericano
Noviembre de 1981. Seattle. Ahí está Norman Mailer. El yo convertido en literatura. El ego más grande de la novela norteamericana. El que se lió a golpes en un programa televisivo en vivo con Gore Vidal, el que apuñaló a su esposa, el que quiso ser alcalde de Nueva York, el hombre duro que no baila y el que expresó su credo antifeminista en Prisionero del sexo (“la primera responsabilidad de la mujer es permanecer en la tierra el tiempo suficiente como para encontrar al mejor compañero para ella y concebir a los hijos que mejorarán la especie”). Sonríe y cuenta chistes bobos. “Me doy cuenta que envejezco porque antes quería escribir la Gran Novela Norteamericana y ahora sólo quiero contar el Gran Chiste Norteamericano”, dice. Sostiene un ejemplar de El fantasma de Harlot, su novela sobre la CIA. Canoso, con traje sport sin corbata, mediana estatura, Mailer piensa que podría haber sido un buen agente de la CIA: “tendría problemas ideológicos con ese trabajo, lo que me haría estar mitad feliz y mitad miserable. Es decir, justamente como mi vida lo es ahora”. Tiene 68 años. Ya no es el escritor rijoso. Dice: “La ira está ahora tan en el fondo que es casi confortable (…). El mundo no es lo que yo quise que fuera, pero nadie ha dicho que tengo el derecho de cambiarlo”. Esboza su teoría acerca de Deepthroat, el misterioso informante de Watergate: “Hay quien dice que fue Alexander Haig. Para mí fue Alice Majors, la editora de Woodward y Bernstein. Estoy seguro que les dijo que había muchos cabos sueltos, fuentes sin identificar, y que les sugirió atribuirlo todo a una sola fuente que pudiera convertirse en un gran personaje”. El fantasma de Harlot tiene dos portadas diferentes, una azul y una roja, pesa cerca de kilo y medio, tiene más de mil páginas y advierte, al final: “Continuará”. Me acerco y le doy mi ejemplar. “Cheers”, escribe y pone su firma. Le pido una entrevista. Está cansado y se niega. “La próxima vez, sí. Recuérdeme: me debe una entrevista. Siempre cumplo con mis deudas y mis promesas”. Nunca más volví a verlo.

Adiós al indudable maestro
El castillo en el bosque, fue su última novela. De nuevo el enfrentamiento entre el bien y el mal. Para él, Dios y el Diablo existen. También Bush, al que tanto criticó. Fue un gran crítico del poder. Nadie como él para ahondar en lo norteamericano. Se dio el lujo de escribir acerca de Marilyn Monroe y de Picasso, lo mismo que de Lee Harvey Oswald, una versión muy personal de los evangelios y una novela de ciencia ficción ambientada en el antiguo Egipto: Noches de antaño. Fue un grande, un polemista singular, un macho hemingwayano, un obsceno, un ególatra, un irreverente, un indudable maestro, un semi-dios que sabía usar los guantes y la pluma. Al enterarme de su muerte recordé un hermoso pasaje de Los desnudos y los muertos. Proviene del diario de un oficial japonés al que le han quitado sus pertenencias tras morir en combate. Escribió Mailer:
“Pienso, he nacido y muero. He nacido, vivo y voy a morir, creo que esta noche (…). Voy a morir, he nacido y muero. Me pregunto: ¿por qué? He nacido y voy a morir: ¿por qué, por qué? ¿Qué sentido tiene?”.

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