Oct
21
“Soy lo suficientemente feo y lo suficientemente bajo como para triunfar por mí mismo”, ha dicho Woody Allen.
Como en todo sentido del humor que se respete, sus frases son inteligentes, irónicas y certeras. Dan en el blanco de nuestros prejuicios, de nuestros límites y de nuestras carencias. Nos sitúa en la burla perpetua de nuestra inferioridad y en la crítica constante de quienes se sienten con ínfulas superiores. Su vida y su obra nos parecen casi indisolubles. Nadie como él puede ofrecer una broma cruel con respecto a su infancia, y hacerla sentir como verosímil: “Mis padres no acostumbraban pegarme. Lo hicieron una sola vez, empezaron en febrero de 1940 y terminaron en mayo de 1943”.
O sobre su propia y en apariencia frustrada sexualidad: “La última vez que estuve dentro de una mujer fue cuando visité la Estatua de la Libertad”.
Nadie como él, tampoco, tan judío, como para bromear con un tema por demás sensible: “Cuando escucho a Wagner durante más de media hora, me dan ganas de invadir Polonia”.
La risa como antídoto a nuestras desgracias. Nos lo hace saber en Manhattan. Allen ve una película de los hermanos Marx. Fiel al espíritu anarco-cómico-surrealista de Groucho y compañía, todo desemboca en un final por completo hilarante pero sin sentido. No hay una lógica verdadera en su forma de hacer reír. Son gags que se suceden uno tras otro, divertidos, sí, pero por completo desatinados. La vida es así, reflexiona Allen, absurda e insensata, ¡pero hay que reírse!
Esta noción existencial está en el centro de sus libros y películas. Es Ingmar Bergman y Mack Sennet al mismo tiempo; las enseñanzas de un Freud o un Camus interpretados por el Gordo y el Flaco o los Keystone Cops; el Kinsey Report al estilo de Bob Hope y Danny Kaye.
“No creo en una vida posterior, pero, por si acaso, me he cambiado de ropa interior”, escribe, o “No es que tenga miedo a morirme, es tan solo que no quiero estar allí cuando suceda”.
Nuestra mortalidad y sexualidad como únicos parámetros: “La diferencia entre la muerte y el sexo es que la muerte es algo que puede hacer uno solo y sin que nadie se ría después de ti”.
Es Gershwin, el diván del psicoanalista, su tirria a los vendedores de seguros, Joe DiMaggio, el segundo movimiento de la sinfonía Júpiter, el affaire con su hija adoptiva y su aire entre nervioso, frágil, deprimido e inepto.
¿Por qué nos gusta Woody Allen? Porque es el bufón que se acuesta con la reina. Tan feo y miren sus parejas fílmicas: Mariel Hemingway, Scarlett Johansson, Elizabeth Shue, Amanda Peet, entre otras. Es el Humphrey Bogart debilucho que nos recuerda: sí se puede. Es el no apto que triunfa. Es el no afortunado que recibe los aplausos. Es el verbo que mata carita. Ha sido James Bond (en Casino Royale) y se ha dado el lujo de quedarse a tocar el clarinete en lugar de recoger su Óscar por Annie Hall.
En Stardust Memories recuerdo un diálogo en particular:
-¿Por qué es usted tan narcisista? -lo cuestiona un reportero.
-Hay muchos personajes mitológicos con los que me podría comparar, pero no con Narciso.
-¿Entonces, con quién?
-Con Zeus.
Ése es Woody Allen. El triunfo pírrico del psicoanálisis. El buen amante que practica mucho a solas. El que fue reprobado en el examen de metafísica por copiar en el alma de un compañero. Aquel cuyo cerebro es su segundo órgano favorito. El que cobra 45 dólares de cover por escucharlo tocar los lunes con su banda de jazz en el Carlylel. El genio disfrazado de torpe y de feo.

