El Che Guevara le regaló su libro La guerra de guerrillas con una elocuente dedicatoria: “A Salvador Allende, que intenta obtener la misma cosa por distintos medios”. Esa misma cosa era la revolución socialista. No a través de un alzamiento armado sino por medios pacíficos y democráticos. Buscaba un Chile “en primavera y en fiesta”. Era un hombre de paz al que mataron “en una guerra turbia” (Benedetti). Corrió la misma suerte de Gandhi y Luther King, y del presidente José Manuel Balmaceda, obligado al suicidio en 1891 por el levantamiento armado de la oligarquía, opuesta a la nacionalización del salitre. Pablo Neruda, en su Canto General, dijo de Balmaceda lo que bien podría haber dicho de Allende: “Él soñó un sueño preciso/ quiso cambiar el desgarrado/ paisaje, el cuerpo consumido/ del pueblo, quiso defenderlo”. Cien años y mil sueños es, precisamente, el lema de la campaña conmemorativa del centenario del nacimiento de Salvador Allende, “hombre de la hombredad”, según María Luisa Mendoza, “hombre de cara entera, de cara al sol, limpio, abierto, expuesto”, como lo llamara Elena Poniatowska.

Amar la vida y conocer las causas de la muerte
Salvador Allende Gossens nació en Valparaíso el 26 de junio de 1908. Su abuelo fundó la primera escuela laica en Chile y su padre perteneció al Partido Radical. Fue el anarquista Juan Demarchi quien le enseñó los principios del marxismo. En 1926 ingresó a la escuela de medicina, en Santiago, donde destaca por su activismo político. Se convierte en Vicepresidente de la Federación de Estudiantes de Chile y organiza reuniones para discutir cuestiones marxistas. Su tesis denota muy bien sus preocupaciones: Higiene mental y delincuencia. Se opuso a la dictadura de Carlos Ibáñez. “Fui expulsado de la Universidad, arrestado y juzgado, antes de ser médico, por tres cortes marciales”. Concurso de oposición al que se presentaba -incluso como candidato único-, y siempre le era negada la plaza de médico. “En Valparaíso tuve que trabajar duramente en el único puesto que pude desempeñar: Asistente de Anatomía Patológica. Con estas manos he hecho mil quinientas autopsias. Sé que quiere decir amar la vida y sé cuáles son las causas de la muerte”.
El 4 de junio de 1932 Marmaduke Grove instaura una República Socialista, de existencia efímera. Catorce días después el levantamiento es aplastado y Salvador Allende es encarcelado, al considerársele un “peligroso agitador”. Su padre muere mientras se encuentra en prisión. Se le concede un permiso de dos horas para despedirse y jura ante su cadáver dedicarse a la lucha por la libertad de Chile.
El 19 de abril de 1933 Allende participa en la fundación del Partido Socialista de Chile y en 1939 se integra al Frente Popular que lleva a la presidencia a Pedro Aguirre Cerda, quien lo nombra Ministro de Salubridad. Para 1940 se casa con Hortensia Bussi, doña Tencha, a la que conocería la noche del terremoto de Chillán. Desde esa época comienza a vislumbrar una tercera vía para la implantación del socialismo en Chile: la transición democrática. Funda el Frente del Pueblo, con el que busca alianzas entre los grandes partidos de izquierda, y se lanza a la búsqueda de la presidencia. Tres veces lo intentó y tres veces fue derrotado, en 1952, 1958 y 1964, ya sea por falta de apoyo popular o por triquiñuelas electorales. “No perdí, gané tres veces antes, gané experiencia, gané conocimiento”, le dijo a Jacobo Zabludovsky. “Me di cuenta de la tenacidad del pueblo y la obligación de un político a ser leal a su conciencia y a la voluntad popular. Así que gané”.

Sólo podrán sacarme muerto
El tres de noviembre de 1970 Salvador Allende logra lo que parecía imposible: convertirse en el primer presidente socialista democráticamente electo. Afirmó: “Sin precedentes en el mundo, Chile acaba de dar una prueba extraordinaria de desarrollo político, haciendo posible que un movimiento anticapitalista asuma el poder por el libre ejercicio de los derechos ciudadanos”. Tenía claro que la pobreza, el hambre, la desigualdad social y la marginación que sufrían los países del tercer mundo persistían porque eran lucrativos para unos cuantos privilegiados. Pidió “crear una sociedad en que los hombres puedan satisfacer sus necesidades materiales y espirituales, sin que ello signifique la explotación de otros hombres”. Se cuidó de decir que su gobierno era marxista pero sus acciones tendían a demostrar lo contrario. La nacionalización de la industria del cobre (“el cobre es el sueldo de Chile”, llegó a decir) y la afectación de muchos intereses privados, motivaron el recelo de la oligarquía local y de la Casa Blanca. Lo que era un secreto a voces hoy se sabe con toda exactitud: la intervención de la CIA en la caída del régimen de Allende. Kissinger, en sus memorias, recuerda cómo Nixon pidió exprimir la economía chilena “hasta que gritase”. La posibilidad de que la teoría del dominó cundiera en Latinoamérica, con el ejemplo de un socialismo democrático exitoso, asustaba a Norteamérica. Corporaciones como la Kennecot, la ITT, y agrupaciones como “Patria y Libertad”, de corte fascista, además del papel de la alta burguesía y de la Iglesia católica, contribuyeron a desestabilizar al país, a “atornillar al revés”, como dirían los chilenos. La huelga de transportistas en octubre de 1972 marca la debacle. La población quedó sin suministros de alimentos y los precios se dispararon. Para 1973 las presiones económicas cumplían su cometido. Había desilusión y descontento. La inflación alcanzaba el 200 por ciento, había un gran desabasto de productos, escaseaba la gasolina, no había manera de pagar los 500 millones de dólares de intereses de la deuda externa y comenzaban a producirse actos de sabotaje. Los militares adeptos a Allende recibieron plumas blancas en señal de traición. En junio de 1973 se frustró un golpe de Estado conocido como El tanquetazo.
“Todas las infamias nos acechan pero tenemos un pueblo de pie y vigilante”. Eso creía Allende. A la hora de la hora ese pueblo calló ante el tronar de los fusiles y los cañones de las tanquetas. Él mismo, desde 1971, en una entrevista con Regis Debray, intuyó su destino: “En el caso de Chile, si me asesinan, el pueblo seguirá su ruta”. El once de septiembre –ese otro infame once de septiembre- de 1973, el sueño de una revolución socialista de “empanada y vino tinto” terminó. A las 8:30 de la mañana Augusto Pinochet le pidió rendirse. “Yo no hago tratos con traidores”, fue la respuesta. “No me rindo. Esa es una postura para los cobardes como ustedes”, le contestó más tarde al Almirante Merino. Atrincherado en el palacio de La Moneda con apenas unos cuantos leales a su causa, Allende esperó el ataque cubierto con un casco militar y armado con un fusil AK-47. “De acá sólo podrán sacarme muerto”, dijo.

Crimen de la canalla
Allende fue un hombre congruente con su vida y con sus ideas. Su no rendirse ante la Junta Militar da cuenta, más que de estúpida terquedad, de idealismo supremo. En México su muerte caló hondo. “Crimen de la canalla, castrense lugar común”, dijo la China Mendoza. “Que el cruel asesinato del noble líder Salvador Allende arda con nosotros como rencor, reflexión y trabajo en contra de sus verdugos”, pidió Ricardo Garibay. La represión por parte de la Junta Militar no se hizo esperar. México, a través del embajador Martínez Corbalá, recibió a miles de asilados que huían del gorilato y la barbarie. Pinochet quedó con su “blindada soledad para matar al hombre que era un pueblo” (Benedetti) y Allende con ese otro sueño fundamental y digno, expresado poco antes de su muerte: “Otros hombres superarán este momento gris y amargo donde pretende imponerse la reacción. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”.

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