En el principio, Rosa Parks. Mujer, negra, valiente. Tuvo la osadía de desafiar la injusta regla que obligaba a los negros a ceder los asientos de autobús a los blancos. La fecha: el primero de diciembre de 1955. Fue llevada a la cárcel. Su acto, individual, se convirtió en colectivo. El boicot contra el sistema de transporte público, al que Martín Luther King llamó un “acto de no cooperación masiva”, desembocó en el inicio de recuperación del orgullo de una comunidad largamente oprimida. Era “más honorable andar a pie por las calles con dignidad, que subir a los autobuses con humillación”, dijo el reverendo desde su púlpito en la Iglesia Bautista de la calle Dexter en Montgomery, Alabama. Fue el comienzo de un sueño. Lo grabó de forma indeleble en la historia en su famoso discurso de 1963, en Washington: “Yo tengo el sueño de que un día (…) los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos podrán sentarse juntos a la mesa de la hermandad”.
No fue fácil. Un siglo antes se había abolido la esclavitud en las leyes pero no en las mentalidades. Le costó la vida a Lincoln y a centenares de jóvenes negros ajusticiados a lo largo del tiempo por el Ku Klux Klan, es decir por la intolerancia y la ignorancia. La segregación racial alcanzó proporciones escandalosas. El supremacismo blanco era altanero y violento. Ser negro en Estados Unidos conllevaba la carga del desdén y la marginación. “El tormento del negro”, dijo King, “es sentir su pobreza en medio de un mundo que nada en la opulencia”. Era el hombre invisible, como en la novela de Ralph Ellison. “Llega un momento en que todo padre debe explicarle a su hijo lo que es la vida, pero en los negros ese momento llega cuando hay que explicarle a su propio hijo la razón del por qué se le segrega”. La prohibición de entrada a los negros a teatros, restaurantes y parques públicos, la obligación de abordar los autobuses por la puerta trasera, la separación de servicios para personas de un color o de otro, la negativa de acceso a empleos bien remunerados y a centros de enseñanza superior, eran expresiones burdas de un conservadurismo ramplón pero fuerte, enraizado en los prejuicios y miedos del sur profundo.
La segregación, se sabe, es pariente cercana de la esclavitud. Martín Luther King la consideraba inexplicable racionalmente, absurda económicamente e injustificable moralmente. Le sorprendía la paradoja de una comunidad blanca cristiana que los domingos, a la hora de la misa, predicaba el amor al prójimo, y a lo largo de la semana despreciaba o golpeaba a sus semejantes, por el sólo hecho de no tener su mismo color. El blanco segrega “con igual rigidez en la casa del Señor que en el teatro”. Reclamó con viva oratoria la congruencia religiosa, económica y política. “Si Estados Unidos desea seguir siendo una nación de primer orden, no puede tener ciudadanías de segunda clase”.

La no-violencia
El boicot culminó, el 13 de noviembre de 1956, con la declaración de ilegalidad de la segregación en el transporte público. Fue una concesión económica, más que política. Era eso o ir a la quiebra por falta de pasaje. Luther King fue de los primeros en subirse y atestiguó la actitud de los pasajeros blancos. Un anciano se quedó de pie todo el tiempo. “Antes moriría e iría al infierno que sentarme detrás de un negro”, dijo. Una mujer, cuando se dio cuenta de quién se encontraba a su lado, cambió de asiento y preguntó: “¿Qué es lo próximo que van a hacer estos negros?”.
Los prejuicios seguían ahí. También la violencia. Muchos de los autobuses fueron baleados o apedreados y sus pasajeros negros apaleados por el Ku Klux Klan. Tres iglesias negras fueron objeto de ataques con bombas, lo mismo que la casa de Luther King. Los responsables, al ser detenidos, aceptaron su culpabilidad, pero fueron declarados inocentes por un tribunal blanco. La comunidad negra estaba furiosa, harta de esas vejaciones. “Hemos tolerado la aplicación diferenciada del derecho, que consiste en decir que la vida de un hombre es sagrada, siempre y cuando sus puntos de vista coincidan con los nuestros”, como declaró el reverendo. Era la época de la intolerancia y el odio racial. Unos odiaban porque eran los victimarios, otros odiaban porque eran las víctimas. El conflicto pudo haber dado un giro armado y sangriento, de haber tenido éxito la propuesta violenta de Malcolm X o las Panteras Negras. El genio de Martín Luther King radica en haber predicado lo contrario: responder a la violencia con la no-violencia. Sus maestros fueron Gandhi y su Satyagraha, o transformación social por medio del amor, y Cristo, con su mensaje de paz, amor, hermandad, sacrificio, esperanza y redención.
“Pronto me di cuenta de que la doctrina del amor cristiano, operando a través del método de Gandhi de la no-violencia”, escribió King en su libro Los viajeros de la libertad (1958), “era una de las más potentes armas de que disponían los negros en su lucha por la libertad”.
La no-violencia buscaba “desarrollar un sentido de vergüenza en el oponente y efectuar un cambio en su corazón”. Martín Luther King acostumbraba citar a Booker T. Washington: “No permitas que ningún hombre te haga caer tan bajo como para que lo odies”. Era la doctrina de poner la otra mejilla, de bendecir a los que los maldecían, de convencer más que coaccionar, de ponerle fin a la ley del talión. “Es una valerosa confrontación de la maldad por el poder del amor”. A la fuerza física de los blancos le opondría la fuerza espiritual de los negros. “Buscamos una integración basada en el respeto mutuo”, porque, “si nos olvidamos de obrar de esta forma, nuestra protesta finalizará como un drama sin motivo en las páginas de la historia”.

Tengo un sueño
Otro de sus maestros fue Thoreau y su desobediencia civil. La comunidad negra comenzó a ocupar espacios en lugares públicos donde no se permitía su presencia. Se multiplicaron las marchas y las protestas. También los sit-ins, que consistían en que negros entraran a sentarse diariamente a restaurantes donde se daba la segregación, o a permanecer sentados en actitud pasiva en el pavimento, cuando la policía les ordenara desalojar la calle. Las consignas eran dos, básicamente: fin a la segregación racial y acceso al voto para los negros. El establishment actuó. Las fuerzas del orden encarcelaron y golpearon a muchos. En octubre de 1960 el propio King fue condenado a seis meses de trabajos forzados. Sólo la oportuna intervención de los hermanos Kennedy pudo salvarlo. Fue la etapa más dura del movimiento en pro de los derechos civiles. La Norteamérica wasp se defendía con el uso de la fuerza pública. En 1962 George Wallace se proclamó gobernador de Alabama con un lema que era como un garrote: “Segregación para siempre”. El tres de mayo, en Birmingham, se reprimió una manifestación con perros entrenados, macanazos y chorros de agua a presión, que atacaron lo mismo a jóvenes que a niños y señoras. Para el 15 de septiembre, cuatro niñas morían por una bomba incendiaria lanzada al interior de una iglesia. El odio y la violencia crecían, así como el mensaje del contra la injusticia y a favor de la concordia de Martín Luther King.
Para 1963, el activismo en pro de los derechos civiles pareció dar sus primeros frutos. Más de un cuarto de millón de personas –setenta y cinco mil de ellas blancas- marcharon en Washington en apoyo a la causa de la no segregación y el respeto a las garantías de todos los ciudadanos estadounidenses, en particular de los negros. El 28 de agosto, en coincidencia con el centenario de la emancipación negra en Norteamérica, King pronunció su más importante discurso. Lo hizo teniendo como marco el monumento a Lincoln:
“Yo tengo el sueño de que mis cuatro hijos vivirán un día en una nación en la que no serán juzgados por el color de su piel, sino por el contenido de su personalidad”.
El reverendo contaba apenas con treinta y cuatro años de edad.
“Cuando dejemos que la libertad resuene (…) podremos acelerar la llegada del día en que todos los hijos de Dios, blancos y negros, judíos y gentiles, protestantes y católicos, podamos estrecharnos las manos y cantar con las palabras del viejo espiritual negro: ‘¡Libres al fin! ¡Libres al fin! ¡Gran Dios Todopoderoso, al fin somos libres!’”.

La campaña de los pobres
El asesinato de John F. Kennedy, el 22 de noviembre de 1963, fue un duro golpe para la moral estadounidense. Demostró que la violencia alcanzaba también a los blancos. King, al enterarse del deceso del mandatario, pronosticó su propia muerte: “Esto me sucederá a mí también”, y diagnosticó: “Esta sociedad está enferma”. El crimen aceleró la Ley de Derechos Civiles, promulgada el 4 de julio de 1964 por Lyndon B. Johnson. Fue un triunfo de la razón y de la más elemental de las justicias. La Academia Sueca reconoció el esfuerzo de King en la consecución de este logro, al otorgarle ese mismo año el Premio Nobel de la Paz. “Me niego a aceptar la idea de que la humanidad esté tan trágicamente ligada a la noche oscura del racismo y de la guerra que nunca pueda llegar a ser realidad la radiante luz de la paz y la hermandad”, como dijo en Oslo, en su discurso de aceptación del galardón. A su regreso a Estados Unidos lo mismo fue vitoreado que enviado a la cárcel. Esto último por cortesía del gobernador de Alabama. El cargo: actividades subversivas. La represión continuó. Una marcha de Selma a Montgomery fue brutalmente disuelta por la policía. “Gas lacrimógeno, porras, jinetes blandiendo látigos como los infames cosacos rusos del zar y agentes utilizando bastones eléctricos para ganado, persiguiendo a hombres mujeres y niños”, como lo atestiguó Coretta King, la esposa del reverendo.
El 6 de agosto de 1965 se promulgó la Ley de Derecho al Voto. King, sin embargo, no se dio por satisfecho. Se percató que la apertura democrática no podía tener éxito si no se resolvían las penurias económicas de la comunidad negra. Fue una época de redefinición política. King se afianzó en sus principios pero radicalizó aún más su postura. Criticó abiertamente la indiferencia y pasividad de muchas organizaciones sociales, incluidas las religiosas. “Cualquier religión que se preocupe por los hombres y deje de preocuparse por las condiciones sociales que corrompen y las condiciones económicas que paralizan el alma, es una religión inactiva, falta de sangre”. Atacó a las compañías de bienes raíces, que cobraban más renta a los negros que a los blancos. Se manifestó en contra de los prejuicios en torno a los matrimonios interraciales: “se casan personas, no razas”. Se opuso a la guerra de Vietnam. Le sorprendía “la cruel ironía de ver (…) a los jóvenes negros y a los jóvenes blancos luchar, matar y morir codo a codo en nombre de una nación que no ha sido capaz de dejarlos estudiar codo a codo en las mismas escuelas”.
A partir de 1967 organizó la “Campaña de los Pobres”, en contra de la marginación social no sólo de los negros sino de otras comunidades, como la indígena y la latina. Quiso formar un frente común contra la discriminación y la pobreza, que abarcara distintos sectores de la población norteamericana, incluidos los obreros de raza blanca. Su discurso se hizo más radical. Tras la violenta represión policíaca de una marcha en Memphis, el 28 de marzo de 1968, declaró: “Esta no es una guerra de razas, es ya una guerra de clases”.

Si puedo traer salvación
King fue acusado de comunista. Su muerte es consecuencia de este epíteto. Él mismo sabía que estaba en peligro. “En la vida de los adalides de los derechos civiles, el silbido de la bala alevosa, el estampido de la bomba, han roto demasiadas veces el silencio de la noche”. Se había salvado de atentados. En 1958 una mujer negra lo apuñaló en la garganta. Su carro fue baleado, su casa bombardeada. El 4 de abril de 1968, mientras se asomaba en la terraza de un hotel en Memphis, fue tiroteado por James Earl Ray, un exconvicto de raza blanca. Se detuvo al supuesto autor material pero, al igual que en los casos de los hermanos Kennedy, quedaron libres los autores intelectuales. El reverendo murió el jueves de Semana Santa, a los treinta y nueve años. “¿Cuántos hombres deben morir antes de que podamos tener una sociedad libre, auténtica, pacífica?”, preguntó Coretta King en la ceremonia fúnebre.
El legado de King continúa. Si bien es cierto que las cárceles estadounidenses están llenas de negros, también lo es que hay un candidato negro con posibilidades de llegar a la Casa Blanca. El reverendo allanó el camino. Él hizo la diferencia. Lo entrevió en su último discurso: “Si puedo ayudar a alguien durante mi paso por la vida (…), si puedo mostrar a alguien que está en el camino equivocado (…), si puedo traer salvación a un mundo descarriado (…), si puedo difundir el mensaje enseñado por el maestro, entonces mi vida no habría sido en vano”.

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