Feb
27
(FRAGMENTO DE NOVELA)
Por Mauricio Carrera
“En el principio había sido el Caos, mas de pronto aquel lacerante sortilegio se disipó y la vida se hizo. La atroz vida humana”.
Pepe lo leyó en voz alta. Estaba, de nuevo, borracho. Parecía una prédica de cura más que la lectura de una novela. Algo tenía de santo así, de profeta, de loco de pueblo, de vendedor de estampas religiosas. Así también entonaba la Internacional: “Arriba los pobres del mundo, de pie los esclavos sin pan”, como si lo cantara en una iglesia a mitad de la misa. Un cura rojo. A él parecía pertenecer la expresión. “La esencia del dogmático es la misma”, decía, “no importa si es católico o marxista. Buscan borrar la miseria y el pecado, la enfermedad y la suciedad. Imponen. Enajenan. Traicionan al hombre y a la dialéctica”. Los despreciaba, aunque se sonreía a sus anchas en su bienestar etílico: “Son más papistas que Marx y más marxistas que el Papa”. Estaba contento. Si había una razón, ésta era llana y simple: escribía. Le bastaba tomar la pluma y pergeñar ideas, escenas, frases, descripciones, críticas, en un papel o donde fuera, para sentirse bien. O mejor, como afirmaba con firmeza de borracho: poderoso. Acababa de comprarse a plazos una underwood. Lo hizo con lo que recibió por el guión de El mexicano. Pagó deudas y contrajo otras. Qué importaba. Se dedicaría a escribir lo suyo, no lo de los demás. Novelas, obras de teatro, ensayos, guiones. El cine le gustaba. Pero el cine influenciado por las propuestas soviéticas: “Hay que conmover al público, no sólo mediante la interpretación psicológica de los actores sino también por los medios de creación propios del montaje. Interpretación y montaje, son la expresión concreta, en la pantalla, de los principios generales de la dialéctica”. ¡Dialéctica! Qué palabrita aquélla. Pepe, en sus borracheras, la repetía sin cesar. Imaginaba una novela dialéctica. “Una obra donde los personajes y la trama se definan por sus contradicciones, no por sus dogmas. Hay que dejar de definir la historia como un juzgado”. Escribía una obra así. El ancla terrenal, presumía el título. Otra vez el bien y el mal, la culpa y el pecado, el día y la noche, la tierra y el cielo, la salvación por adentrarse en la vida y la condenación por el sólo hecho de estar vivo. Detrás de todo ateo hay un acto de fe, decía. Olía a santidad. A mártir. Ya había escrito El luto humano. “El pueblo de México tiene una intuición sobrenatural para entender su destino, pero la fatalidad y el escepticismo nos enceguecen. Abre los ojos, muchacho, ábrelos”, se lo regaló a Joaquín Ríos con esa dedicatoria. Sus cuentos, aseguraba un periodista que llegaba a acompañarlo, vivaracho, de enormes lentes, que también llevaba un cuaderno de notas y todo lo escribía, “tenían resonancias bíblicas. Son una épica de la caída y la miseria”. Pepe, que lo escuchaba, replicaba: “no hay épica en la miseria. La miseria es miseria. No hay grandeza sino tristeza, y mucha, en la pobreza humana”. El periodista se llamaba Luis Spota. “Qué bueno que no sea tu apellido materno”, lo bromeaba Pepe. Los dos habían viajado a Perú, como corresponsales. Se entrevistaron con Arguedas y visitaron Machu Pichu, donde presenciaron un eclipse de sol. A su regreso a México desembarcaron en Acapulco. Por la noche fueron a un burdel. Se desató un pleito colectivo por una mujer de nombre Chole. Llegó la policía y al único que se llevaron preso fue a Pepe. “Es tu hado. Estás predestinado a pasar tu vida en la cárcel”, bromeaba Spota. Él también había estado en las Islas Marías, aunque como periodista de la revista Así. En sus reuniones de cantinas y redacciones, ambos hablaban de Botello, de las horizontales, de la falta de espejos, del toque de lista a las nueve y media de la noche, de los pelícanos gordos y ociosos, de los árboles de guayacán, de la fuga del falsificador Enrico Sampietri y de las faenas bajo el sol, pesadas, tediosas. Pepe se quejaba de una hernia, producto de su trabajo como alijador, consistente en cargar barcos con bultos de sal. Spota, de nuevo, todo lo apuntaba. Quería ser novelista. Tomaba notas, escribía frases, escuchaba consejos. Le escuchó decir a Pepe, y, por supuesto, terminó por apuntarlo en su libretita: “En México hacen falta escritores tanto como hacen falta maíz o azúcar”. Pepe propugnaba por una literatura que ahondara en la sociedad. “En la suciedad de la sociedad”, dijeron ambos, riéndose, como si citaran a alguien. Spota escribía una novela donde se burlaba de la alta burguesía mexicana, sus mentiras, sus pretensiones, a través de un arribista, un artista del fraude. “¡Dialéctica!”, lo interrumpía Pepe. “Escribe una novela dialéctica”. Se lo había dicho en Perú, cuando le dio a leer algunos capítulos: “No está mal, pero te hace falta ahondar más en lo humano. Te hace falta sufrir, y tal vez no personalmente, sino sufrir por los demás, para llegar a ser un buen artista”. Spota, más que aprobar, se dedicaba una y otra vez tan sólo a apuntar. Parecía que la vida era eso: un apunte. Pepe, entonces, hablaba de un arte dialéctico. De un teatro dialéctico. De un cine dialéctico. Un cine comprometido. Le daba por pensar en sus propias obras llevadas a la pantalla. O sobre él mismo en las Islas Marías: le gustaba Manuel Medel como protagonista. Lo había visto en La vida inútil de Pito Pérez, y de él, más que sus dotes actorales, ensalzaba las bondades de su evidente rostro de borracho. Un iluminado, un idiota a la manera soviética, tierno y sorprendente. O películas donde su hermana rica, Rosaura, se luciera. O sobre la vida de sus hermanos. Ambos habían muerto jóvenes. Fermín a los 32 y Silvestre a los 40. Él tenía treinta. No necesitaba presumirlo: era víctima de la maldición y bebía igual o más que ellos. Lo dijo frente a Spota:
-Los alcohólicos, cuando mueren, reencarnan en botellas. Yo, que extraño a Fermín y a Silvestre, me la paso buscándolos -levantó su vaso para brindar-. Y aquí no están. La otra –le ordenó al mesero e hizo de lado la botella de ron, triste y desolada ya, por inútil y vacía.
Una vez que Silvestre lo encontró bebiendo, le preguntó:
-¿Cómo, Pepe, tú también?
-Sí, yo también soy artista.
Pepe hablaba en una existencia dialéctica. La anhelaba. La buscaba como un destino necesariamente trágico. La vida como ciclón. La vida para vivirse con rapidez, con sed, antes de que nos abrume su absurdo. Su hermano Silvestre era el mejor ejemplo. Lo admiraba. Había hecho un guión para una película cuyo tema fuera él. Sinfonía inmortal, era el título. Gabriel Figueroa tenía el encargo de conseguirle productor, y el ogro Gavaldón o el propio Pepe podrían dirigirla, pero todo intento había sido en vano. “El artista más grande de México y a nadie le interesa. Sólo churros. El churro es la esencia de la cinematografía mexicana”. Lo decía dolido, enojado. Borracho, recordaba la única actuación de su hermano en una película. Aparecía en una escena de Vámonos con Pancho Villa. Tocaba al piano La cucaracha. Lo hacía en una cantina. Se desataba un pleito entre revolucionarios y había balazos, botellazos, golpes. “En un remedo del cine mudo, Silvestre sacaba un letrero que decía: ‘Favor de no tirar sobre el pianista’, y se escondía detrás de su banco”.
Su hermano Silvestre había sido internado en un hospital para enfermos mentales por su afición a la borrachera. El sanatorio del doctor Falcón. Pepe tenía el proyecto de publicar el diario de Silvestre durante su reclusión, pero su viuda, Ángela, se oponía. “No sale muy bien parada”. Silvestre, en la guerra civil española le escribía a su mujer que lo acompañara en su lucha contra el fascismo, pero ella se negaba: “No estaba hecha para el amor ni para las gestas heroicas”. Pepe pensaba que su hermano no necesitaba de un sanatorio. Era un genio y los genios necesitan espacio, no barrotes. Lo admiraba en serio. “Tenerlo cerca era como una tarde de domingo con mi madre”. Con él había aprendido que el alcohol no es vicio, es reflexión, expiación, agonía, disfrute, bálsamo, comunión, revelación, locura. Entendía a los borrachos, pero no a todos: sólo a los que bebían para entender o aguantar la vida. Beber ayuda a sobrellevar que la existencia es absurda en exceso. Emborracharse es hacer más soportable lo insoportable del mundo en que vivimos. “Ángela no lo entendía”. Se lee en su diario: “Yo no sé si ella comprenderá, ¡somos tan distintos! Ella me acaricia sin mucha convicción, me parece. Hay algo como indiferencia. Sólo cuando ha visto mis ojos cerca de la muerte, sus ojos han adquirido la expresión que yo quiero. Pero ha sido de la muerte y no por mí”.
Su diario destila deseo, desesperanza, fe, ansia de amar, música, ganas de vivir y de morir y la borrosa esencia entre el orate y el genio. “La furiosa ha comido caca hasta hartarse y se le ha tenido que dar un purgante. Sin embargo ha comido después su desayuno con bastante apetito y se ha mostrado bien dócil. En el desayuno me han hablado de religión, Hortensia que fue a comulgar y otra compañera. No sé por dónde han sabido, pues yo no he expresado ninguna idea, que yo era de izquierda o comunista o réprobo de alguna naturaleza. Me han hecho rezar el Ave María. Como es una bella poesía no tuve empacho en recitarla. Pero han seguido hablando y hablando, ¿qué voy a hacer ante estas pobres mujeres que no entienden ni siquiera de ironía? Comí, recé, me persigné y dije una serie de sandeces que ellas tomaron muy en serio. Estoy adquiriendo además una facha con estas barbas de ocho días, de apóstol o de sinvergüenza, lo que me da cierto prestigio dentro del limitado recinto de este purgatorio”.
Pepe lo recordaba con sus manos regordetas, grueso de vientre, enorme de cara y su aspecto como desaliñado, decía él, de bandolero. Tenía, a sus cuarenta años, el largo cabello completamente cano y rizado. La mirada inteligente y desolada para quien sabe que no hay remedio para eso que llaman vida. Todo se le daba, incluso la facilidad de crear arte donde no lo hay, menos el espectro cansino y cotidiano de hacerse de dinero y de pan. Caminaba por Chapultepec sintiéndose Beethoven. Eligió el alcoholismo y la miseria, la ternura y la violencia. Amaba a las mujeres. Le gustaba comer: era una tempestad entre las cazuelas. No cayó en hacer música por consigna política, como sí lo hizo Carlos Chavez. Se definía como un pobre hombre malo, que no tiene valor ni de ser bueno ni de ser malo, que casi tiene todos los vicios y todas las virtudes, modestamente. Engañó al doctor Hurtado, en su reclusión alcohólica, recomendándole libros que no existían. Era fantástico, pletórico y pueril. Sus ojos eran de un hermoso color: el de la cerveza. No creía en Dios. Tampoco en el gobierno. Su soledad era infinita.
-Su música -dijo Pepe- es pólvora, es ternura que explota en trompeta, en violín, en piano…
Ahí estaba John Barleycorn, y Nakata, escuchándolos en El Palacio, una cantina por los rumbos de la Guerrero. No bebían. Escuchaban.
-Alguna vez, anestesiado de uva o de caña o de curado de tejocote, Silvestre me confió: “Sería una vergüenza que dijeran: murió perfectamente sano. Además, seguramente voy a morir de otra cosa, de alguna enfermedad del alma o de algún accidente pendejo”.
-¿Y de qué murió su hermano?
-De eso: de un accidente pendejo.
-¿Atropellado?
-No.
-¿Una bala perdida?
-No.
-¿Entonces?
-El accidente pendejo de haber nacido.
El de Barleycorn ocurrió el 12 de enero de 1876, en Oakland, California. Pepe le preguntó dónde había aprendido su español, “que tenía algo de lejano, pero también de dolorosamente correcto”.
-En Guatemala -respondió Barleycorn.
Pepe dijo:
-Estuve en Belice, que es lo mismo. La explotación del buen salvaje por el mal salvaje. Ahí la gente muere de paludismo y tuberculosis. La ciudad hiede. Es un país que no le importa a nadie. Estuve preso, por cierto, por defender a un fotógrafo…
Spota ya se había marchado, contento, con su cuaderno de notas como un preciado tesoro. Nakata, en silencio, atrás de Barleycorn, no perdía detalle y veía a Pepe con interés, sin disimulo. “Es como un pajarito: mira esa cara como de gorrión o de canario, y la fragilidad, y lo pequeño, no deja de moverse, de hablar, de beber. Primero pensé: es un rostro de reptil, de iguana, de lagartija. Pero no, mira: es un pajarito”, le había dicho a Joaquín Ríos, y así, el pajarito, comenzó a llamarlo. No bebía más que agua. El periodista también. Vestía de negro, polvosas las botas de gamuza, el cuerpo como estrujado de cuando en cuando por algún dolor, la mirada aún joven en un físico que daba la impresión de haber envejecido prematuramente a fuerza de enfermedades o de excesos. Veía a Pepe con algo que podía parecer desprecio por su manera de beber. O tal vez admiración.
Pepe, que se dio cuenta, dijo con tono teatral:
-Bebo, pero no soy de mal corazón, un malvado…
Lo citaba de uno de sus cuentos, donde el protagonista redimía su precaria existencia a través de ese vehículo contradictorio y triste, “descorazonador”, como lo definió: el alcohol. Por supuesto, se rió de sí mismo y acaso de nosotros. Agregó, acercándole la botella a Barleycorn:
-Échese una.
-Mis riñones -rechazó éste.
-Entonces usted.
-Sus riñones -rechazó Nakata.
-Pues, entonces, por los míos -sentenció Pepe, sirviéndose otra.
Estaba contento. Esa semana le habían dado ejemplares de su nuevo libro, Dios en la tierra, y lo presumía como si repartiera habanos tras nacer su primogénito. Dijo:
-Quiero escribir sobre cosas sencillamente oscuras, que no tengan medida en el cielo ni en el infierno. Y aquí me acerco, aquí me acerco…
Estaba triste también. Andrea, su hija, estaba a punto de cumplir años y no tenía para el regalo. Comentó, más para sí mismo, en su mundo alcohólico, que para nosotros:
-Nunca he sido pobre. Siempre he sido inmensamente rico y camino por la tierra mirando todo lo que pasa, esperando el amanecer y haciendo también, un poco, porque tal amanecer llegue, y tengo bebida, y tengo sueños, y tengo mujeres, y tengo libros, y tengo amigos, pero carezco de dinero para un juguete, el que Andrea quiere.
Solveig, lo sabía con una certeza tal que lo intimidaba, estaría disgustada. Era su esposa. Y con cara larga, su hija. Lo verían llegar borracho, sin nada, sólo sus palabras y su aliento alcohólico, como siempre. ¿Qué les diría? En vez de eso escribió una carta y un cuento infantil: “El espantapájaros”. Lo hizo antes de que Barleycorn llegara con Nakata a la cantina. Ése sería su regalo. Leyó:
“Tu padre hubiera querido comprarte hoy, día de tu cumpleaños, un hermoso juguete. ¿Qué tan hermoso sería ese juguete? El rico de tu padre estuvo mirándolo ahí, embobado, tras la imposible frontera de un escaparate. Pero su mano no podía alcanzarlo. Y es que la riqueza de tu padre parece no servir para un juguete. ¡Bien! Otra vez será y fuerza es que no te desesperes y que seas toda una niña muy linda”.
Pepe lloraba. Estaba contento con su nuevo libro bajo el brazo y triste porque la literatura no daba ni para contentar a mujer ni para un pinche juguete.
Barleycorn, en cambio, había llegado con evidente rostro de enojado. Se había hecho de palabras con Sevilla y Gavaldón a propósito de El mexicano. No entendía las modificaciones a la obra. David Silva le había parecido demasiado europeo, demasiado blanquito, fue la palabra que utilizó, para dar con el tipo descrito por Jack London. Era moreno, ¡moreno!, repetía. Y joven, un adolescente apenas, no un hombretón hecho y deshecho. “El muchacho no tenía más de dieciocho años, y aparentaba tener aún menos edad”, dijo. Look at this kid, señaló a Joaquín Ríos adolescente. Él estaba bien para eso, ¿pero David Silva? Destilaba malhumor, incomprensión, desdén a todo lo que no fueran sus gustos o sus opiniones “¡Y Joaquín Ríos! ¿Por qué ese nombre? Se llama Felipe Rivera”, dijo. “Y no le gusta el box. ¡Lo odia! Lo hace por hambre, por necesidad, por ayudar a la causa, porque tiene en mente a los trabajadores de Río Blanco, no porque le guste”.
-Es un mal cuento, ¿qué esperaba? –dijo Pepe.
Barleycorn lo miró, desconcertado.
-Demasiado maniqueo, demasiado obvio. Desde el principio se sabe el final. De boxeo, me gusta más “Por un bistec”. El mexicano es London en sus peores años. No escribió para hacer literatura, escribió para vender literatura.
Nakata carraspeó.
-Se los dije –continuó Pepe-. A Agustín y a Sevilla. A Gavaldón. A Gabriel. Mejor adaptar otra cosa. Dostoievsky. Pero no me hicieron caso.
-¿Y si no le gustaba, por qué hizo el guión?
-Igual que Felipe Rivera -se alzó de brazos-. Por hambre, por necesidad, para ayudar a la causa -señaló la botella y se sonrió-, no porque me guste.
Le dio un nuevo trago a lo que bebía. Preguntó:
-¿Y usted, por qué defiende tanto a Jack London?
Nakata se acercó con todo y silla, atento a la respuesta. Barleycorn resopló, y tras pensarlo un poco, admitió:
-Lo conocí. Un meteoro. Buen tipo, guapo, varonil, aventurero. Nos encontramos en los mares del sur, en busca yo de un buen reportaje y él de aventuras para sus cuentos y novelas. Viaje peligroso. Aún ahora, en ciertas islas es común encontrarse con caníbales. Reductores de cabezas. ¡Jíbaros del Guadalcanal! Yo tengo una, que rescaté, junto con London, a fuerza de pistola y de piernas. ¡Nakata! -palmeó.
-Sí, mi dios…
-¡Mi dios! -se burló Pepe. –Tantos años de buscarlo y, de pronto, se aparece. ¡Y lo peor de todo: no bebe!

