Feb
27
Alguna vez fui otro, no sé si más feliz. La aventura me atraía, incluso fuera de los libros. Lo tenía muy claro, tan claro como espantar una mosca con la mano: la vida era para vivirse, no para sentarse a contemplar cómo pasa. Viajé. Encontré una frase que hice mía: “Llega hasta donde puedas; o mejor, llega hasta donde no puedas”. Abandoné mi ciudad, que es como una mujer bella que está siempre enferma, para adentrarme en los laberintos del mundo, ancho y ajeno. No me sentía especial. Hay quien decide ser maceta y no pasa del corredor y quien, acaso porque huye y no sabe de qué, decide imitar los pasos del hobo, del vagabundo, del gitano, del häidouc. Esto lo sabe quien, ante la sirena de un barco o el silbato del ferrocarril, se le enchina la piel y escucha el llamado.
Seguí mi sino. El secreto está en sospechar que el fastidio no posee justificación metafísica. Y unos buenos zapatos. Vendí, para solventar los gastos de mi precaria existencia, baratijas mexicanas frente a Tiffany’s de Nueva York, fui mensajero en París y amante de algunas señoras pasadas de carnes pero generosas con el contenido de sus billeteras. Todo está en mis diarios de viaje: libretas donde todo cabe sabiéndolo acomodar, desde precios del vino y del queso a diálogos dizque ingeniosos, descripciones de personas y de lugares, frases en lápidas de cementerio y citas de libros, así como la distancia, por ejemplo, entre Roanoke y Yakima o entre mi timidez de adolescente y aquella linda pelirroja irlandesa que jamás me atreví a abordar. Releo esos diarios y me enternece o enoja la ingenuidad de ese viajero empedernido. De ese otro que fui. Hay intimidades y juicios que sólo a mí me corresponden. Si tuvieran algún valor literario, pediría que se permitiera su lectura treinta años después de mi muerte; como no lo tienen, los echaré al fuego. Tal vez mañana. Mientras más pronto, mejor.
De aquellos años no sobrevive gran cosa, a no ser la temblorina y las fiebres esporádicas producto del dengue que pesqué en Colombia al recorrer el río Magdalena. Y, claro, los recuerdos. Cuando me emborracho, cada vez más temprano, más seguido y más rápido, me da por hablar de esa vida azarosa y más plena. Es como aferrarse a los restos del naufragio. Así, después de los consabidos “cuando era marinero”, o “cuando repartí pizzas en la Toscana”, o “cuando visité una playa nudista en Jamaica”, comienza la retahíla de anécdotas, que me han servido lo mismo para conquistar mujeres o para que me inviten los tragos. Algún día, siempre algún día, venceré la desidia –depresión, le llaman los médicos- y reuniré esas andanzas en forma de libro, para situarme entre quien ha escrito sobre los peligros del Amazonas, las intrincadas cumbres del Himalaya, la fosa de las Marianas y las peregrinaciones a Chalma.
Debo apurarme. Con cada día que pasa –una nueva arruga y más canas, el fiel de la báscula que siempre sube, nunca baja-, ese trotamundos que fui, más que un fantasma o un cadáver, tiene visos de desbordada invención. Mis alumnas –nínfulas con faltas de ortografía- creen que es de la imaginación propia del condenado a una habitación acolchonada, más que de la realidad contundente, de donde surgen mis aventuras. Las perdono porque son bellas y eróticas. Porque desconocen aquello de los años y el kilometraje. Porque la inquietud de espíritu no siempre es señal de grandeza. Porque ayer, tras hacer gárgaras, descubrí ese otro yo que también soy. Me vi en el espejo: escueto y nebuloso, sedentario.

