Mauricio Carrera (1959).
Escribe porque de no hacerlo cometería crímenes imperdonables. Cree en el erotismo y en el desamor. Fue jugador de futbol americano, mensajero en París, marinero en el Caribe, jugador empedernido de casinos y burócrata por necesidad. Cayó en la tiranía del matrimonio pero no lo vuelve a hacer. Le gusta el póquer y el dominó. Considera que la pereza es un don necesario de cultivar, que la democracia es votar por el menos peor y que la lectura es una de las formas de amar la vida. Cita al poeta Armando González Torres y dice que le falta una mujer para empaparle de lágrimas los muslos. Descree de casi todo, menos de las tardes de lluvia. Le enoja la injusticia y la mala adjetivación de las palabras. También la deslealtad. Conversa con su madre aunque ya haya muerto. Tiene un hijo hermoso que vive lejos. Se ha equivocado muchas veces, porque la existencia no admite pruebas ni borradores. No es feliz pero sí alegre. Le da por cantar Sabor a mí y Mil besos. Es un hombre hecho y también deshecho, como todos los hombres a su edad cuando no son extraordinarios. Tiene una maestría por la University of Washington, en EUA. Escribe por disciplina una palabra diaria. Ama a una estupenda mujer de nombre Marisa. Entre sus libros destacan El club de los millonarios (1996), La viuda de Fantomas (1999), El minotauro y la sirena (2000), Tormenta (2003) y Las hermanas Marx (2004). Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

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