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	<title>mauricio carrera</title>
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	<pubDate>Thu, 29 May 2008 05:01:24 +0000</pubDate>
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		<title>Manual de autoayuda/1</title>
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		<pubDate>Thu, 29 May 2008 05:01:24 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Depongo todo cuanto soy: me rindo.
No quiero más tus guerras ni tus líos.
Ni estas treguas de sal ni estos lamentos.
Félix Suárez
Si el amor es festejo el desamor es duelo. “Si todo se ha de ir, ¿por qué llegaste?”, se pregunta Rubén Bonifaz Nuño, el poeta mexicano que más ha indagado con sus versos tiernos y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Depongo todo cuanto soy: me rindo.<br />
No quiero más tus guerras ni tus líos.<br />
Ni estas treguas de sal ni estos lamentos.<br />
Félix Suárez</p>
<p>Si el amor es festejo el desamor es duelo. “Si todo se ha de ir, ¿por qué llegaste?”, se pregunta Rubén Bonifaz Nuño, el poeta mexicano que más ha indagado con sus versos tiernos y coléricos las bondades y desdichas de ese “don de Dios”, que es el amar, y ese “corazón en las espinas” que es la separación de los que se aman. En nuestros días los casos de desamor se multiplican. La pareja falla. La pareja huye de sí misma. La pareja hace malabares para subsistir. Qué triste paradoja: primero nos dedicamos a encontrar a la persona deseada, y luego, tristemente, a soportarla. La amamos hasta casi rendirle pleitesía y luego nos preguntamos qué le vimos, cuándo cambió, por qué ya no sentimos las mariposas de antes y sólo escuchamos el bostezo y la queja cotidiana. O las discusiones que terminan en pleito. “Mira bien, lo que hacemos los dos, siempre peleando así”, como dice la canción. El amor tiene que ver con la vida y por eso duele, por eso se encela, por eso se desilusiona, por eso se transforma, por eso envejece y muere. El amor se complica porque se hace aburrido, monótono, porque hay malos tratos y traiciones, gritos y sombrerazos, estrecheces económicas, dolor y llanto. “Ningún amor termina felizmente (se sabe)”, como observa José Emilio Pacheco. Es cuando la amargura se hace presente y las palabras tiernas un remoto pasado. “Yo la amé y ella también a ratos me quiso”. No importa el género, la desesperación y la tristeza son las mismas. Afligido amor, desdichado amor, pinche amor, desolado amor. La desaparición del amor y la separación de los que se aman no es nueva bajo el sol. Sucede que ahora es más notoria. Antes se disfrazaba. “En la alcoba profunda podríamos andar meses y años, en pos del otro, sin hallarnos”, como escribió Maiakovsky. Las mujeres argumentaban dolor de cabeza y los hombres una partida de dominó. El macramé y las cantinas como terapias de género. El hombre mandaba y la mujer era sumisa. Ya no tanto. Los tiempos cambian. La mujer trabaja su doble jornada, es capaz de subsistir por sí misma y de no necesitar del hombre para ser. No quiere gritos ni reclamos, abusos físicos o verbales, ni chantajes ni estar con quien la trata como a un inferior. Es el desamor moderno, el que agarra sus chivas y se va. El amor a uno mismo como respeto y como opción. “El amor es la piedad que nos tenemos”, como escribió Efraín Huerta. No es mero narcisismo sino afán de sobrevivencia. El desamor de antaño, por otro lado, sigue ahí. Llora sus penas en secreto, se soba los golpes a solas, aguanta la indiferencia, el ninguneo, la falta de cariño, la existencia de la otra o del otro. El maldito desamor. Tanto amar para qué. Lo dice el Buki: “si no te hubieras ido sería tan feliz”. O Paquita la del Barrio y sus ratas de dos patas: “¿Me estás escuchando, inútil?”. Lo escribe mil veces mejor Bonifaz Nuño: “¿Qué es lo que pasa, qué nos hace que durmamos confiados una noche, una noche cualquiera, protegida, seguros del amor, acompañados, y despertemos, un momento más tarde, solos, abandonados, indefensos?”. Amar es equivocarse, como lo comprendió Fernando Pessoa. ¿Hay remedio? Durante algún tiempo creí más en el desamor que en el amor. Tantos fracasos, tantos intentos, para qué. Mejor la soledad, las caricias sin nombre que perdure, sin compromiso, sin reclamos, sin lealtades, sin amor. No volver a meter la pata, blindar el corazón para no sufrir de este nuevo desorden amoroso que trae consigo la época que nos ha tocado. Me guarecí. Me dije que nunca más. Y fallé. Sucede que, así como llega el desamor, así también aparece el amor. La sensación de inmortalidad tras un beso, la necesidad de pertenencia a otro cuerpo, la alegría de descubrir un rostro que nos alegre el día, la noción de que ahora sí es la persona buena, la que esperamos con ansia toda la vida. Amar y desamar, estar un tiempo con la mejor y otro con la peor de las parejas, celebrar la compañía de alguien extraordinario y guardarle luto porque no lo era, es el latido de los corazones enmendados y rotos. La consigna para vivir y no morir en el intento es amar con locura y desamar con cordura. Dejar entrar y dejar ir. Lo dice Renato Leduc: “Amar a tiempo y desatarse a tiempo”. Next. No hay de otra.</p>
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		<title>CANCIONES SECRETAS</title>
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		<pubDate>Thu, 10 Apr 2008 15:53:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>maur39</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Diego está lejos. Vive en un país de hombres y mujeres tristes. Pero él no está triste. El triste soy yo porque vive lejos. En un país junto al mar. Al sur. Donde todo es al contrario: si aquí hace calor, allá hace frío, y cuando acá llueve, allá no. Donde los remolinos giran al [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Diego está lejos. Vive en un país de hombres y mujeres tristes. Pero él no está triste. El triste soy yo porque vive lejos. En un país junto al mar. Al sur. Donde todo es al contrario: si aquí hace calor, allá hace frío, y cuando acá llueve, allá no. Donde los remolinos giran al revés. Las estrellas son otras ahí. Y los nombres de los pescados. Donde hablan un idioma que parece de ayer. Es curioso escucharlos. Sorprendente, a ratos. El acento de Diego es distinto. También nota mi hablar, que es otro (mi lengua, que es pirámide y albur, cortesía y conpermisitos), pero no importa: nos entendemos. Diego lo sabe todo y nada. A sus siete años es el más valiente. Si han visto a un príncipe, a un detective o un bombero, es él. O un astronauta, un superhéroe, un caballero Jedi es él. Ahora es rockero. Tiene el cabello largo. Le compré sus lentes y su guitarra de rock. Y canta. Es Diego Super Star. El niño ídolo de las multitudes. Quiero pensar que lo aprendió de mí. Mi voz no es buena pero –la ley del bolero- lo hago con sentimiento. De bebé, cuando todavía estábamos juntos y lo cargaba y lo bañaba y le cambiaba pañales y jugaba con él, también le cantaba. Canciones de cuna, inventadas por mí. Muchas. Miles. Son canciones tiernas, destinadas a decir te quiero, mi bebé, mi piñata en diciembre, mi balón de fútbol, mi banderita de desfile, mi galán de película, mi vacación de verano, mi autopista eléctrica, mi programa favorito de caricaturas, mi grito de gol, mi copiloto al jugar a la carreterita, mi hijo, mi querubín sonrosado, mi touchdown, mi bendito entre las mujeres. Estoy contento. Qué bueno que existes. No importa que estés lejos (o sí). Qué bueno que cantes. Que cantemos. Son canciones secretas. Sólo él y yo las sabemos. Es nuestra manera de vencer la distancia y la ausencia. El tiempo. La separación de países. De abrazos. De jugar. De taparlo cuando tiene frío. Él, allá, en el sur. Yo, acá, no sé dónde, perdido en mí, incapaz de triunfar y de estar cerca de ti y de todo lo bueno en el mundo. Canciones secretas. Nuestra forma de recordar. De amar. De ser hijo y papá, ¡es tan sencillo! ¡Y tan complicado! ¡Estamos tanto tiempo solos, tan separados, tan ausentes! Una vez, tras mucho de no vernos, hizo tal cara de asombro que me entristecí. Se me llenaron los ojos de lágrimas: Y tú, ¿quién eres?, preguntaba. Lo dijo sin palabras, tan sólo esa expresión en el rostro. ¿Quién eres?, dime, porque yo era (me dolió) un desconocido. Y le canté. Bastó que le cantara al oído para reconocerme de nuevo. Ah, eres tú. Papá. ¿Dónde estabas? Te extrañé mucho. Te fuiste un día y no regresaste. ¿Por qué? Otro día te volviste a aparecer, cantamos, jugamos, nos reímos, vimos chicas guapas, tú te ibas a casar con una y yo con la otra, me compraste globos y helados. Creí que te quedabas para siempre, y me dio gusto, papá. Pero te volviste a ir. Y no lo entiendo. ¿Qué te crees? ¿De qué se trata?<br />
Yo tengo mis respuestas. La vida, el desamor, los caminos diferentes. La vida; eso: la vida. Es una sola respuesta y muchas, a la vez. Pero no se las dije. ¿Por qué te fuiste?, insistía. En lugar de responder le di un beso y le canté nuestras canciones secretas. Al oído, para que nadie más las escuchara. Diego sonrió y me dio un abrazo. Un abrazo largo y fuerte, cariñoso. Bienvenido. También te quiero, papá. Mucho. Y agregó (aunque no sabía hablar y por eso no lo dijo en voz alta): Ya no te vayas&#8230; Diego era todavía más pequeño; más cerca del bebé que del niño, más cerca del pañal que del calzón, más cerca de la luna que del sol, más cerca de la hormiga que del Everest, más cerca del escuincle mudo al chamaco tarabilla de hoy. Aún no hablaba, pero eso me dijo. Me lo dio a entender con su sonrisa. No te vayas. No, mi niño, no.<br />
Y volví a irme. Y lloré al hacerlo. Y él también.</p>
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		<title>El sueño de Martin Luther King</title>
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		<pubDate>Tue, 25 Mar 2008 03:25:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>maur39</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[En el principio, Rosa Parks. Mujer, negra, valiente. Tuvo la osadía de desafiar la injusta regla que obligaba a los negros a ceder los asientos de autobús a los blancos. La fecha: el primero de diciembre de 1955. Fue llevada a la cárcel. Su acto, individual, se convirtió en colectivo. El boicot contra el sistema [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En el principio, Rosa Parks. Mujer, negra, valiente. Tuvo la osadía de desafiar la injusta regla que obligaba a los negros a ceder los asientos de autobús a los blancos. La fecha: el primero de diciembre de 1955. Fue llevada a la cárcel. Su acto, individual, se convirtió en colectivo. El boicot contra el sistema de transporte público, al que Martín Luther King llamó un “acto de no cooperación masiva”, desembocó en el inicio de recuperación del orgullo de una comunidad largamente oprimida. Era “más honorable andar a pie por las calles con dignidad, que subir a los autobuses con humillación”, dijo el reverendo desde su púlpito en la Iglesia Bautista de la calle Dexter en Montgomery, Alabama. Fue el comienzo de un sueño. Lo grabó de forma indeleble en la historia en su famoso discurso de 1963, en Washington: “Yo tengo el sueño de que un día (&#8230;) los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos  podrán sentarse juntos a la mesa de la hermandad”.<br />
	No fue fácil. Un siglo antes se había abolido la esclavitud en las leyes pero no en las mentalidades. Le costó la vida a Lincoln y a centenares de jóvenes negros ajusticiados a lo largo del tiempo por el Ku Klux Klan, es decir por la intolerancia y la ignorancia. La segregación racial alcanzó proporciones escandalosas. El supremacismo blanco era altanero y violento. Ser negro en Estados Unidos conllevaba la carga del desdén y la marginación. “El tormento del negro”, dijo King, “es sentir su pobreza en medio de un mundo que nada en la opulencia”. Era el hombre invisible, como en la novela de Ralph Ellison. “Llega un momento en que todo padre debe explicarle a su hijo lo que es la vida, pero en los negros ese momento llega cuando hay que explicarle a su propio hijo la razón del por qué se le segrega”. La prohibición de entrada a los negros a teatros, restaurantes y parques públicos, la obligación de abordar los autobuses por la puerta trasera, la separación de servicios para personas de un color o de otro, la negativa de acceso a empleos bien remunerados y a centros de enseñanza superior, eran expresiones burdas de un conservadurismo ramplón pero fuerte, enraizado en los prejuicios y miedos del sur profundo.<br />
La segregación, se sabe, es pariente cercana de la esclavitud. Martín Luther King la consideraba inexplicable racionalmente, absurda económicamente e injustificable moralmente. Le sorprendía la paradoja de una comunidad blanca cristiana que los domingos, a la hora de la misa, predicaba el amor al prójimo, y a lo largo de la semana despreciaba o golpeaba a sus semejantes, por el sólo hecho de no tener su mismo color. El blanco segrega “con igual rigidez en la casa del Señor que en el teatro”. Reclamó con viva oratoria la congruencia religiosa, económica y política. “Si Estados Unidos desea seguir siendo una nación de primer orden, no puede tener ciudadanías de segunda clase”.</p>
<p>La no-violencia<br />
El boicot culminó, el 13 de noviembre de 1956, con la declaración de ilegalidad de la segregación en el transporte público. Fue una concesión económica, más que política. Era eso o ir a la quiebra por falta de pasaje. Luther King fue de los primeros en subirse y atestiguó la actitud de los pasajeros blancos. Un anciano se quedó de pie todo el tiempo. “Antes moriría e iría al infierno que sentarme detrás de un negro”, dijo. Una mujer, cuando se dio cuenta de quién se encontraba a su lado, cambió de asiento y preguntó: “¿Qué es lo próximo que van a hacer estos negros?”.<br />
	Los prejuicios seguían ahí. También la violencia. Muchos de los autobuses fueron baleados o apedreados y sus pasajeros negros apaleados por el Ku Klux Klan. Tres iglesias negras fueron objeto de ataques con bombas, lo mismo que la casa de Luther King. Los responsables, al ser detenidos, aceptaron su culpabilidad, pero fueron declarados inocentes por un tribunal blanco. La comunidad negra estaba furiosa, harta de esas vejaciones. “Hemos tolerado la aplicación diferenciada del derecho, que consiste en decir que la vida de un hombre es sagrada, siempre y cuando sus puntos de vista coincidan con los nuestros”, como declaró el reverendo. Era la época de la intolerancia y el odio racial. Unos odiaban porque eran los victimarios, otros odiaban porque eran las víctimas. El conflicto pudo haber dado un giro armado y sangriento, de haber tenido éxito la propuesta violenta de Malcolm X o las Panteras Negras. El genio de Martín Luther King radica en haber predicado lo contrario: responder a la violencia con la no-violencia. Sus maestros fueron Gandhi y su Satyagraha, o transformación social por medio del amor, y Cristo, con su mensaje de paz, amor, hermandad, sacrificio, esperanza y redención.<br />
“Pronto me di cuenta de que la doctrina del amor cristiano, operando a través del método de Gandhi de la no-violencia”, escribió King en su libro Los viajeros de la libertad (1958), “era una de las más potentes armas de que disponían los negros en su lucha por la libertad”.<br />
La no-violencia buscaba “desarrollar un sentido de vergüenza en el oponente y efectuar un cambio en su corazón”. Martín Luther King acostumbraba citar a Booker T. Washington: “No permitas que ningún hombre te haga caer tan bajo como para que lo odies”. Era la doctrina de poner la otra mejilla, de bendecir a los que los maldecían, de convencer más que coaccionar, de ponerle fin a la ley del talión. “Es una valerosa confrontación de la maldad por el poder del amor”. A la fuerza física de los blancos le opondría la fuerza espiritual de los negros. “Buscamos una integración basada en el respeto mutuo”, porque, “si nos olvidamos de obrar de esta forma, nuestra protesta finalizará como un drama sin motivo en las páginas de la historia”. </p>
<p>Tengo un sueño<br />
Otro de sus maestros fue Thoreau y su desobediencia civil. La comunidad negra comenzó a ocupar espacios en lugares públicos donde no se permitía su presencia. Se multiplicaron las marchas y las protestas. También los sit-ins, que consistían en que negros entraran a sentarse diariamente a restaurantes donde se daba la segregación, o a permanecer sentados en actitud pasiva en el pavimento, cuando la policía les ordenara desalojar la calle. Las consignas eran dos, básicamente: fin a la segregación racial y acceso al voto para los negros. El establishment actuó. Las fuerzas del orden encarcelaron y golpearon a muchos. En octubre de 1960 el propio King fue condenado a seis meses de trabajos forzados. Sólo la oportuna intervención de los hermanos Kennedy pudo salvarlo. Fue la etapa más dura del movimiento en pro de los derechos civiles. La Norteamérica wasp se defendía con el uso de la fuerza pública. En 1962 George Wallace se proclamó gobernador de Alabama con un lema que era como un garrote: “Segregación para siempre”. El tres de mayo, en Birmingham, se reprimió una manifestación con perros entrenados, macanazos y chorros de agua a presión, que atacaron lo mismo a jóvenes que a niños y señoras. Para el 15 de septiembre, cuatro niñas morían por una bomba incendiaria lanzada al interior de una iglesia. El odio y la violencia crecían, así como el mensaje del contra la injusticia y a favor de la concordia de Martín Luther King.<br />
	Para 1963, el activismo en pro de los derechos civiles pareció dar sus primeros frutos. Más de un cuarto de millón de personas –setenta y cinco mil de ellas blancas- marcharon en Washington en apoyo a la causa de la no segregación y el respeto a las garantías de todos los ciudadanos estadounidenses, en particular de los negros. El 28 de agosto, en coincidencia con el centenario de la emancipación negra en Norteamérica, King pronunció su más importante discurso. Lo hizo teniendo como marco el monumento a Lincoln:<br />
	“Yo tengo el sueño de que mis cuatro hijos vivirán un día en una nación en la que no serán juzgados por el color de su piel, sino por el contenido de su personalidad”.<br />
	El reverendo contaba apenas con treinta y cuatro años de edad.<br />
	“Cuando dejemos que la libertad resuene (&#8230;) podremos acelerar la llegada del día en que todos los hijos de Dios, blancos y negros, judíos y gentiles, protestantes y católicos, podamos estrecharnos las manos y cantar con las palabras del viejo espiritual negro: ‘¡Libres al fin! ¡Libres al fin! ¡Gran Dios Todopoderoso, al fin somos libres!’”.</p>
<p>La campaña de los pobres<br />
El asesinato de John F. Kennedy, el 22 de noviembre de 1963, fue un duro golpe para la moral estadounidense. Demostró que la violencia alcanzaba también a los blancos. King, al enterarse del deceso del mandatario, pronosticó su propia muerte: “Esto me sucederá a mí también”, y diagnosticó: “Esta sociedad está enferma”. El crimen aceleró la Ley de Derechos Civiles, promulgada el 4 de julio de 1964 por Lyndon B. Johnson. Fue un triunfo de la razón y de la más elemental de las justicias. La Academia Sueca reconoció el esfuerzo de King en la consecución de este logro, al otorgarle ese mismo año el Premio Nobel de la Paz. “Me niego a aceptar la idea de que la humanidad esté tan trágicamente ligada a la noche oscura del racismo y de la guerra que nunca pueda llegar a ser realidad la radiante luz de la paz y la hermandad”, como dijo en Oslo, en su discurso de aceptación del galardón. A su regreso a Estados Unidos lo mismo fue vitoreado que enviado a la cárcel. Esto último por cortesía del gobernador de Alabama. El cargo: actividades subversivas. La represión continuó. Una marcha de Selma a Montgomery fue brutalmente disuelta por la policía. “Gas lacrimógeno, porras, jinetes blandiendo látigos como los infames cosacos rusos del zar y agentes utilizando bastones eléctricos para ganado, persiguiendo a hombres mujeres y niños”, como lo atestiguó Coretta King, la esposa del reverendo.<br />
	El 6 de agosto de 1965 se promulgó la Ley de Derecho al Voto. King, sin embargo, no se dio por satisfecho. Se percató que la apertura democrática no podía tener éxito si no se resolvían las penurias económicas de la comunidad negra. Fue una época de redefinición política. King se afianzó en sus principios pero radicalizó aún más su postura. Criticó abiertamente la indiferencia y pasividad de muchas organizaciones sociales, incluidas las religiosas. “Cualquier religión que se preocupe por los hombres y deje de preocuparse por las condiciones sociales que corrompen y las condiciones económicas que paralizan el alma, es una religión inactiva, falta de sangre”. Atacó a las compañías de bienes raíces, que cobraban más renta a los negros que a los blancos. Se manifestó en contra de los prejuicios en torno a los matrimonios interraciales: “se casan personas, no razas”. Se opuso a la guerra de Vietnam. Le sorprendía “la cruel ironía de ver (&#8230;) a los jóvenes negros y a los jóvenes blancos luchar, matar y morir codo a codo en nombre de una nación que no ha sido capaz de dejarlos estudiar codo a codo en las mismas escuelas”.<br />
A partir de 1967 organizó la “Campaña de los Pobres”, en contra de la marginación social no sólo de los negros sino de otras comunidades, como la indígena y la latina. Quiso formar un frente común contra la discriminación y la pobreza, que abarcara distintos sectores de la población norteamericana, incluidos los obreros de raza blanca. Su discurso se hizo más radical. Tras la violenta represión policíaca de una marcha en Memphis, el 28 de marzo de 1968, declaró: “Esta no es una guerra de razas, es ya una guerra de clases”.</p>
<p>Si puedo traer salvación<br />
King fue acusado de comunista. Su muerte es consecuencia de este epíteto. Él mismo sabía que estaba en peligro. “En la vida de los adalides de los derechos civiles, el silbido de la bala alevosa, el estampido de la bomba, han roto demasiadas veces el silencio de la noche”. Se había salvado de atentados. En 1958 una mujer negra lo apuñaló en la garganta. Su carro fue baleado, su casa bombardeada. El 4 de abril de 1968, mientras se asomaba en la terraza de un hotel en Memphis, fue tiroteado por James Earl Ray, un exconvicto de raza blanca. Se detuvo al supuesto autor material pero, al igual que en los casos de los hermanos Kennedy, quedaron libres los autores intelectuales. El reverendo murió el jueves de Semana Santa, a los treinta y nueve años. “¿Cuántos hombres deben morir antes de que podamos tener una sociedad libre, auténtica, pacífica?”, preguntó Coretta King en la ceremonia fúnebre.<br />
	El legado de King continúa. Si bien es cierto que las cárceles estadounidenses están llenas de negros, también lo es que hay un candidato negro con posibilidades de llegar a la Casa Blanca. El reverendo allanó el camino. Él hizo la diferencia. Lo entrevió en su último discurso: “Si puedo ayudar a alguien durante mi paso por la vida (&#8230;), si puedo mostrar a alguien que está en el camino equivocado (&#8230;), si puedo traer salvación a un mundo descarriado (&#8230;), si puedo difundir el mensaje enseñado por el maestro, entonces mi vida no habría sido en vano”. </p>
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		<title>Tercera Canción para Marisa</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Jan 2008 15:03:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>maur39</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[En el mármol de los amores que perduran grabo los detalles que te hacen única. Las evocaciones requeridas de tu ser irrepetible que palpo o que recuerdo. Tu piel donde el polvo de estrellas se confunde con el durazno maduro y el abrigo exacto para no titiritar de la maldita soledad o del implacable frío. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En el mármol de los amores que perduran grabo los detalles que te hacen única. Las evocaciones requeridas de tu ser irrepetible que palpo o que recuerdo. Tu piel donde el polvo de estrellas se confunde con el durazno maduro y el abrigo exacto para no titiritar de la maldita soledad o del implacable frío. Los ojos de novia de pueblo, de un verde increíble a no ser por la selva que los copia, de felina en actitud de caza, de celo o de cuidar a sus cachorros, de fe en que el mundo es bueno y por eso existe, de confianza en que no habrán de engullirnos las tormentas de arena o las penitencias diarias por el pan y la sal del hogar y la oficina. Tu sonrisa, que es como la primera cosa buena tras la mala racha en que nos puso el cielo cruel, burlón y sordo. Tus pies, capaces de soportar incluso zapatos que no entran en mi estética raída, tibios y delicados, andamios de tu paso bello por las aceras de la realidad en que me ubicas, eróticos a su manera, perfectos por lo que a mí respecta, míos, sólo míos. Manos pequeñas como las de la lluvia cuando se aleja del aguacero o como las del sol cuando hace temblar al rocío de la madrugada. Labios que son como un triunfo del sabor, de la ternura, de la entrega, de eso que llaman pasión y yo amor del bueno. Tus perfumes con que expandes la calidad de la rosa, el aroma de la noche, el dormir de los bebés sin cólico y la leyenda de las esencias orientales.<br />
	Soy afortunado. Llegaste a mi vida de manera súbita, repentina. No lo esperaba, absorto en lamerme las heridas de los amores maltrechos y deseoso de caricias y nombres de mujer que no dejaran huella. Te apareciste con tu ala rota –el yeso era rosa, lo recuerdo-, con tu furia enorme por dejar de estar muerta en vida, con tu desfile de poemas de soledad y de compañía, con tus pasados que no me pertenecen y tus futuros que reivindico como míos.<br />
	No eras nada, no tenía ni un atisbo que augurara tu arribo a mi insignificante estar arrojado en el mundo, y ahora eres más que la lluvia y la ola, más que mis cantinas y mis triunfos de dominó, más que mis memorias de otros latidos que me marcaron, más que mi proceder de trotamundo y de aventurero entre urbes desconocidas, naufragios o tiburones azules, más que la alegría de un día con pan, más que las estrellas y las araucarias, más que mis libros y más que yo mismo cuando sonrío y me creo inmenso porque existes y porque te conocí.<br />
	En ese mármol, el de los amores que perduran, grabo tu nombre, que es como decir templo, musa, destino, felicidad, música. El aroma y el tintineo de tu ser irremplazable y bello y único. Tu don de convertir la vida astillada, mis fragmentos en penumbras, el dolor de los alfileres en el alma, la ruina de lo que no fue, las batallas perdidas y los fracasos cotidianos, en otra esencia: la de tu mujerío sin sobresalto, la del amor benévolo y comprometido, la de tus golpes centellantes para sobrellevar con dignidad la existencia no pedida, la de tu fuerza enorme para ser tú misma y rescatarme de los asombros de mi propio abismo.</p>
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		<title>ÚNICO E IRREPETIBLE</title>
		<link>http://www.mauriciocarrera.net/13-12-2007/unico-e-irrepetible/</link>
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		<pubDate>Thu, 13 Dec 2007 14:10:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>maur39</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Me reconozco excepcional. No lo digo por la vanidad vulgar del que se mira en un espejo hecho a su medida ni por colocar una gran lupa en mis pequeños logros. Soy más bien un hombre errático y defectuoso. Incapaz de hacer realidad sus ilusiones y eficaz en la consecución de sus fracasos. Uno más [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Me reconozco excepcional. No lo digo por la vanidad vulgar del que se mira en un espejo hecho a su medida ni por colocar una gran lupa en mis pequeños logros. Soy más bien un hombre errático y defectuoso. Incapaz de hacer realidad sus ilusiones y eficaz en la consecución de sus fracasos. Uno más en la anónima lista de los que malgastan sus días terrenales en la sombra y en la derrota. Me puedo pasar la vida contemplando el ir y venir del mar, o jugando a la pelota con mi hijo, o recorriendo la piel de mi mujer. La existencia sería perfecta si me dedicara exclusivamente a eso. Y a caminar por las ciudades que me gustan. O a comer camarones sin preocuparme por el precio. Aspiro a una vida sencilla, incluso opacada, lejos de las guerras cotidianas. Pero la terca vida, que no espera al soñador ni al poeta, se niega a ser eso. La vida exige, la vida demanda, la vida cobra. Por eso mis sueños se deshacen al despertar para ir a la oficina o a la hora de hacer efectivo el sueldo que nunca alcanza. “Life sucks”, dice mi mujer. Es bella y magnífica, y aún así lo dice, por supuesto más en broma que en serio, no sin una sonrisa que es como el anuncio de una victoria. Yo asiento, cómplice de fatigas y de amores, pero me falta la sonrisa. Cómo quisiera tener su confianza en que la vida puede ser bella y tener un sentido acorde a tanto esmero vital y a pensar que sí vale la pena. Cómo quisiera.<br />
	Hubo un tiempo en que quise ser otro. Un hombre aplaudido y que sirviera de ejemplo. Aspiré a ser como mis héroes cinematográficos y literarios, copié algunos de sus modos y de sus frases, me dejé llevar por la irrealidad de las películas musicales, me imaginé de pistolero veloz en el viejo oeste, de espía galante e inmune a los golpes, de explorador de las profundidades o de aventurero consuetudinario. También quise ser músico y pintor. Y un destacado hombre de negocios. O cantante de boleros en burdel de lujo. El andariego, el que encontraba sin buscar. Me gustaba pensar que mi rostro aparecería en los almanaques y en las enciclopedias, en las revistas de moda y en las páginas de sociales. Que sería reconocido en la calle. Que me entrevistarían para contar mi historia personal de éxitos consecutivos. Que habría quien, entusiasmado por mis andanzas, quisiera imitar mi vida.<br />
Nada de eso fui. Lo intenté, sí, lo reconozco: tal vez no con la convicción debida, pero lo intenté. Nadie me pide mi autógrafo. No aparezco en las monografías ni en las estampitas escolares. En las efemérides no se da cuenta de ninguna de mis ensoñaciones, de los poemas con que conquisté a mi mujer, de la vez que descubrí que no era inmortal, de la mañana en que buceé en un barco hundido o de la tarde en que me lancé de un avión en paracaídas, de las ocasiones en que mi hijo y yo nos hemos desternillado de risa por una tontería, de mi lucha diaria por el pan o por obtener el sosiego cotidiano entre tanto absurdo y tanto cinismo que rodea mi patria y mi mundo.<br />
Aún así, me reconozco extraordinario. Lo soy por único e irrepetible. Nunca más, en este universo, alguien como yo. Tal vez no fui lo que quise ser pero soy lo que soy. No hay reproche ni desperdicio. Life sucks, es cierto, pero he terminado por aceptarlo con la nobleza del que no le pidieron permiso para nacer y sin embargo permanece aquí, aferrado a seguir mojándose los pies en el mar, a respirar hasta el último aliento, a maravillarse ante el milagro de la luna llena, de un plato de mejillones au vin blanc, de la piel amada y del atardecer. Soy único e irrepetible. Es esta existencia, única e irrepetible, la que le ofrezco a mi mujer, a mi hijo, a mis seres queridos, a mí mismo. Lo digo con fiereza y con humildad. Es lo único que tengo para ofrecer.         </p>
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		<title>NORMAN MAILER: HE NACIDO Y MUERO</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Nov 2007 03:25:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>maur39</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Textos]]></category>

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		<description><![CDATA[Los desnudos y los muertos
Es, sin duda, su mejor novela. Tenía 26 años cuando la publicó. Enorme, polifónica, cruda, realista a su manera, el escenario de la guerra en el Pacífico le sirvió para comenzar a delinear la dicotomía esencial que caracterizaría a su obra. El bien y el mal en lucha constante. En este [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Los desnudos y los muertos<br />
Es, sin duda, su mejor novela. Tenía 26 años cuando la publicó. Enorme, polifónica, cruda, realista a su manera, el escenario de la guerra en el Pacífico le sirvió para comenzar a delinear la dicotomía esencial que caracterizaría a su obra. El bien y el mal en lucha constante. En este caso, Hearn, el soldado intelectual, honesto y puro, enfrentado al general Cummings, endiosado, aristocrático y prepotente. Un combate de egos en la isla de Anopopei, frente al monte Anaka. Uno, liberal (le gusta Odets), el otro, fascista: “El concepto de fascismo es mucho más sabio que el concepto de comunismo, si piensas un poco, puesto que está arraigado profundamente en la naturaleza real de los hombres; tuvo la desgracia de iniciarse en un país inapropiado”. A Cummings le gusta hacer sentir inferiores a sus subalternos. Su idea del ejército es la siguiente: “nunca funciona mejor que cuando cada hombre tiene miedo del que está arriba y desprecia al que está abajo”. La guerra, lo sabe, es por abrir mercados, no por ideas como la libertad o la democracia. “No sabes interpretar la historia si crees que esta guerra es una gran revolución. Es una concentración de poder”. Los japoneses son una presencia casi inexistente. O no los pueden ver porque el ataque es nocturno, o están muertos con “un gran agujero en los intestinos, que surgían en una espesa formación blanca, como los tumefactos pétalos de una flor marina”, o se leen a través del diario de Ishimara o son disparos certeros que van diezmando a los protagonistas de una misión de reconocimiento. Lo importante para Mailer no es la guerra contra los japoneses sino la guerra que se da en el alma norteamericana. Racismo, sexo, ignorancia, prepotencia, miedo ante la muerte, arbitrariedades del poder, desigualdad social y cultural, como ingredientes de un microcosmos exitoso pero atroz. Me gusta la descripción de los cañones que son llevados a través de la selva, la naturaleza despiadada del sargento Croft, la muerte de Toglio debido a un disparo de mortero, el jodejaponeses Martínez (“mexicano o no, no hay nadie mejor”), la descarada misoginia de los soldados: “No se puede confiar en ninguna cuando tus ojos no la ven”. O “se podría esperar que una mujer tuviera la decencia de no abrirse de piernas, pero no, en cuanto acercas la llama son como de cera”. Todos ellos, en el frente, temen que sus mujeres les pongan los cuernos, en retaguardia. La muerte de Hearn, por inútil, es más que simbólica. Mailer no moraliza: muestra. Desnuda. Diseca. No hay página que sobre ni desperdiciada. “¡Genial!”, como se lee al final de esta novela.</p>
<p>El yo como novela<br />
En 1959 Mailer anunció su propósito de “conectar el batazo más largo que se haya dado en el acelerado huracán de las letras norteamericanas”. Lo hizo en Advertisements for Myself, un libro donde afloraba su ego inmenso. Se autoproclamaba el mejor de todos y aseguraba que escribiría “una novela que tanto Dostoievsky como Marx, Joyce y Freud; Stendhal, Tolstoi, Proust y Spengler, lo mismo que Faulkner y aún el viejo de Hemingway llegaran a leer, por contener aquello que les hubiera gustado decir en otra parte”. El yo como novela. Sucedió, sin embargo, que tras el éxito de Los desnudos y los muertos (1948), el novelista declinó en su vigor narrativo. Su intención de escribir la Gran Novela Norteamericana dio como resultado obras menores: Un sueño norteamericano (1965) y ¿Por qué estamos en Vietnam? (1967), experimentales y poco aclamadas. En 1965 Truman Capote le brinda la tan esperada inspiración. Aparece A sangre fría, con el que se reinaugura un género denominado como novela de no ficción. Mailer, que venía probando nuevas formas de expresión en sus anteriores novelas, no se queda atrás. En 1968 publica Los ejércitos de la noche, con el que a su vez reinaugura un género al que denomina historia como novela, novela como historia. En esta gran crónica sobre una manifestación antibélica ocurrida en Washington en octubre de 1967, Mailer es el protagonista. “Lo que ha sido verdadero para mí puede ser verdadero para muchos de ustedes”, dice. Ha venido buscando un héroe en la imagen del presidente Kennedy, en el hipster de El negro blanco o en un personaje como Stephen Rojack de Un sueño norteamericano, antes de concluir que el más viable de los héroes que tanto buscaba se encontraba en sí mismo. El libro, a la distancia, es malo. No alcanza las profundidades humanas y descriptivas de Capote, por más que refleje esa lucha moral entre el bien y el mal: el Pentágono como demonio, el movimiento antiguerra de Vietnam como celestial. Rescato el uso del yo como soporte de la crónica. La subjetividad como soporte de la objetividad. Es más periodismo que novela, sin duda, pero están aquí las herramientas de lo que terminó en llamarse Nuevo Periodismo, el uso de técnicas de ficción aplicadas a reflejar la realidad –el diálogo, la descripción, la narración escena por escena, la cuestión simbólica, etc.-, que tanto aire fresco le brindaron a lo periodístico. En sus páginas Mailer se representa como lo que es: un ego mayúsculo. “Hay días en que pienso de mí como el mejor escritor de Norteamérica”, como le dice al poeta Robert Lowell. No estoy seguro si alguna vez lo consiguió, pero Mailer trató por todos los medios de lograrlo. Lo hizo con ahínco y disciplina. Aunque renegara del periodismo (“es el deber, la rutina”; “obviamente es menos interesante que escribir una novela”), escribió excelentes crónicas sobre las convenciones de republicanos y demócratas, sobre la carrera espacial y, por supuesto, sobre la épica pelea entre Mohamed Alí y George Foreman en Kinshasa, Zaire, en 1975. El boxeo como novela, la novela como boxeo. Lo publicó en Playboy, en sus números de mayo y junio. Entre reportajes gráficos sobre camisetas sexys, sobre el sexo en el cine francés y con fotos jalándose los vellos del pubis de la bella Marilyn Lange, Playmate of the Year,  Mailer crónico el encuentro entre dos grandes del boxeo. Siguió a Alí desde su campo de entrenamiento en Deer Lake, Pennsylvania, le vio escribir y recitar sus propios poemas (“para Alí, componer unas pocas palabras de real poesía se equipararía a un intelectual tratando de tirar un buen golpe”), le escuchó decir que Foreman nunca lo noquearía: “no sabe pegar. Derrumbó seis veces a Frazier y nunca lo noqueó”, y viajó con él al antiguo Congo para presenciar, como señalaba un anuncio: UNA PELEA ENTRE DOS NEGROS EN UNA NACIÓN NEGRA, ORGANIZADA POR NEGROS Y VISTA POR EL MUNDO ENTERO: UNA VICTORIA DEL MOBUTISMO (en referencia a Mobutu, el hombre fuerte de Zaire). Se torna lírico cuando de hablar de Foreman se trata: “Foreman está en comunión con una musa. Y también es profunda, pariente lejana de la belleza, la musa de la violencia en toda su complejidad. El primer deseo de la musa de la violencia podría ser permanecer serena”. Foreman recibe de Mobutu un cachorro de león, “aunque está tan grande que ya no puede ser considerado un cachorro. Es un verdadero león”. El entrevistador -así se autodenomina Mailer- ofrece sus acostumbradas dotes de narrador y sus infaltables dosis de ego para ofrecer un texto que algo tiene de El corazón en las tinieblas y El negro blanco. No pudo resistirse a la tentación de escribir su propia versión de A sangre fría. Me refiero a La canción del verdugo (1979), intensa, egocéntrica, formidable, egoísta, extensa, con todos los ingredientes del best-seller.</p>
<p>El Gran Chiste Norteamericano<br />
Noviembre de 1981. Seattle. Ahí está Norman Mailer. El yo convertido en literatura. El ego más grande de la novela norteamericana. El que se lió a golpes en un programa televisivo en vivo con Gore Vidal, el que apuñaló a su esposa, el que quiso ser alcalde de Nueva York, el hombre duro que no baila y el que expresó su credo antifeminista en Prisionero del sexo (“la primera responsabilidad de la mujer es permanecer en la tierra el tiempo suficiente como para encontrar al mejor compañero para ella y concebir a los hijos que mejorarán la especie”). Sonríe y cuenta chistes bobos. “Me doy cuenta que envejezco porque antes quería escribir la Gran Novela Norteamericana y ahora sólo quiero contar el Gran Chiste Norteamericano”, dice. Sostiene un ejemplar de El fantasma de Harlot, su novela sobre la CIA. Canoso, con traje sport sin corbata, mediana estatura, Mailer piensa que podría haber sido un buen agente de la CIA: “tendría problemas ideológicos con ese trabajo, lo que me haría estar mitad feliz y mitad miserable. Es decir, justamente como mi vida lo es ahora”. Tiene 68 años. Ya no es el escritor rijoso. Dice: “La ira está ahora tan en el fondo que es casi confortable (&#8230;). El mundo no es lo que yo quise que fuera, pero nadie ha dicho que tengo el derecho de cambiarlo”. Esboza su teoría acerca de Deepthroat, el misterioso informante de Watergate: “Hay quien dice que fue Alexander Haig. Para mí fue Alice Majors, la editora de Woodward y Bernstein. Estoy seguro que les dijo que había muchos cabos sueltos, fuentes sin identificar, y que les sugirió atribuirlo todo a una sola fuente que pudiera convertirse en un gran personaje”. El fantasma de Harlot tiene dos portadas diferentes, una azul y una roja, pesa cerca de kilo y medio, tiene más de mil páginas y advierte, al final: “Continuará”. Me acerco y le doy mi ejemplar. “Cheers”, escribe y pone su firma. Le pido una entrevista. Está cansado y se niega. “La próxima vez, sí. Recuérdeme: me debe una entrevista. Siempre cumplo con mis deudas y mis promesas”. Nunca más volví a verlo.</p>
<p>Adiós al indudable maestro<br />
El castillo en el bosque, fue su última novela. De nuevo el enfrentamiento entre el bien y el mal. Para él, Dios y el Diablo existen. También Bush, al que tanto criticó. Fue un gran crítico del poder. Nadie como él para ahondar en lo norteamericano. Se dio el lujo de escribir acerca de Marilyn Monroe y de Picasso, lo mismo que de Lee Harvey Oswald, una versión muy personal de los evangelios y una novela de ciencia ficción ambientada en el antiguo Egipto: Noches de antaño. Fue un grande, un polemista singular, un macho hemingwayano, un obsceno, un ególatra, un irreverente, un indudable maestro, un semi-dios que sabía usar los guantes y la pluma. Al enterarme de su muerte recordé un hermoso pasaje de Los desnudos y los muertos. Proviene del diario de un oficial japonés al que le han quitado sus pertenencias tras morir en combate. Escribió Mailer:<br />
	“Pienso, he nacido y muero. He nacido, vivo y voy a morir, creo que esta noche (&#8230;). Voy a morir, he nacido y muero. Me pregunto: ¿por qué? He nacido y voy a morir: ¿por qué, por qué? ¿Qué sentido tiene?”.</p>
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		<title>MAURICIO CARRERA EN CAÍDA LIBRE, CUAUTLA, MORELOS, 30-IX-2007</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Oct 2007 18:11:08 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Fotografías]]></category>

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		<title>SEGUNDA CANCIÓN PARA MARISA</title>
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		<pubDate>Mon, 20 Aug 2007 02:57:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>maur39</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Hasta atrás]]></category>

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		<description><![CDATA[
Su ausencia trastorna mi universo. Los árboles crecen plumas, la fruta se amarga, el avestruz ladra, la tos es bienvenida, el hipopótamo repta y el mar no importa. Tampoco la fama ruin de los humanos. Su ausencia, es decir lo mucho que la extraño así pase un rato breve sin sentirla, sin olerla, sin abrazarla, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>
Su ausencia trastorna mi universo. Los árboles crecen plumas, la fruta se amarga, el avestruz ladra, la tos es bienvenida, el hipopótamo repta y el mar no importa. Tampoco la fama ruin de los humanos. Su ausencia, es decir lo mucho que la extraño así pase un rato breve sin sentirla, sin olerla, sin abrazarla, sin vivirla, es un dolor incómodo, un libro que aburre, el bostezo de las aulas y los matrimonios. Se acaban mis certezas, que de por sí son pocas y comunes, si su sonrisa no está a mi lado, o sus zapatos de tacón alto, o su fuerza de hembra buena asentada en la tierra inmisericorde y fría.<br />
	La necesito conmigo como quien ve una estrella y le pide deseos benevolentes pero inconcebibles. Como quien besa por vez primera. Como quien se descubre adorador de sus pies, de sus atuendos de moda y de sus ojos para desafiar las tormentas y los desaliños con que se disfraza eso que llamamos vida. Como quien se desarma ante la aurora boreal de su voz, de sus misterios, de su bailar salsa y merengue y de sus encantos sin maquillaje. Digo su nombre y amanece. Lo áspero de la lucha cotidiana por el pan se anula con su presencia, que es una caricia de manos, sentimientos y de voces. Digo ternura y mis pensamientos la anidan. Digo mujer, o cielo, o abrigo, y ella sobresale, inteligente y bella, completa y contundente.<br />
	Da lata, es cierto, hace guerras y explosiones que mi ser de hombre no entiende. Su estirpe se remonta al furor de la luna convertida en soldadera y ama de casa, en vampiresa y matriarcado. No importa. Yo, que he surcado mares, yo que he acompañado al salmón de regreso a Ítaca, yo que he llorado mis desdichas de humano, yo que algo sé del sinsentido que rodea a la creación de todo lo que es y no es, yo que he visto morir a mi madre, yo que he tenido sueños que no he llevado a cabo, yo que he pasado estragos por volar al sur y cuidar de mi sangre, yo que he intuido la respuesta a los secretos de estar vivo, yo que he escrito libros y fracasado a pesar de mis múltiples triunfos, claros y rotundos, yo que he sabido de las riñas mujeriles, yo que he tanteado aquí y allá por ser feliz o por lo menos alegre, reconozco en ella el buen puerto tras la borrasca, la palabra de aliento cuando se necesita, la respuesta a mis dudas desde adolescente, la presencia materna que protege mi sino de explorador curioso de la existencia precaria, el jueves que es el principio y fin de mi semana, el fulgor de la carne cuando está imantada a la mía, la voluntad de ser entre tanto escombro y desconsuelo, el presentimiento de que, en efecto, puede haber algo más allá, tras el negro cielo estrellado o el desconcierto eterno de mis días terrenales.<br />
	La necesito conmigo. Su ausencia me provoca aullidos de loco abrazado a un árbol, celos de hombre seguro de sí mismo, una inquietud que ni mis cantinas calman. No estoy con ella y mi universo se trastorna.</p>
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		<title>LA MUERTE DE MARTÍ</title>
		<link>http://www.mauriciocarrera.net/23-07-2007/la-muerte-de-marti/</link>
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		<pubDate>Mon, 23 Jul 2007 05:09:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>maur39</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Textos]]></category>

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		<description><![CDATA[ATENTA INVITACION
El domingo 29 de julio será presentado mi más reciente libro de cuentos: LA MUERTE DE MARTÍ.
La cita es a las 12:00 HORAS, en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes (Juárez y Eje Central, en el centro de la ciudad de México. NOTA: la avenida Juárez estará cerrada a la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>ATENTA INVITACION</p>
<p>El domingo 29 de julio será presentado mi más reciente libro de cuentos: LA MUERTE DE MARTÍ.<br />
La cita es a las 12:00 HORAS, en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes (Juárez y Eje Central, en el centro de la ciudad de México. NOTA: la avenida Juárez estará cerrada a la circulación de las 10 a las 14 horas, por lo que se recomienda utilizar vías alternas).<br />
Presentan el libro: Mónica Lavín, Armando González Torres y Alberto Chimal</p>
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		<title>AFORISMOS 1 y 2</title>
		<link>http://www.mauriciocarrera.net/17-07-2007/aforismos-1-y-2/</link>
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		<pubDate>Tue, 17 Jul 2007 21:28:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>maur39</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Textos]]></category>

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		<description><![CDATA[1.
En su libro no hay lo que tú sabes: el verdadero rostro múltiple de la vida. Aprendiz, lo llamas. Su fama, inmerecida. Tú escribes porque reconoces el destello de la miseria humana. Porque intuyes el latido de las cosas del mundo. Porque has tratado con mujeres y sabes de la derrota, del dolor o de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>1.<br />
En su libro no hay lo que tú sabes: el verdadero rostro múltiple de la vida. Aprendiz, lo llamas. Su fama, inmerecida. Tú escribes porque reconoces el destello de la miseria humana. Porque intuyes el latido de las cosas del mundo. Porque has tratado con mujeres y sabes de la derrota, del dolor o de la incertidumbre. Escribes con convicción, incluso con actitud petulante y redentora. Tú sí puedes. Te imaginas de cuerpo entero como lo que eres desde siempre en tu vanidad de hombre: un verdadero escritor. Escribes, destilas letras en forma de ideas o de acciones, pero al hacerlo, descubres lo que él ya había descubierto: que las palabras, que eran nítidas, son lejanas, ausentes o mezquinas. En tu libro tampoco hay lo que él sí sabe: el verdadero rostro de eso que llamamos vida.</p>
<p>2.<br />
No encuentro belleza en el combate diario por el pan. Debería ser más sencillo, como abrir una ventana y contemplar el amanecer. Como sentarse a comer una manzana. Como el sentimiento de piedad con que me observo camino a la oficina.</p>
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